7. Más señales

1/10/20267 min read

Cuando terminen de leer los 52 relatos, podrán apreciar cómo todo se fue dando en un orden y con una precisión que no responden a la casualidad. El diseño secreto siempre estuvo ahí, y se manifiesta ante quien sabe mirar.

En este capítulo doy un salto en el tiempo y viajo a marzo de 2023, y también a otros momentos cuya fecha es más difusa. He decidido intercalarlo aquí —como continuidad del capítulo 6 y antes del 8— porque me permite seguir el hilo conductor de los números y las señales directamente vinculadas a tía Meme, antes de adentrarnos en las vivencias y presencias que comenzarían a llegar más adelante a mi vida. Todo obedecía a un instante exacto, tan exacto que todavía hoy me estremece pensar en la perfección con la que los sucesos se alinearon en el tiempo y el espacio. A cada paso que daba, el camino del guion olvidado se revelaba ante mí.

Estamos en marzo de 2023. Han pasado cuatro meses desde que partió tía Meme y, desde el encuentro con la plumita blanca, su presencia se había ido diluyendo. Había tenido algunos sueños —unos más vívidos, otros más confusos—, pero sin saber muy bien cómo, comprendía que tía Meme había emprendido su camino de regreso. Intuía que debía respetar ese proceso, no interrumpirlo, no retenerla en un lugar al que ya no pertenecía: este mundo de tercera dimensión, denso y material. Sabía, con una certeza tranquila, que si tenía que volver lo haría, y que sería en el momento justo. Y así fue.

Pasaron los meses. Yo continué con mi vida y el duelo más profundo había quedado atrás. Tía Meme ya no ocupaba cada uno de mis pensamientos; había logrado colocarla con amor en la cajita del recuerdo y seguir caminando. Hasta que llegó el 17 de marzo de 2023 —día 17, como el 17 de octubre en que, según la autopsia, tía Meme falleció, aunque mi madre y mi tía la encontraron en su apartamento el día 18— y algo extraordinario ocurrió.

Era viernes 17. Estábamos comiendo varios colegas en el comedor del trabajo cuando mi compañera A., que junto con otras personas del trabajo sostiene una pequeña librería llamada La Huella, preguntó si alguien quería ir. Yo llevaba años trabajando allí, conocía la existencia de la librería, pero nunca había ido. Sin embargo, ese día algo más fuerte que yo tomó la palabra a través de mi boca:

—Voy contigo.

Me sorprendí a mí misma, como si no hubiera sido yo quien lo dijo. Aun así, seguí la intuición. Llegamos a la librería y me enamoré al instante del concepto: la gente llevaba libros que ya no quería y luego podían comprarse de segunda mano por el precio que cada uno considerara justo. El lugar era pequeño, como una casita de cuento, con dos pasillos y los libros clasificados por temas e idiomas.

Mientras mis compañeros se ocupaban de ordenar, mi mirada se desvió de forma espontánea hacia el fondo de uno de los pasillos. Allí vi tres libros aún sin colocar. Sin darme cuenta, ya estaba frente a ellos. Eran exactamente los tres que aparecen en la imagen. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo; sentí cómo se me iluminaba la mirada y se me erizaba el vello. Había allí un librito miniatura sobre los ángeles, otro sobre el signo de Cáncer y un pequeño libro de numerología cuya primera página mostraba el número 22.

El hallazgo fue profundamente significativo. La sensación de estar recibiendo un guiño directo desde el mundo invisible era indescriptible. Si recuerdan el capítulo 2, El presagio, sabrán de la importancia de lo pequeño: tía Meme tenía todo en tamaño miniatura. Sus cuentos de Calleja, El Principito… y ahora, este pequeño libro de los ángeles aparecía como un mensaje de acompañamiento. ¿Y qué decir del número 22, siempre presente? ¿Y del signo Cáncer de mi abuela?

Ya les había contado que sentía que tía Meme no venía sola, que estaba acompañada. Intuyo que entre quienes la ayudaron a trascender estuvieron mis dos abuelas, además de otros guías. Para mí, aquellos tres libros eran un mensaje conjunto:

El de los ángeles, de tía Meme.

El de Cáncer, de mi abuelita Diana, nacida un 22 de junio.

