9. Saludo al ratoncito
1/19/202610 min read


La muerte no existe.
Eso era lo que estaba comenzando a descubrir en aquellas semanas posteriores a la partida de tía Meme. La muerte no existe, y cuando uno lo comprende, todo cambia. O al menos para mí lo cambió todo. No se vive igual cuando la muerte deja de ser un final.
Habían pasado ya algunos días desde aquel sueño —“Diana, ¡despierta!”— y la Navidad se acercaba a pasos agigantados. El episodio que voy a relatar ocurrió entre el 17 y el 20 de diciembre de 2022. El día 20 volaba a España para pasar las fiestas con mi familia.
Era la mañana del sábado 17 de diciembre de 2022. Yo estaba tumbada en el sofá, mirando por la ventana. Mi expareja se encontraba en casa, ocupada en sus cosas. Mi cuerpo se relajó por completo y mi mirada se perdió en la luz que atravesaba las nubes. Mi mente siguió a mis ojos y se fue lejos. Sin buscarlo, entré en un estado meditativo profundo, allí mismo, en el salón de mi casa.
Entonces llegó un recuerdo repentino: mi madre contándome lo unida que había estado siempre a su madre, mi abuela Elena (Mamamá, como la llamaba yo). Recordaba la decepción de mi madre al contarme que, después de morir mi abuela, le había pedido, casi suplicado, que se le apareciera para saber que no la había abandonado. “Se lo pedí, pero nunca lo hizo”, me contaba mi madre. A mí se me rompía el corazón cada vez que la escuchaba.
Casi al mismo tiempo, superpuesto a ese recuerdo, algo más irrumpió en mi mente. No lo oí. No lo vi. Simplemente entró, como si el velo sutil se hubiese corrido por un instante: “Dile hola a mi ratoncito”, resonó fuertemente… —más tarde yo misma llamaría a esto “flujo de pensamientos”: pensamientos que no parecen propios, que llegan completos, con una textura distinta, como si fueran recibidos más que pensados. Lo irán comprendiendo—.
En una fracción de segundo volví al salón. Despierta. Lúcida. Presente. Pensé que había sido mi expareja quien había hablado.
—¿Qué dices de un ratoncito?
—¿Cómo? No he dicho nada —respondió.
Me quedé desconcertada unos segundos… Entonces llegó la lucidez. “¡Abuela! ¿Eres tú?” ¿Quién, si no, querría que saludara a su “ratoncito” sino una madre que siempre quiso comunicarse con su hija después de partir, pero que no había podido hacerlo por medios físicos porque ya no tenía cuerpo? Lo entendí de golpe. Mamamá no pudo “aparecerse” como mi madre le había pedido, pero ahora me pedía que yo fuera el puente.
Aun así, dudé. ¿Por qué “ratoncito”? ¿Por qué no decir “mi hijita”? La frase, sin embargo, era esa, y mi intuición me decía que era real. Por primera vez, decidí pedir una confirmación.
“Mamamá, si has sido tú quien me ha susurrado esa frase y de verdad quieres que le diga a Mamá que siempre estuviste ahí, aunque no pudiste aparecerte, necesito que me lo confirmes de manera clara, por favor. Te quiero, abuelita”.
Se me escapó una lágrima. Y la frase seguía resonando en mí, suave pero insistente: “Dile hola a mi ratoncito”…
Esa noche fuimos al cine de Balexert a ver Avatar II: La forma del agua.
Antes de continuar, debo detenerme un instante. Sin saberlo entonces, el concepto de Avatar —los cuerpos-puente, los alienígenas azules, la red viva de Eywa— sería una clave esencial de mi despertar. Todo encaja más adelante. Presten atención. Vayan armando el puzle.
En Avatar, el cuerpo es un receptáculo temporal. El alma pertenece a una red viva mayor: Eywa, memoria colectiva donde nada se pierde. La conciencia migra. Recuerda. Regresa.


La identidad no reside en la biología, sino en los vínculos, en las elecciones, en la conciencia. Para esos seres azules, Eywa es la fuerza espiritual que conecta todas las formas de vida, una red viva de energía, memoria y almas. A través de la conexión neural (tsaheylu), ellos pueden vincular su espíritu con animales, árboles y otros seres, compartiendo pensamientos y emociones. Desde esta mirada, la película funciona como un poderoso paralelismo espiritual: la experiencia humana entendida como una encarnación consciente, guiada por memorias profundas y señales sutiles. Todo está interconectado. Mi mente vuela sola trazando paralelismos. Durante estos tres años de recorrido, entre 2022 y 2025, la claridad me fue encontrando a medida que caminaba, hasta que lo vivido se asentó en mí, y hoy, por fin, puedo compartirlo desde la integración.
La película estaba a punto de empezar cuando sentí unas ganas irrefrenables de ir al baño. Corrí. Todos los baños estaban ocupados menos uno. Entré y cerré la puerta de golpe.
Y entonces ocurrió.


