8. Diana, ¡despierta!
1/17/20266 min read


Mi expareja y yo habíamos viajado a Beasain (País Vasco) para asistir a la boda de unos amigos suyos. El trayecto fue largo: vuelo con escala en una capital centroeuropea, otro avión hasta Bilbao y, allí, más amigos nos esperaban en coche para llevarnos al destino final. Llegamos tarde, brindamos con unas cervezas y nos rendimos al descanso.
Después de la boda, la madrugada del día 27 de noviembre me costó dormir. Cerraba los ojos y los abría enseguida, atrapada por la claridad que se filtraba entre las persianas. Finalmente me dormí, aunque con la sensación inequívoca de que algo estaba por suceder.
Esas intuiciones casi premonitorias empezaban a instalarse. Cosas que nunca me habían ocurrido antes de ese 222 —o de las que quizá no había sido consciente— fueron volviéndose la norma con el paso del tiempo, hasta convertirse hoy en algo muy cercano a un sexto sentido.
Me encontraba inmersa en el sueño cuando apareció F. Irrumpió dentro de mi sueño. Pero aquello no tenía textura de sueño. Era real. No parecía que yo lo hubiera soñado: parecía como si nos hubiéramos “encontrado” allí. No había escenario, ni lugar, ni fondo. Solo él. Y su presencia era firme, imposible de ignorar. Apenas nos conocíamos, y, sin embargo, estaba allí con una determinación que aún hoy me estremece. F., el mismo de las plumas. ¿Recuerdan?
Sus palabras siguen resonando como si el tiempo no hubiera pasado:
—Diana, despierta. Tienes que despertar. Son las 04:04. Es hora de que despiertes.
Lo repetía una y otra vez, cada vez con más intensidad, hasta que me agarró por los hombros y me sacudió con insistencia. En uno de esos zarandeos, al gritar de nuevo “¡Diana, despierta! ¡Son las 04:04!”, me arrancó del sueño.
Desperté sobresaltada, sudando. Miré el reloj: 04:04 de la madrugada.
Hoy, tres años después, comprendo que el mensaje de aquel sueño era literal. Llevaba 29 años sumida en un profundo letargo de conciencia, viviendo por inercia, como Neo en Matrix antes de ser desconectado. O, más exactamente, antes de decidir desconectarse. Mi alma me estaba llamando a despertar —literalmente— del velo que me impedía ver. Y me estaba dejando pistas.
F. era una de ellas.
Como adelanté en el capítulo 6 sobre las plumas: fue él quien me abrió aquella ventana de percepción, y también quien terminó de despertarme aquel 27 de noviembre de 2022…
Noviembre es mes 11, y el 11 es un número maestro en numerología pitagórica profundamente asociado en lo espiritual a la intuición y a la conexión con lo divino. El 27, por su parte, esconde un código y una fecha umbral, cargada de claves que se revelarán más adelante. Les comparto esto ahora para que puedan ir uniendo los puntos a lo largo del viaje.


El mismo 27 regresábamos a Bilbao para tomar el vuelo de vuelta a tierra alpina. El sueño no dejaba de girar en mi mente. Conducía nuestro amigo K.; yo iba atrás, mirando por la ventana, absorta. Sentí el impulso de escribir a F. Le envié un audio contándole el sueño: cómo me zarandeaba para que despertara, cómo me había arrancado del sueño justo a las 04:04… cómo esa era exactamente la hora al abrir los ojos.
Su respuesta fue inesperada. Me llegó un audio, pero no era su voz: era la de una mujer joven, explicándome el posible significado del sueño. Luego llegaron dos audios más de F.
—Tienes que conocer a C. Ella es la experta.
Nos puso en contacto, aunque yo no la conocería hasta un año después, en diciembre de 2023. Todo sucede en el tiempo justo. Sin saberlo aún, F. y yo íbamos a compartir una iniciación conjunta. Ese año nos aguardaba la magia, y ninguno lo sospechaba. Comenzaba un acompañamiento precioso, repleto de aprendizajes y, al mismo tiempo, de desafíos que forjarían nuestro crecimiento. No iba a ser fácil, pero merecería la pena. Y tanto que lo merecería. Nunca olvidaré su papel en mi despertar. Así lo habíamos pactado en otro plano. Gracias, amigo.


