10. Mamamá y Mumy

1/29/202613 min read

Era la Navidad de 2022. El 20 de diciembre había vuelto a pisar suelo español y, con la magia del ratón de Disney todavía danzando en mis pensamientos, había comprendido por fin, con una claridad casi sobrenatural, quién era la remitente del mensaje del ratoncito: mi abuela materna.

Todo aquello se lo contaría a Mamá el día 24, durante el aperitivo previo a la Nochebuena. Un regalo de su madre, a quien, por cierto, le encantaba la Navidad.

Como ya mencioné en el capítulo 9, en las semanas anteriores había sentido una necesidad profunda, casi visceral, de conectar con mi pasado, con mis ancestros. Mi atención se dirigió primero al linaje femenino: mis abuelas Diana y Mamamá, y mi bisabuela Mumy. Este capítulo pertenece a la línea materna. Sabía que mis abuelos, Mamamá y Yayo, se habían casado en Ginebra, que mi tía Ll. había nacido allí y que después la familia se trasladó a España, donde nacería mi madre. Mucho tiempo después, el Destino me llevaría de nuevo a esa ciudad, siguiendo —sin saberlo, de forma inconsciente— los pasos de mi abuela, mi Guía eterna.

Antes que yo, ella ya había abierto los caminos: la astrología y la traducción, y egresó de la misma Facultad que el Destino volvería a poner en mi senda. Las estrellas y la comunicación entre mundos nos reencontrarían. Días antes de viajar a Madrid le había preguntado a Mamá si recordaba el lugar exacto donde se habían casado mis abuelos; deseaba ir allí físicamente. No lo recordaba. Yo quería saberlo todo de ella. Mamá siempre me ha descrito a mi abuela como “una mujer muy espiritual, con un humor negro enorme, muy liberal para la España de su época, siempre dispuesta a ayudar, aunque con un genio que no disimulaba, y totalmente entregada y dedicada a sus hijas”. Una mujer de contrastes, pero de un amor hondo y verdadero. Mi abuela disfrutaba contando cuentos, creando historias y gastando bromas, algunas teñidas de un humor negro que solo quien ha explorado las profundidades de su alma puede permitirse. Capturadas en la siguiente foto, las tres almas rebeldes: Mamamá, Mamá y yo.

Mi bisabuela Mumy, argentina de ascendencia italo-española, era una mujer “chiquitita, supersimpática, muy sociable; una persona buena que tuvo una vida maravillosa y superintensa, y totalmente adelantada a su tiempo”. Se casó cuatro veces: dos veces se divorció y dos veces enviudó. Su primer marido, cubano, fue el padre de Mamamá, de ahí que mi abuela naciera y viviera su infancia en La Habana. Mumy conocería, aún estando casada con mi bisabuelo, a aquel que años después se convertiría en el amor de su vida y en su tercer marido. Un amor de los que no siempre se dan. Qué afortunada fue. Desde luego, estas mujeres —incluida mi madre— me legaron el impulso y la valentía necesarios para sostener la luz, la sensibilidad y la creatividad que mi vida me instaría a reavivar.

Cierro este paréntesis para volver a mi habitación.

Dejé con cuidado el sobre de Disney sobre la mesa y, con paso apresurado, me dirigí hacia la cocina para ver a mis padres. Entonces ocurrió algo extraño. En el estrecho pasillo que conduce a la cocina y al salón, me detuve en seco. Sin pensar. Como guiada por una fuerza impetuosa. Cuando quise darme cuenta, estaba sentada en el suelo, con el armario completamente abierto. Pensé: “Los álbumes de fotos de la familia”. Mi corazón se aceleró, como si el cuerpo hubiera anticipado lo que estaba a punto de suceder. Estiré el brazo y tomé el primer álbum que alcancé, como si mis dedos solo pudieran elegir ese. Era grande, antiguo, con un acabado de cuero verde acolchado. Entonces me ubiqué: ¿qué había sido ese impulso? De nuevo esa sensación que acabaría convirtiéndose en un sexto sentido, ese algo —o alguien— guiándome.

Nada más abrir el álbum apareció un recorte de periódico antiguo, en blanco y negro. ¡Era la fotografía de la boda de mis abuelos! Y allí estaba el nombre del lugar: Église Sainte Thérèse. ¡Lo tenía! Una petición más escuchada. Uau… no daba crédito. Mamá no lo recordaba, pero desde el otro lado me lo habían mostrado —allí tienen una visión amplia del todo, algo que comprendería con el tiempo—. Otra respuesta silenciosa. Empezaba a intuir que muchos de estos hechos estaban guiados. Muy lentamente tendría que aprender a distinguir entre mi intuición y los estímulos que venían de “ellos”.