La puerta estaba cubierta de grafitis. Entre ellos, en letras grandes, podía leerse: ELENA. 2022. 2K22. Feliz aniversario. 18.10.22. Me quedé sin aliento. Las ganas desaparecieron de inmediato. Solo quedaba una emoción inmensa, desbordante. Era ella. No toda la confirmación —me seguía faltando el misterioso ratoncito—, pero sí una señal inconfundible.
Ahí comenzó algo distinto al flujo de pensamientos, lo que yo llamaría “paquetes de información” —algo que probablemente siempre me había sucedido, pero que hasta entonces no había hecho consciente ni aprendido a observar—. A veces llegan como si alguien conectara un USB a mi cerebro. Otras, como si se abriera un baúl de recuerdos y todo emergiera a la vez. ¿O era yo conectándome con Eywa, esa gran memoria, ese gran campo colectivo? A veces la información llegaría dispersa, fragmentada, exigiendo paciencia para integrarla; otras, aparecería completa y perfectamente clara desde el primer instante, como en aquella ocasión. Esto fue lo que emergió:
ELENA: abuela
Libro de familia: 222
18 de octubre: aniversario de muerte de Mamamá y tía Meme
Habían emergido asociaciones.


Meses antes había comenzado a investigar a mis antepasados, en particular el linaje femenino. En ese proceso, mi tía Ll. me había enviado el libro de familia de mi abuela Elena. Su número de registro era 1222. Otra vez el mismo número que llevaba semanas persiguiéndome: 2:22, 2022, 222. El año en que era llamada a “despertar”... Por otro lado, el 18 de octubre de 2022 fue el día en que encontraron a mi tía Meme sin vida en su casa, y también un 18 de octubre, pero de 1996, había fallecido mi abuela Elena (Lean nuevamente las claves de la foto supra. ¿Ven el paralelismo?). El aniversario de nueva vida de ambas. Un 18 de octubre. El día 1441 (18.1 o 144.1; quédense con el detalle para más adelante, todo irá encajando a lo largo del viaje). Sentía que mi vida se convertía en una película.
Hoy comprendo que mi abuela no solo me estaba confirmando que había sido ella quien susurró lo del ratoncito, sino que también me estaba llevando de la mano a comprender, poco a poco, la naturaleza de la conciencia, del cuerpo biológico y de los puentes entre mundos: ella me llevó a Avatar. Ella había recorrido el camino antes que yo. Era un alma antigua, una iniciada, y hoy es una de mis guías principales.
Al día siguiente, el lunes 19, en la oficina, todo contenía el número 57. El número de las tareas de trabajo, la hora de los correos, el número de palabras de los documentos... Mi intuición me decía que era la edad en que murió Mamamá, yo sabía que había muerto joven. Pregunté a mi madre. “Con 57, chiquitina”, me respondió. Otra vez ella, dejándose sentir. Otra confirmación más. Pero, ¿y la participación de las tecnologías? ¿Cómo sucedían esas sincronicidades? Las preguntas se multiplicaban, pero el camino me enseñaba a vivir en compañía de la magia.
Aprendí a no forzar la comprensión, a aceptar el misterio como parte del orden perfecto. Hay verdades que no piden ser entendidas, sino atravesadas. Cuando intentamos captarlas únicamente desde la mente, nos alejamos de su esencia.
El 20 de diciembre volé a Madrid. Embarqué por la puerta D22. Mi asiento era el 2B (siendo B la segunda letra del abecedario: 22). En el duermevela del vuelo, una sola palabra irrumpió en mi mente con una claridad absoluta: “Miki”. Desperté de golpe. En el asiento justo delante de mí había una imagen de Sprite —“espíritu”, por asociación de la mente— y un anuncio de Coca-Cola que decía Real Magic. Vino la lucidez. ¡Claro! ¡Miki, el ratón de Disney! ¡El ratoncito!


