3. Algo está cambiando

EL PRINCIPIO

12/11/20256 min read

Antes de que muriera tía Meme yo no alcanzaba a verlo, pero el terreno ya se había estado preparando desde mucho antes, quizá desde siempre. La vida llevaba años tejiendo hilos, apenas perceptibles entonces, que hoy se revelan con claridad. Experiencias que me marcaron y que, entonces, solo podía contemplar sin comprender del todo, pero también sin juzgar. Siempre hubo en mí un respeto natural hacia las creencias de los demás, incluso cuando no lograba entenderlas ni hacerlas propias. Desde niña vivía con esa apertura y delicadeza.

Fui una niña profundamente sensible, tanto que en ocasiones aquella sensibilidad fue acallada, como si el mundo insistiera en que “no era lugar para sensibles”. ¿Y qué destino esperaba a quienes sentían tanto, si tan fácilmente podían ser pisados?

Hoy todo va cobrando sentido. Nací en una familia peculiar, tocada por un brillo que ahora reconozco. Una bisabuela que rompió moldes casándose cuatro veces; una abuela entregada a la meditación y al budismo tibetano, capaz de deslizarse durante unos segundos fuera de su cuerpo físico; un padre lleno de fe pero libre de religiones; una tía que se decía atea aunque llevaba en la mirada una fe profunda mas dormida; una madre en diálogo constante con Jesús y María; un abuelo guía desde el nacimiento; otro abuelo honrado y honesto, de corazón cristalino; una abuela que me prestó su nombre para continuar el legado; tías abuelas hijas de su tiempo; y un bisabuelo bueno, romántico, cultivado. “Sea la Cultura aureola de vuestra vida”, decía él. Un “hombre bueno” que afrontó su muerte violenta con una serenidad sobrehumana. Su despedida fue un acto de amor tan pleno que a veces pienso que él ya caminaba por un sendero luminoso que los demás no podían ver. En su última carta escribió:

Queridísimas P., C., M., L. y D., todas de mi alma. Como sabéis, muero inocente. Perdono a todos. Perdonadlos vosotros también. Seguid siendo buenas y acordaos siempre de mí, pues muero en Dios, en su fe, y en vuestro cariño. Te repito que te hagas fuerte por nuestras cuatro nenas. Os envío millones de besos y abrazos, mi alma y mi vida. Vuestro esposo y padre, L.

¿Cómo iba yo a escapar del reflejo de esa estirpe tocada por el corazón del Eterno? No sorprende, entonces, que en mi familia las estrellas siempre hubieran estado presentes, pero sobre todas brillara una, aguardando en silencio: la Estrella Verde, la del corazón que se abre, la de la esperanza que no muere.

Mis hermanos y yo fuimos bautizados y recibimos la comunión, pero cuando llegó el momento, mis padres —que jamás amarraron nuestro espíritu, fieles a su manera libre de amar— nos mostraron los caminos sin obligarnos a tomar ninguno. Y yo, aun sin abrazar ritos, siempre sentí que era vista, que alguien o algo escuchaba mis plegarias infantiles cuando pedía por los míos. De pequeña a menudo soñaba con la nada, un vacío tan inmenso que parecía vivo. A veces me pregunto si era un recuerdo del origen o un anticipo del regreso. ¿Era un eco tenue del miedo a la muerte? Hoy lo contemplo sin temor: quizá solo era la manera en que mi alma me recordaba que nunca estamos solos, ni siquiera en el vacío más profundo. Hoy sé que aquella familia en la que nací era el terreno fértil que más tarde me permitiría comprender —y abrazar— aquello que estaba por sucederme.

