11. El mito del abejorro

2/5/202610 min read

Era la tarde del 25 de diciembre de 2022, después de comer. Me encontraba en el chalet de mis padres. Había salido al jardín para conversar con mi tía E.

Había llegado a Madrid con un impulso incontenible por contarle a todo el mundo lo que estaba descubriendo, lo que estaba viviendo: que estaba conectando con un universo sutil, vasto y mágico; que estaba conectando con mis abuelos y con la familia del otro lado; que no estamos solos; que la muerte no existe; que el Universo responde; que existen guías invisibles. Pensaba: “¡Ojalá alguien me hubiera hablado de todo esto antes!” Así que hablaba, emocionada, deseosa de compartirlo, convencida de que merecía ser compartido.

Sin embargo, aquel universo nuevo que yo comenzaba a habitar era completamente ajeno para mi familia. Al principio despertó curiosidad e incluso cierta gracia, pero pronto percibiría desconfianza y preocupación. Pensarían que me estaba obsesionando, y lo entiendo. Sin embargo, a menudo me pregunté cómo habrían reaccionado ellos si les hubiese ocurrido lo mismo. Un estallido de señales y la súbita percepción de finas membranas que separan y a la vez conectan las distintas realidades. Tal vez no todos están preparados ni desean responder a ese llamado; quizá llega en distintos momentos para cada alma, o simplemente no forma parte de su camino. Pero yo estaba dispuesta a escucharlo, aun cuando el sendero se presentara arduo. Aquello no era más que el comienzo.

Al compartir mis primeras vivencias, fue mi tía E. quien más me siguió la corriente. Pronto supe que ella había pasado por algo similar tiempo atrás. En algún momento me dijo: “Estás teniendo un despertar”. Comprendía perfectamente de qué le hablaba. Jamás habría imaginado que ella estuviera conectada con todo aquello; nunca nos lo había contado, lo había vivido hacia dentro, en silencio. Así, mi tía E. se convirtió en mi primera confidente. Con ella podía hablar el mismo idioma; compartíamos el mismo lenguaje. Desde entonces, han sido muchas las conversaciones. Si al principio me sentí menos sola, fue gracias a ella.

Estábamos sentadas en el borde de un escalón que daba al jardín del porche trasero. El sol de invierno brillaba con una luz dorada que calentaba y traía calma. Recuerdo que llevaba puesto un pantalón de chándal gris oscuro, cómodo, de estar por casa. Mi tía E. encendió un cigarrillo y me miró con ternura: “Tengo ganas de que me cuentes”, me dijo. Su mirada cómplice y su tono cálido hicieron que bajara la guardia que había empezado a levantar y me abriera a ella.

Sin embargo, lo que expresé entonces me sorprendió incluso a mí misma. Quise explicarle cómo me sentía, pero las palabras no terminaban de aparecer. En aquel momento no sabía qué me estaba ocurriendo; apenas comenzaba a intentar comprenderlo. Mi entusiasmo inicial por aquella magia era rápidamente atenuado por mi entorno más cercano, sencillamente porque ellos no lo estaban viviendo. Iría descubriendo que esa realidad coexistía desde siempre y que muchos caminaban ese sendero, pero nuestros caminos no se cruzaban porque nuestras frecuencias aún no resonaban juntas.

La cantidad de senderos diversos y de vidas apasionantes que existen y que se cruzan a diario sin saberlo...

Mientras hablábamos, le conté que en los días previos había comenzado a ver señales que me remitían a mí misma: volar a Madrid embarcando por la puerta D22 con el asiento 2D asignado aleatoriamente; aparcar en la calle y que el coche frente al mío tenga como matrícula mi fecha de nacimiento junto con la inicial de mi nombre (2293D), y un largo etcétera. Sentía que me observaba desde fuera, como si fuera testigo de mí misma. No solo percibía señales externas que me recordaban a mí, sino que también lo sentía internamente. Era como si empezara a contemplarme en tercera persona… pero, ¿quién era la que observaba a Diana, a la personalidad de Diana?

Era mi consciencia comenzando a expandirse.

No lograba explicar con claridad qué quería decirle; las palabras seguían sin ordenarse.