Dentro de este mismo registro onírico, me asalta un flash que me lleva a otros dos sueños, de naturaleza muy distinta, que tuve cuando murió mi abuelo Yayo.
Yo tenía unos ocho años cuando mi abuelo partió. Era un hombre bueno, íntegro, profundamente amoroso. El del corazón cristalino. A cada nieto nos había regalado un apodo en francés —era de San Juan de Luz—: ma petite princesse para mí, le petit coquin para mi hermano, la kiki jolie para mi hermana.


Soñé con él dos veces. Una poco después de su muerte, y otra un año más tarde. Aquellas experiencias no me dejaron indiferente; aún hoy las recuerdo con absoluta nitidez. Fueron tan vívidas, tan reales, que no parecían sueños. Me desperté ambas veces con la certeza de haberlo visto, tocado, sentido. Estaba vivo. En cada encuentro, me repetía lo mismo: “Estoy bien, no me he ido. Te quiero”. Me sonreía, me tranquilizaba, insistía en que nos seguía acompañando con amor. No recuerdo que ningún otro miembro de la familia viviera algo similar, o tal vez nunca lo compartieron. Para mí, aquel misterio se mantuvo presente durante años. Era pequeña y carecía de los elementos para entenderlo, pero la experiencia quedó grabada en mi memoria para siempre.
Mucho más tarde lo comprendí. Hay sueños… y hay visitas en sueños. Se distinguen por la presencia amorosa y serena del ser querido, que aparece sano, luminoso, a veces rejuvenecido. En ocasiones traen un mensaje; otras, solo amor, para que sepamos que están bien. La comunicación es clara, casi consciente. Esa es una de las claves para diferenciarlos.
Me viene otro flash, aunque de un orden distinto. Ocurrió antes de que terminara 2022, no recuerdo la fecha exacta.
Mi expareja estaba de viaje y yo me encontraba sola en casa. Dormía cuando, de pronto, sentí que mi cuerpo se hundía, como si pesara de repente y se dejara caer en la cama. Seguro que ya les ha pasado alguna vez. No podía controlarlo. A continuación, comencé a percibir desde dentro del sueño una vibración muy fuerte, casi desagradable, proveniente del espejo de mi habitación. Oía cómo el espejo temblaba o se movía fuertemente. Yo estaba en un estado semilúcido. La vibración era tan fuerte que me desperté de golpe y miré el espejo… que, sin embargo, estaba completamente quieto.


¿Había sido real el temblor? Aquella experiencia me asustó, y bastante.
Me levanté, fui al baño, me lavé la cara y bebí un poco de agua. Al regresar a la cama, cuando estaba a punto de volver a dormirme, en ese estado de duermevela, tuve la impresión de oír ruidos muy leves en el resto de la casa, ya no en mi habitación. Pero, curiosamente, aquella segunda vez no sentí miedo. Lo único que deseaba era dormir y no volver a sobresaltarme.
Al día siguiente le pedí a esa energía que no volviera a manifestarse de esa forma, y desde entonces no ha vuelto a repetirse.
A día de hoy sigo sin saber qué fue aquello. He llegado a pensar que quizá fui yo misma regresando a mi propio cuerpo… pero entonces, ¿qué explicaría esos ruidos suaves? ¿Acaso fue un intento torpe de algún familiar intentando penetrar en mi sueño? ¿Otra cosa? Sigue siendo un misterio. Con el paso de los años, una acaba aceptando que hay experiencias inexplicables: algunas terminan encontrando sentido, otras no lo hacen jamás.
Y está bien así.
Presten oído a sus sueños. Escríbanlos. Allí se ocultan respuestas, pistas, palabras que no llegan por otros medios. En ellos se esconden mensajes que viajan desde lo invisible hacia lo consciente. No los ignoren. A veces es su propio ser quien susurra, otras veces, los guías que sostienen su camino desde planos que no alcanzamos a ver.


Me levanté atónita y fui al baño a beber agua. Recapitulé para mis adentros: un compañero cercano —aunque con quien no tenía una confianza profunda— me había despertado en un sueño para anunciar que había llegado el momento de despertar, y ello sellado por una asombrosa sincronía: 04:04 en el reloj. En ese instante, la confusión era absoluta.