“Y si tú saltas yo salto, si tu saltas yo salto, yo salto… un viaje en el tiempo… ¡qué viaje sensacional!”, resuena en mi mente la canción Cromo y Platino. Aquellas navidades fueron emocionalmente intensas. En Nochebuena pronuncié unas palabras para recordar a los ausentes, en particular a tía Meme, que nos había dejado unos meses atrás. Su memoria llenó la mesa con su tradicional “menestra” de primer plato. (¿Se acuerdan del capítulo 2, “El presagio”, cuando la vida nos iba dando pequeñas señales de lo que estaba por llegar…?).

Después del episodio del álbum de fotos y de la charla con mis padres, me retiré a mi habitación a descansar. Reparé en algo que no había notado antes. Además del sobre de Disney, cartas y dibujos de casa de tía Meme, me encontré con pilas de libros sobre psicología y la mente humana. Eran de mi hermana y de mi tía E.; ya no los querían y me los habían dejado por si alguno despertaba mi interés. Ninguno me llamó especialmente la atención, pero uno destacó. Estaba apartado, en la estantería junto a mi escritorio. Se titulaba El poder total de la mente. Al abrirlo, encontré una dedicatoria de mi bisabuela dirigida a mi tía Ll.: “A mi adorada nieta Carolina. Te pido leas este libro detenidamente y lo practiques aún más si yo ya no estoy aquí. Que Dios te bendiga. Mumy. Navidad 1983”.

Se lo di el día 26, cuando fuimos a comer a su casa. Lo recibió profundamente emocionada. No recordaba haber tenido nunca aquel libro, y sin embargo yo sentí —con una certeza serena— que de algún modo estaba destinado a llegar a ella. Más allá del objeto, el regalo portaba un mensaje en sí mismo. Su abuela le recordaba que es amada y bendecida y la animaba a explorar nuevas fronteras… a descubrir el poderoso mundo de la mente…

Al verano siguiente la descubrí en la terraza de nuestra casa de campo leyéndolo. Entonces me pregunté qué se sabría por aquel entonces (en el 83) sobre el poder de la mente… y qué se sabe hoy, ya entrados en pleno siglo XXI. Lo iría descubriendo poco a poco. Qué insospechado era entonces hasta dónde me conduciría todo aquello. Un mundo nuevo comenzaba a abrirse ante mí. ¡Qué poco intuía yo lo que estaba por venir en los tres años siguientes! Aún hoy me estremece pensarlo y siento el impulso de abrazarme con fuerza, porque lo que iba a desplegarse sería tan profundamente transformador como solitario.

Pero mis Guías no me soltarían ni un solo instante. Me llevarían de la mano en todo momento.

Cuando hablo de soledad, me refiero únicamente a la de este mundo de materia. Porque sepan bien esto: nunca estamos solos.

Y así comenzaron a hacerse presentes Mamamá y Mumy. Sobre todo Mamamá. En aquel entonces no lograba comprender la insistencia de su presencia, pero con el tiempo descubriría que esta Guía eterna y yo compartíamos algo más que un vínculo: compartíamos un Destino. No hay camino sin una primera piedra. Ella fue quien la colocó.

Otro día regresaba yo del centro comercial Plaza Norte 2, donde había ido a comprar regalos para la familia. Aparqué en la plaza 157 y, cuando me di cuenta, sonreí: otro guiño del cielo. Mi abuela. Al salir ya era de noche y tomé la carretera de Burgos. Mamamá se había instalado suavemente en mi mente cuando, de pronto, mi vientre comenzó a vibrar, a removerse desde dentro. La piel se me erizó con unas milésimas de segundo de anticipación que enseguida se volvieron simultáneas.

Un coche me adelantó por la izquierda y se colocó justo delante de mí. En su matrícula leí: 5711HCG. Un amor incondicional atravesó mi alma.

—¡Abuela!

Estaba ahí. Otra vez ella. Con su presencia inconfundible. La sentía tan cerca… Aquella insistencia me revelaba que iba a estar guiándome, y que así aprendería a reconocerla. Me iba dejando señales, claves de identificación, también para cuando necesitara pedir confirmación.

57 la edad en que murió, 11 el mes de nacimiento y HCG su apellido Hernández-Catá; la “G” intuí que pertenecía al apellido de su padre. Me preocupé de comprobarlo, y efectivamente, así era. Véase la fotografía.