Me viene a la memoria una entrevista a Jim Carrey que vi tiempo después, con la que me identifiqué plenamente y que pone palabras acertadas a aquello que yo comenzaba a sentir. El cómico aseguraba:

De repente entendí que el pensamiento no era más que algo ilusorio y que es responsable de la mayoría —si no de todo— el sufrimiento que experimentamos. Entonces sentí, de pronto, que observaba esos pensamientos desde otra perspectiva. Y me pregunté: ¿quién es el que es consciente de que estoy pensando? De repente fui arrojado a una sensación expansiva y asombrosa de libertad: libertad de mí mismo, de mis problemas. Sentí que era más grande que lo que hago, más grande que mi cuerpo. Era todo y todos. Ya no era un fragmento del universo: era el universo. Desde ese día he querido volver a ese estado. Es como surfear una ola: a veces estoy arriba, a veces no. Pero al menos sé hacia dónde quiero ir. Y quiero llevar conmigo a tantas personas como sea posible, porque la sensación es increíble

En un momento dado, mientras conversábamos, me giré y miré a mí tía fijamente a los ojos. Era como si quisiera decir algo esencial, pero también como si buscara orientación en ella. Con el corazón en la mano, desde lo más profundo de mi ser, sin comprender del todo lo que significaba, le dije:

“En ocasiones me veo a mí misma: me tengo justo enfrente de mí, soy mi propio reflejo. Siento como si yo misma me enviase esas señales”.

En ese mismo instante, un gran abejorro marrón oscuro, peludo, con rayas blancas, se abalanzó sobre mi pierna izquierda. Sus patas se clavaron con fuerza en el pantalón, quedando firmemente enganchadas. Me quedé paralizada. Mi tía observaba al enorme insecto con antipatía; percibí su miedo. Yo, en cambio, sentí que aquello era una respuesta. Una respuesta del entorno a mis palabras, como si hubiera pronunciado una verdad.

Lo contemplé: era grande, majestuoso, poderoso. Se aferraba con determinación. Aquella frase que yo misma no lograba comprender del todo, tan inconexa en apariencia, era en realidad trascendental. Empezaba a darme cuenta de que un cambio profundo, capaz de transformar mi manera de entender la realidad, estaba ocurriendo.

Ese encuentro mágico me impulsó a buscar el significado simbólico del abejorro. Sin intuirlo, fui a parar en el fascinante mito del abejorro (1). Todo comienza con una afirmación tan provocadora como poderosa:

“Según los expertos en aeronáutica, el abejorro no puede volar debido a su peso, su forma y el tamaño de sus alas. Pero eso el abejorro no lo sabe y por eso vuela”.

A esto se lo conoce como el mito del abejorro.

Durante buena parte del siglo XX, esta idea desconcertó a la ciencia. ¿Puede realmente volar el abejorro? ¿O es solo una bonita metáfora? Y más aún: ¿qué tiene esto que decirnos sobre nuestra vida cotidiana?

La “verdad verdadera” suele habitar un territorio intermedio, entre la ciencia, la imaginación y la realidad. El vuelo del abejorro intrigó durante décadas a los científicos, que se dedicaron a estudiar a este pequeño insecto para entender cómo lograba mantenerse en el aire. Con el tiempo descubrieron que sus alas no se mueven de forma convencional: describen un movimiento ovalado, se flexionan hacia adelante y hacia atrás, y generan diminutas turbulencias invisibles al ojo humano.

Y aquí aparece un dato clave: la turbulencia en fluidos —como el aire— es uno de los campos menos comprendidos por la ciencia. No existe una teoría general que la explique por completo, y el conocimiento al respecto sigue siendo limitado. Recién en 2005, tras años de investigación, el físico Fernando Minotti logró modelar matemáticamente el vuelo del abejorro utilizando herramientas de la física de fluidos, y no de la aerodinámica clásica.

Hoy sabemos que la física puede explicar el vuelo del abejorro y de otros insectos, pero llegar a esa comprensión llevó más de setenta años de investigación ardua. Por eso, cuando en 1934 se afirmó livianamente que el abejorro “no podía volar”, es porque se habló desde cierta ceguera; no se trataba de una verdad absoluta, sino de una mirada parcial, limitada por el marco teórico del momento. El fenómeno era mucho más complejo y requería una visión más amplia de la realidad.

Y ahí vive el corazón del mito, junto con su lección más profunda:

No importa lo que digan los expertos. Uno debe hacer aquello que sabe hacer, ser quien es, sin quedar atrapado en las opiniones ajenas, en los diagnósticos externos o en el rechazo.

El abejorro “no sabe” —su autoconsciencia es mínima— que es imperfecto para volar y eso lo lleva a ir más allá de sus límites aparentes, demostrando que sí es posible elevarse en el aire, que lo imposible era solo una ilusión.

Así pues, yo debía ser como un abejorro.

Ese día, aquel pequeño ser me dio el aliento necesario para seguir mirándome, aceptar lo que me estaba sucediendo —tan real como mágico—, aunque a veces resultara difícil de digerir. Comenzaba a entrar en contacto con conciencias que no podía percibir en la realidad física, pero también con mi “Yo superior” o la “supraconciencia”(2)… Para volar, necesitaría la confianza del abejorro, porque mi entorno cercano no iba a comprenderme inmediatamente.