En cierta ocasión mi madre me había contado que, de niña, sus amigas la llamaban Miki. Es más, todavía hoy sus amigas del pantano de San Juan la siguen llamando así. El mensaje era claro: mi abuela me pedía que saludara a su hija y que le hiciera saber que nunca estuvo sola, aunque no pudiera manifestarse físicamente. ¡Tenía que contárselo a Mamá!
Aterricé. Me recogió mi hermano y me llevó a casa. Lo primero que hice, antes si quiera de saludar a nadie, fue ir a dejar mis cosas al cuarto. Subí deprisa. Allí me aguardaba una sorpresa. Tras la muerte de tía Meme, mis padres habían comenzado a recuperar trastos, libros, cartas, y a traerlos poco a poco a casa. Y algunas cosas terminaron en mis manos. Posado sobre mi mesa, había un sobre de “Disney”. Me evocó de inmediato a Miki, un guiño claro a Mamá. Yo seguía hilando. Impulsivamente, le di la vuelta al sobre. Entonces ya no hubo lugar para la duda: “Remite: Elena”. Así, yo había despegado, tocado el cielo, recibido el mensaje y aterrizado para entregárselo a Mamá.




Todo encajó. El puzle de señales finalmente se había completado. Había obtenido la confirmación pedida: Dile hola a mi ratoncito. ELENA. 222. 18 de octubre. Aniversario. 57. Miki. Magia. Disney. Remite: Elena. Así comenzó mi comunicación consciente con mis guías, a través de sincronicidades, pensamientos susurrados y confirmaciones amorosas.


Con ese mismo lenguaje, a lo largo de 2023, empecé a reconocer la presencia de otros seres queridos. Cada uno encontraba su forma de hacerse sentir, su ritmo, su código. Algunos vinieron puntualmente para mostrarme que estaban ahí, y luego continuaron su camino. A excepción de mis guías, cuya misión es acompañarme desde el otro lado mientras su alma sigue también su propio proceso de evolución. Tal vez nosotros mismos, cuando crucemos ese umbral, seamos a nuestra vez guías para otros. Mi segundo guía principal es mi abuelo paterno. Comenzó a manifestarse con especial claridad. Desde siempre había sentido su cercanía, incluso antes de comprender nada de todo esto. Aunque nunca lo conocí en vida, me resultaba familiar, como si me hubiera acompañado desde el principio. Con el tiempo, el número 52 comenzó a aparecer por todas partes, y yo lo asociaba a él. Pero, ¿de dónde me llegaba esa intuición, ese conocimiento? Porque se sentía más como una certeza, pero no era algo que yo supiera. Las sincronicidades estaban ahí, insistentes. Yo no sabía exactamente cuándo había partido, pero en mi interior sentía que ese número era la clave. Cuando pregunté a mis padres, mi madre me dijo que el abuelito había muerto a los 51; mi padre respondió que rondaba esa edad, e incluso llegó a decir 53. Hablaban de memoria, y aquello no terminaba de encajar con lo que a mí me estaba llegando desde el plano invisible, pero no investigué y lo dejé pasar. Tiempo después, en el Día del Padre, ni más ni menos, mi tía abuela Luisi, su propia hermana, sin que yo preguntara nada y casi sin venir a cuento, me dijo:
—Tu abuelo murió con 52 años.
Confirmado.
Así fui entendiendo que no estaba sola, que nunca lo había estado. Que los lazos no se rompen con la muerte, solo cambian de forma. Que existen múltiples planos, niveles de conciencia y maneras de acompañar.
Eso fue lo que marcó el inicio, pero lo que seguiría sería algo distinto, algo más vasto, que iría abriendo mi percepción. La ventana se abría lentamente... y lo que esperaba al otro lado era inimaginable.


Y para cerrar este capítulo del ratoncito, no puedo evitar volver al presente. La noche del 11 de enero de 2026, después de un día luminoso de esquí en la montaña, caí rendida y me dormí profundamente. En mitad del sueño, una frase irrumpió con total claridad: “La gran madre nace mañana también”. Me desperté y la anoté, como si supiera que no debía olvidarla.
Al día siguiente, 12 de enero, mientras me dispongo a escribir estas líneas, abro el portátil y el reloj marca las 19:57. Veo el 57 y sonrío. Sé que Mamamá está acompañándome. Entonces comprendo la frase del sueño, lo asocio todo. “Gran madre” es un calco del francés grand-mère, que significa “abuela”. Mi abuela nació un 12 de noviembre, 12 del 11. Había un paralelismo entre el día y mes de su nacimiento y el 12 de enero de 2026, o 12.1.1 [12/1/2+0+2+6=10=1+0=1] en lectura oculta, de donde se extrae la clave 12 del 11. Mamamá. Aquella noche, mientras dormía, me había susurrado aquello para que supiera que me acompañaría en la redacción del capítulo del cual ella era protagonista: Saludo al ratoncito.
Ellos, desde el otro lado, siempre encuentran la forma de hacernos llegar su amor. Solo hay que aprender a escuchar.
Nunca estamos solos.