Y para cerrar esta Navidad —al menos en lo que respecta a Mamamá y Mumy— debo referirme a lo que sucedió uno de los días siguientes. Me encontraba tocando el piano en la salita pequeña cerca del vestíbulo, donde mis padres conservan el tocadiscos y toda una colección de películas en cassette, vinilos y CD.

Cuando terminé de tocar, algo captó mi atención por el rabillo del ojo izquierdo. Ni al entrar en la habitación ni mientras tocaba me había percatado. La puerta del armario estaba abierta. Aquello era extraño, pues cada puerta tiene su pequeña llave y mi padre —con su conocida meticulosidad— siempre lo mantiene todo cerrado. Aquel descuido no le representaba… ¿o acaso se lo habían insuflado?

Me acerqué para cerrar la puerta con llave —qué paradoja—, pero antes, aquella abertura me permitió ver un disco: el de la cantante cubana Gloria Estefan, tan adorada por mi abuela y compatriota suya. El título resonó en silencio: Abriendo puertas.

Y cuántas puertas estaban a punto de abrirse. El Universo, la vida misma, ya me estaba preparando.

Pero la maestría de Mamamá desde el otro lado no ha dejado de impresionarme jamás. Doy ahora un salto al futuro, al año siguiente, cuando se cumplía un año del fallecimiento de tía Meme y veintisiete del de mi abuela —o mejor dicho, de su nuevo nacimiento— el 18 de octubre, el día 1441.

Aquel 18 de octubre de 2023, mi amigo F. —el de las plumas y el sueño, ¿recuerdan?— me envió una canción de Gloria Estefan, sin explicación alguna. “Hoy” se titula. En cuanto la escuché supe que era mi abuela saludándome en esa fecha significativa. Aun así, quise ir más allá, buscar el detalle oculto. Y lo que encontré me sorprendió: Gloria Estefan nació en 1957. Otro guiño. Así comienza la canción:

Tengo marcado en el pecho, todos los días que el tiempo, no me dejó estar aquí. Tengo una fe que madura, que va conmigo y me cura, desde que te conocí. Tengo una huella perdida, entre tu sombra y la mía, que no me deja mentir. Soy una moneda en la fuente, tú mi deseo pendiente, mis ganas de revivir…

La letra me atravesó el alma y no pude contener la emoción ni las lágrimas, ahí mismo donde me encontraba, en mi puesto de oficina.

En ese saludo —por segunda vez en el lapso de un año— a través de la música, de las canciones Abriendo puertas y Hoy, y del número 1957, mi abuela me estaba entregando claves fundamentales para lo que descubriría en abril de 2024.

Parecía insistir en recordarme que aquel 18 de octubre en el que partió tía Meme, en el que partió ella misma, era en realidad un nacimiento. El día 1441. Esta clave oculta la irán comprendiendo a lo largo de 2024. Mamamá iba dejando pistas porque sabía que yo sabría reconstruir el puzle… y que, si en algún momento dudaba, ella misma me susurraría la unión de las piezas.

Comprenderán más adelante la importancia de las claves 19 y 57, íntimamente unidas entre sí. Apuntan a una ubicación, a un origen en las estrellas. Confíen. Sean pacientes. La claridad llegará cuando avancemos hacia el capítulo 34 y siguientes. Armen el puzle. Guarden en la memoria.

Mi estancia en Madrid llegaba a su fin. Tenía la maleta preparada para el día siguiente: regresaba a tierra alpina. Y como si ya se estuviera instaurando una costumbre sagrada, abrí el cajón de mi escritorio para tomar las llaves y mi cartera. Al hacerlo todo con una sola mano, saqué también una carta doblada. Al sacudirla, rodó una moneda de dos rupias de 2011.

¿Tía Meme? ¿Mamamá? Pero más allá del remitente, el mensaje era inequívoco: amor.

La carta decía: I love you.

Primero fue la moneda de dos pesetas, luego la de dos céntimos, ahora la de dos rupias. De nuevo, una moneda de la suerte. Y un viaje por delante.

Volvía a tierra alpina.

¡Oh, dichoso pacto! ¡Oh, guion olvidado!

Tal vez por eso nacemos con el velo del olvido; quizá sea lo más prudente durante un tiempo. Una protección necesaria… hasta que llega el momento justo. ¡Cuánto coraje hace falta para ver! Al principio, yo me resistiría… hasta reunir la valentía suficiente para sostener la mirada.