El de numerología, un guiño de mi abuela Elena, con quien comparto una profunda conexión álmica. Ambas somos número de camino de vida 8, con un lazo especial con el cosmos y las estrellas.

Todo aquello me impresionó profundamente. Querido lector, ¿cómo sigue ahora su concepto de la casualidad? Porque el mío comenzaba a resquebrajarse. Un librito miniatura de ángeles —del tamaño de tía Meme—, el signo Cáncer con el 22, un libro de numerología justo cuando yo estaba inmersa en su estudio, todo ello en una fecha simbólica: día 17. Sincronicidades en estado puro. Señales claras de acompañamiento. Solo podía agradecer, desde lo más hondo del corazón.

Tres días después, el 20 de marzo de 2023, me encontraba trabajando en la oficina cuando sentí una sed intensa. En lugar de coger mi termo, como suelo hacer, me levanté y caminé con paso decidido hacia la cocina. Abrí el armario para coger un vaso y allí me esperaba uno muy especial. Basta ver la foto para sacar las propias conclusiones. Era día 20 —día de nacimiento y de entierro de tía Meme— y el vaso decía: “Llévame contigo siempre y a todos lados. Mercedes.” Meme es el diminutivo de Mercedes. Y así lo hago, tía Meme. Te llevo conmigo siempre. Vives en mi corazón y me acompañas en el recuerdo y en las noches en las que me expando y vuelo, atravesando las puertas de los campos oníricos.

En un par de ocasiones más, el número 20 volvió a manifestarse de forma impactante. Estaba un día tumbada en el sofá viendo la televisión cuando sentí vibrar el teléfono. Al desbloquear la pantalla descubrí que estaba en silencio, sin notificaciones… y marcaba las 20:20. El vello se me erizó por completo. Yo lo sabía: había vibrado. ¿O no? No sé cómo lo hacen. No sé si hacen vibrar el teléfono o si la vibración sucede en mi mente. Pero esa “falsa” vibración en horas espejo ya me la habían provocado otras veces, y nunca deja de asombrarme.

Fue entonces cuando establecí que el 20 y el 20:20 serían una de nuestras claves de comunicación. También lo serían las fechas significativas: la última llamada telefónica, el aniversario de su nacimiento, el de su partida. Creamos nuestro lenguaje. A mí me gusta hablarles en voz alta, pero funciona igual si se escribe, si se piensa o si se siente: del otro lado oyen sin oídos, ven sin ojos y comunican sin boca. Son pura consciencia.

El 20:20 me lleva al capítulo de la rosa. No recuerdo la fecha exacta. Aquella mañana había salido a pasear con el abrigo fino que llevaba el día del entierro de tía Meme y, al meter la mano en el bolsillo mientras esperaba para cruzar el paso de cebra de mi calle, mis dedos rozaron la rosa blanca que mi tía E. había recogido al vuelo… ¿lo recuerdan?

Más tarde, ya en casa, estaba leyendo un libro sentada en el puff rosa cuando un ruido me distrajo. Miré hacia la cocina. Nada. Seguí leyendo. De pronto, mi mirada se clavó en una frase del libro: contenía el “secreto” que tía Meme y yo habíamos compartido en nuestra última llamada telefónica. Sentí una descarga eléctrica recorrerme el cuerpo. Entonces el ruido volvió, esta vez más fuerte. Fui a la cocina. La rosa, apoyada contra la pared, se había caído.

—¡Ese era el ruido! ¡La rosa! ¡Tía Meme!

El reloj del microondas marcaba las 20:20. No podía creerlo. La luz de la cocina parpadeó varias veces y, como si una mano invisible tomara mi barbilla y girara mi rostro, mi mirada se posó en un cuadro que teníamos en casa: el cartel de La Mercè de 2017. Así fue nuestro gran reencuentro.

Gracias infinitas, tía Meme. Nunca te retuve, y aun así decidiste volver a visitarme. Feliz camino… hasta que nos volvamos a encontrar.

Para terminar, dejo también una foto del Pipi. Tía Meme tenía un pajarito, el Pipi. Desde entonces, en fechas significativas, cuando menos lo espero, algún pajarito se acerca a mi mesa y se queda un rato acompañándome.

Ahora ya sé quién me lo envía.