12. Creo en Dios

2/22/202620 min read

Créanme, en 2022 este capítulo no habría podido ser escrito. Hoy, con la mirada despierta y el corazón abierto, puedo atravesarlo y plasmarlo en palabras.

En cada lengua y en cada cultura recibe un nombre: Dios, el Gran Espíritu, Allah, Gott, Mungu, Brahman... nombres distintos para una presencia que desborda toda definición.

A veces incluso se manifiesta en plural, sin dejar de ser unidad: la trinidad, tres expresiones inseparables de una misma esencia; los elohim del hebreo bíblico; las múltiples deidades que emergen de Brahman, esa realidad última, absoluta, fundamento de todo lo que es en la cosmología hinduista; las divinidades del Antiguo Egipto, donde la pluralidad no contradice la unidad, sino que la despliega en infinitas facetas, virtudes y potencias; o los kami, que expresan en el sintoísmo una divinidad plural manifestada en múltiples presencias sagradas que habitan la naturaleza, los antepasados y la vida cotidiana, mostrando lo divino como una red viva de fuerzas en relación constante.

Son muchos los nombres, incontables las formas, pero una sola profundidad que late detrás de todos ellos. Y es desde esa hondura —que no pertenece a una época ni a una tradición— que hoy puedo escribir estas líneas.

El nuevo tiempo nos pide renovar la mirada. Debemos ir más allá de la literalidad y ser capaces de ver por nosotros mismos lo implícito, desprendernos del eco de miradas heredadas y aprender a ver lo que vibra entre líneas. No a través de filtros ajenos, sino desde la experiencia directa, viva, encarnada. Si todos intentamos poner palabras a una misma realidad, ¿por qué persistimos en sentirnos separados? Las divergencias son inevitables: lo inefable no cabe en un concepto, no se deja apresar en una definición. Podemos llamarlo de infinitas maneras, pero no nos aferremos al nombre, porque el nombre delimita, y al delimitar, separa. Aprendamos a mirar más allá de la palabra que señala. Recordemos que el significante y el significado jamás serán la cosa designada, sino apenas un puente, un gesto, un intento humilde de aproximación a aquello que, en su esencia, siempre desborda toda forma.

Existen tantas interpretaciones como conciencias que intentan comprender. ¿Por qué elegir aquella que nos fragmenta y no la que nos reúne? Al leer a los grandes iniciados de todas las épocas y culturas, percibo un hilo común, una verdad susurrada una y otra vez que, con el tiempo, quedó cubierta por capas de dogma y olvido: somos una única humanidad, respirando bajo distintos cielos, pero compartiendo la misma esencia.

Quizá hoy el título de este capítulo haya quedado pequeño. Tal vez acertaría más afirmando lo que un día expresó Carl Jung cuando, tras un largo silencio, respondió a la pregunta “¿Cree usted en Dios?” con una frase que atravesó el aire como una certeza: “No. Lo conozco”.

Vive en ti. Vive en mí. Y vive en todo cuanto es. Me he fundido de manera consciente con esa esencia infinita y amorosa en apenas dos ocasiones. No me refiero al diálogo, que ese es constante. Me refiero al arrobamiento: ese que se manifiesta en silencio pero con una fuerza profundamente perceptible. No sé de qué depende esa gracia. Cuando la buscas con ansiedad parece esquiva, cuando sueltas a veces irrumpe, y cuando crees no merecerla te sorprende.

En los lugares más insospechados.

Sucedió la primera vez en el baño de casa de mis padres en Madrid, mientras me lavaba los dientes; la segunda, en un día de Pascua, mientras cruzaba en ferry hacia la isla de Murano, en Venecia. Dos momentos cotidianos que se convirtieron en encuentro con lo numinoso.

Sigo en la Navidad de 2022. Sin darme cuenta, comenzaba a sentir casi culpa por haber estado veintinueve años tan desconectada de la vida y del milagro que es cada instante. Irnos a dormir con la certeza de que despertaremos… y efectivamente despertar: ¿qué milagro es ese? Que el corazón no deje de latir ni un solo segundo, sin que se lo pidamos, solo late y nunca nos abandona: ¿qué milagro es ese? Dormir con total confianza, sabiendo que la respiración nunca cesará ni nos abandonará: ¿qué milagro es ese? Descubrir que la muerte no existe y comenzar a percibir en carne propia las sincronicidades, las señales y contemplar el milagro mismo.

Por lo menos, aunque caí en conciencia y ceguera, no me desconecté nunca de mi corazón, del amor que siempre estuvo allí. Afortunadamente eso permaneció en mí.

Un día me derrumbé ante esa fuerza eterna y primordial que precede a toda materia y espíritu, y pedí perdón por haberme mantenido tanto tiempo ausente.

¿Qué velo era aquel que cubría mi memoria? ¿Por qué olvidamos lo que nos da vida?

El día anterior había visto tantas sincronicidades que perdí la cuenta, y la presencia de magia tras magia me había abrumado. Mientras me lavaba los dientes en el cuarto de baño de mis padres, pensé para mí misma, casi confesándome: “Te olvidé. Tanto tiempo te olvidé. Perdóname”. Comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos. Una luz cálida entraba por la ventana, atravesando el halo de la estatuilla del Arcángel Rafael que mis padres tienen en el baño. Me cepillaba los dientes mientras las lágrimas caían por mi mejilla. En un momento dado alcé la mirada y me encontré con mis propios ojos, reflejados en el espejo, como si buscara confirmación en mí misma, y afirmé, con toda certeza pero en silencio:

“Sí, creo en Dios”.