Como comprenderán, resulta imposible que yo haya inventado todo lo que aquí relato. Nunca fui tan imaginativa. Ahora comprendo aquel instinto casi compulsivo que me llevó a registrarlo todo: fotografías, detalles, recuerdos grabados a fuego en la memoria. ¡Bendito registro! Sin él, hoy no podría contarles lo que ya he contado ni lo que aún queda por contar. Nada de esto es fruto del azar.

Cuando me senté a escribir este capítulo, permanecí largos minutos con la mente en blanco. Nada entraba, nada salía. Aunque existía un primer borrador, no fluía. Mis ojos se quedaron fijos en el parpadeo del cursor, como hipnotizados. Hastiada y frustrada, me levanté a preparar un café. Al pasar junto a la estantería cercana a la cocina, mi mirada se detuvo en Caballo de Troya I y II de J.J. Benítez. Fue inmediato. Me quedé inmóvil. ¡Claro! ¡Los Caballos! Esa información debía estar en el capítulo de Mamamá y Mumy.

Doy ahora un salto al pasado desde el momento de redacción (2026), pero al futuro (2024) con respecto al relato recién narrado (2022). ¿Me siguen?

La Navidad de 2024 me encontró en Madrid, con una revelación inesperada entre manos: mi abuela y mi bisabuela maternas también habían leído los Caballos...

Según la saga, Caballo de Troya fue una operación secreta de la Fuerza Aérea Norteamericana iniciada en los años setenta. Consistía en una serie de viajes en el tiempo de carácter aparentemente observatorio —de ahí el nombre del proyecto— con el objetivo de comprender un momento crucial que marcó un antes y un después en la historia de los tiempos: la vida y obra del gigante Galileo… el de Nazaret. Dichos viajes habrían sido posibles gracias a tecnología recuperada del accidente de Roswell, en 1947, y posteriormente desarrollada mediante ingeniería inversa.

Los ejes del tiempo de cada swivel apuntaban en una dirección común… para cada uno de los instantes que podríamos definir puerilmente como ‘mi ahora’. Al instante siguiente, y al siguiente y al siguiente —y así sucesivamente— esos ejes imaginarios variaban su posición, dando paso a distintos ‘ahora’. Y lo mismo ocurría, obviamente, con los ‘ahora’ que nosotros llamamos pasado (C.T. 1, p. 60).

El espacio-tiempo será abordado en capítulos posteriores, aunque no desde la perspectiva clásica y científica de los marcos tridimensionales, sino desde la noción del viaje informacional o de conciencia. La experiencia sutil desde donde se pueden acariciar momentos, sensaciones, emociones, información del pasado o del futuro, como si una pudiera “sintonizarse” en el tiempo ajustando su frecuencia. Ahí entran también los conceptos del tiempo no lineal y la conciencia no local. Iremos paso a paso. Y habrá pincelada a otros “Caballos de Troya” que parecen visitar nuestra realidad.

Lo que fui experimentando en estos tres años y que relato me permite adelantar estas reflexiones. Pero como dice Rav Berg en el primer principio de El poder de la Kabbalah: no crea nada, póngalo en práctica. Así pues, serán constataciones, observaciones, preguntas y reflexiones. Digo, pero también me desdigo si reúno mayores elementos de juicio. Humildemente, creo que la Verdad se halla más cerca de las preguntas que de las respuestas. Eso sí: lo vivido es lo vivido, y eso es inarrebatable.

Mi padre ha leído todos los Caballos, pero antes que él, mi madre. ¡Lo que jamás habría podido imaginar es que Mamamá y Mumy también los habían leído! Cuatro generaciones atravesadas por Caballo de Troya. Todo comenzó con aquellas dos mujeres fascinantes, profundamente emancipadas para su tiempo. Un terreno fértil que yo no sospechaba. Ahora, saltando de un tiempo a otro, empiezo a hilarlo todo.

Comprenderán más adelante este inciso que ahora solo parece inconexo. Debía incluirlo aquí. Confío en que sabrán unir los puntos.

El símbolo de una entrada disfrazada; de infiltrados, de unos mundos y de otros; de un plan mayor orientado a acompañar al ser humano en su evolución y expansión de consciencia. Y, por encima de todo, un poderoso mensaje de esperanza y amor.

Les pido paciencia. Atención. Observación sin juicio. Que miren con imparcialidad, sin apresurarse a concluir.

Este ha sido —y sigue siendo— un auténtico trabajo de detective. El que llevo realizando desde hace tres años para desentrañar los entresijos de este entramado cósmico, con el fin de poder integrar mi parte y colocar esa tesela minúscula, diminuta, entre billones y billones que conforman el gran mosaico, la que me corresponde. Pero bien colocada. En su sitio. Solo eso procuro.