Cuando tía Meme partió, el aire cambió. Un mes antes había corrido mi primera carrera de relevos alrededor del lago Lemán. No era deportista, jamás había corrido antes, pero algo me empujó a aceptar ese desafío que parecía no pertenecerme. Me entrené con una disciplina que no sabía que poseía. Fueron 22 kilómetros entre lluvia, barro y madrugada. Y allí, en la oscuridad húmeda de uno de los tramos más difíciles, fue la primera vez que sentí a mis abuelos sin sombra de duda. Corría sola bajo la lluvia, sin nadie delante ni detrás, siguiendo aquellas señales reflectantes que apenas alcanzaban a mostrar el camino en la noche cerrada. Pero en el silencio absoluto sentí que mi abuelo paterno me cogía la mano y corríamos juntos. Entonces yo no tenía un lenguaje para describirlo, pero lo sentía.

Me correspondió el penúltimo tramo. Ya sumaba casi veinticuatro horas en vela, al volante del coche con el que el equipo se movía entre relevos, además de correr mis partes del recorrido. Imaginarán el nivel de agotamiento que llevaba encima. Cuando ya no podía más y otros corredores me adelantaban tocándome la espalda en un gesto de aliento, yo levanté la mirada al cielo y creí verlos allí, en un palco invisible: "¡Vamos Diana, tú puedes!". Cuando pensé que mis piernas iban a rendirse, una gran ave zancuda emergió de la lluvia, majestuosa en su paso lento por los prados. Su belleza me devolvió la fuerza. Terminé.

Aquella carrera, más allá de una prueba física, fue una preparación simbólica. El presagio de un gran maratón vital, un mensaje velado que la vida me enviaba para fortalecerme antes de lo que estaba por venir. La vida me empujaba fuera de mi zona de confort, de esa existencia “dulce y tranquila” que había llevado hasta entonces.

Unos días antes de que tía Meme partiera algo improbable ocurrió. Iba a conocer por fin a mi familia política después de cinco años de distancia silenciosa por diversas razones que la vida había interpuesto. Su invitación llegó en el instante exacto en que mi expareja expresó en voz alta su deseo de presentármela: “Quiero que conozcas a mi familia”. En ese preciso momento sonó su teléfono: un mensaje de su madre invitándome a su casa. El deseo formulado había sido respondido inmediatamente. Viajamos al final del mes. Entre ese anuncio y nuestro viaje moría tía Meme. Mientras tanto, allí, con su familia, sentí que una herida antigua se cerraba sin dolor. Sigue pareciéndome un pequeño milagro. Ciclos que se cerraban, otros que se abrían…

El día del regreso a tierra alpina curiosamente la intuición me ardía en el cuerpo. Tenía un nudo inexplicable en el pecho, no sabía qué anunciaba esa ansiedad, solo que algo se acercaba. En la estación, trataba de serenarme cuando una mujer del personal con “discapacidad” de Renfe se ofreció a ayudarme a sacar el billete del tren. Su voz era dulce, casi angelical. Cuando la máquina imprimió el billete, señaló al suelo y me pidió levantar una moneda de dos céntimos. Se la di, pero la sostuvo unos segundos y luego puso la moneda en mi mano, cerrándola con firmeza: “Es para ti, cielo. Te traerá suerte”.

Sentí un estremecimiento. Una lágrima se me escapó sin aviso. En ese instante, el miedo se disolvió por completo. Guardé la moneda en el bolsillo de mi abrigo y nunca la he vuelto a sacar. ¿Recuerdan las dos pesetas que llevaba tía Meme en el bolsillo mientras cruzaba Francia hacia un nuevo destino? Yo también emprendía un viaje con una humilde moneda de dos céntimos en el bolsillo, cargada de un significado que aún no comprendía, como un guiño silencioso.

En algún lugar dentro de mí, una luz muy tenue, tímida todavía, empezaba a encenderse. Un aviso de que la vida iba a cambiar. Algo que yo aceptaría después con inmensa gratitud.

El alma siempre sabe antes que la mente. Y, cuando llega la hora, la vida te ofrece un soplo de esperanza para que recuerdes quién eres, de dónde vienes y hacia dónde te guía la luz. Sigan recorriendo el viaje conmigo y entenderán…