Me harían falta nuevos elementos, paciencia y experiencia directa. Querría entenderlo todo, incluso desde la ciencia, pero comprendería que aún queda mucho por explorar y descubrir sobre la consciencia y el alma. Entonces me bastaría con vivir, sentir y experimentar. Y eso sería suficiente.

Este mito del abejorro, que celebra la valentía y la persecución de lo que uno sabe hacer, incluso cuando nadie lo apoya y todos lo consideran imposible o una banalidad, me evoca una escena de la película Van Gogh, a las puertas de la eternidad:

—¿Dirías que Dios te dio el don de pintar?

—Sí. Lo hizo. Es el único que me dio —responde Van Gogh—.

—Responde con franqueza. Quiero entenderlo. ¿Por qué dices que eres pintor?

—Porque pinto. Amo la pintura, tengo que pintar. Siempre he sido pintor, eso lo sé.

—¿Pero no ves que esta pintura —señalando una obra de Van Gogh— es, como diría, desagradable, fea?

—¿Por qué Dios iba a darme un don para pintar cosas feas y perturbadoras? A veces… me siento alejado de todo.

—¿Alguien compra tus pinturas?

—No.

—¿Y crees que Dios te dio este don para mantenerte en la miseria?

—Nunca lo he visto de ese modo. Tal vez escogió una época equivocada. Tal vez Dios me hizo pintor para gente que aún no ha nacido. Se dice que la vida está hecha para sembrar. La cosecha aún no está aquí. Yo pinto con mis virtudes y mis defectos. Jesús dijo que alejáramos el corazón de las cosas visibles y que abrazáramos las que son invisibles. Y Jesús, además, fue un total desconocido cuando vivía...

Van Gogh fue otro abejorro de fe. Pintó para los humanos del futuro. Conocía su don aunque nadie lo comprendiera. Y pintó, y pintó… como el abejorro voló.

Aquel día, el abejorro me reconfortó.

Mientras yo vea la magia, mientras oiga sin palabras sonoras y baile al ritmo de una música imperceptible, mientras sienta la presencia invisible que me acompaña, hablaré de ella. Traduciré lo intangible en palabras vivas. Me alquimizaré, transformaré mi plata en oro. Nadie lo verá, porque ocurrirá dentro de mí, pero se sentirá. Y podrán decir, como en la canción de Flora Cash You’re somebody else: “Oh, eres tú, pero no eres la misma, no en la superficie; oh, hablas como tú, pero oigo a otra persona”.

Sembraré sin prisa. Dejaré que las raíces crezcan en la oscuridad, profundas e invisibles. Volaré junto a otros abejorros imposibles. Mostraré la puerta a quienes algún día deseen atravesarla, aunque yo ya no esté.

Y mientras perciba esta magia, la llevaré conmigo allí donde vaya.

Persigue tus sueños y tus visiones. Y si te dicen que es imposible, hazlo.

El abejorro no sabía que no podía volar y por eso volaba.

Notas:

(1) Llegué al fascinante mito del abejorro a través de la siguiente página, de donde tomo la explicación que parafraseo a efectos de este Diario: https://eldefinido.cl/actualidad/plazapublica/7527/El-abejorro-no-puede-volar-pero-lo-hace-igual-Esta-es-la-razon-y-su-leccion/.

(2) El Yo Superior, según mi adorada Dolores Cannon, es la parte de ti que permanece conectada con el Universo o la Fuente (Dios): una conciencia vasta y guía que trasciende las limitaciones de la mente consciente. Un concepto afín, en la obra del doctor Sans Segarra, es el de la supraconciencia: una suerte de Yo expandido que, a diferencia de la conciencia local —generada por las conexiones neuronales y limitada a la vida biológica—, sería una conciencia no local que persiste más allá de la muerte del cuerpo y de la mente. Y más allá de ambas se encontraría la conciencia primera: la conciencia unificada, el todo, la fuente de todo lo que existe, subyacente a todo ser y a toda conciencia. Estos conceptos han sido y siguen siendo duramente criticados por científicos y divulgadores científicos. Sin embargo, a mi humilde parecer, cuando escuchamos discursos que descartan estas experiencias por imposibles, volvemos a encontrarnos ante el antiguo enigma del vuelo del abejorro: un fenómeno que fue negado por los expertos y que solo pudo ser comprendido tras más de setenta años de investigación. Del mismo modo, la ciencia actual aún no dispone del marco completo para explicar estas vivencias trascendentales que suelen calificarse de místicas o esotéricas, especialmente por quienes no las han experimentado. No por falta de rigor, sino por falta de datos… y de vivencia. Pero esos datos llegarán, la cuestión es cuándo. Hoy estas experiencias comienzan a ser cada vez más estudiadas, y confío en que, con el tiempo, la ciencia hallará las claves para explicarlas. Mientras tanto, no nos perdamos en la necesidad de comprenderlo todo. A veces, es más bello simplemente vivirlo. Vivan.