En el instante en que mi pensamiento se formó, la luz del baño se apagó y volvió a encenderse. No fue un parpadeo: duró varios segundos. La sensación fue indescriptible y no se me olvidará nunca lo que sentí; todo ocurrió de manera simultánea. Fue la primera vez que experimenté un estado de conexión total y absoluta. En ese momento sentí la inmensidad y solo pude agradecer… y comprender, por un instante eterno, que todo, absolutamente todo, es Uno.

Dichosa aquella que pueda vivir algo semejante, porque trasciende toda descripción y escapa de las palabras. Recuerdo que pensé: “Ojalá todas las personas pudieran sentirlo también y comprender que no estamos solos”.

Pero al tomar conciencia de lo que había vivido en esos segundos eternos, mi mente racional, empírica y egoica buscó una confirmación. Corrí hacia mi madre, que tenía el televisor encendido, y le pregunté si había habido un corte de luz, si los plomos habían saltado. Negativo.

Había sido real…

Es imposible explicar lo inefable; quizá no exista para ser explicado ni demostrado. Como humanos, solo podemos ofrecer visiones imperfectas, tantas como corrientes filosóficas, espirituales o religiosas existen. Por no hablar del largo —tal vez infinito— camino de la ciencia, cuando logra acercarnos. Toda percepción es inevitablemente limitada, pues nuestro diminuto receptáculo temporal, nuestro disfraz terrestre, nos contiene. La expansión más allá deja solo destellos de comprensión, nunca totalidad. Nuestro problema es nuestra finitud.

Rumi dio en la clave; tomo prestadas sus palabras: “Busqué a Dios y me encontré a mí misma. Busqué mi alma y encontré a Dios”. Jesús recalcó que el Reino de Dios está dentro de nosotros. Hablaba de un estado, no de algo que se espera y se busca: es algo que ya es, que ya está, y solo debe reconocerse. Cuando surge ese reconocimiento, sucede la magia. Surge esa expansión de la que hablaba Jim Carrey: te proyectas más allá del ser físico y, de repente, eres todo y todos. No hay tiempo ni espacio; nada está separado. Es unidad, un campo infinito, una conciencia infinita.

La separación es la ilusión de la materia: el origen parece tan lejano que lo percibimos como externo, mientras que está dentro de nosotros, pues somos un fractal de su expansión. Dios es a la vez continente y contenido, y en nosotros alcanza su manifestación más tangible.

Pienso que la fe y la confianza nos acercan al Absoluto y que la respuesta a ellas es el milagro.

De adolescente nunca supe conectar con el Infinito Inefable, y nadie me enseñó a hacerlo, por lo que crecí agnóstica. Me resultaba inherentemente incognoscible, y mi lógica humilde, supongo, me impedía afirmar o negar la existencia de Dios, debido a la limitación que percibía en el conocimiento humano. Sencillamente, no lograba acceder de manera definitiva a la realidad de lo divino.

Ya conté en el capítulo 3 “Algo está cambiando” que de muy pequeña tenía recuerdos del vacío. ¿Recuerdan que soñaba con la nada? Con el principio de todo: la experiencia del vacío. Cuando no había nada, cuando solo existía el vacío. ¿Y recuerdan también cómo pedía siempre por los míos? Hasta mi adolescencia temprana conservé recuerdos de la Mente Universal, o al menos así lo demostraba mi fe certera en que mis pensamientos y plegarias infantiles eran escuchados. Luego, todo aquello se corrompió.

Si cada ser es, por tanto, una proyección de la misma Fuente experimentándose a sí misma, y si la separación es solo una ilusión, hoy, en esta nueva Era, somos llamados a recordar y a despertar del largo letargo de conciencia en que la humanidad ha permanecido durante los últimos milenios.

Ahora doy un salto en el tiempo, dos años hacia adelante: 2024. La segunda vez que ese estado de arrobamiento me alcanzó volvió a sorprenderme desprevenida, como si la gracia eligiera siempre el instante en que una no la espera. Había viajado en tren desde Ginebra hasta Venecia, pasando por Milán, para pasar allí la Semana Santa. En mi equipaje llevaba un libro de física: relatividad, mecánica cuántica, arquitectura del cosmos, partículas, espacio, probabilidad, tiempo, calor, agujeros negros… Intentaba comprender el universo desde sus leyes visibles, sin sospechar que estaba a punto de rozarlo desde otro lugar.

Diversas culturas han profetizado un “fin de ciclo” o “final de los tiempos” seguido de un renacer luminoso: los mayas anunciaban el cierre de su calendario de Cuenta Larga (la profecía del baktún 13, que marcaba el fin de un ciclo en 2012 y el inicio del baktún 14(1): 400 años de tránsito o 144.000 días que prepararían a la humanidad para un salto de conciencia que nos conecta con múltiples realidades del Universo) como un despertar de la conciencia humana; los hindúes, a través de la llegada de Kalki, hablan de restaurar el orden y abrir un nuevo tiempo de luz tras la Kali Yuga (era de decadencia moral y confusión); los hopi advierten sobre calamidades que conducirán a un mundo más consciente y en armonía con la Tierra; y las tradiciones místicas cristianas, mediante el Apocalipsis, describen un fin de los tiempos que da paso al Reino de Dios, un mundo de justicia y paz o ese “cielo nuevo y tierra nueva”.

Muchas de estas tradiciones coinciden en que la transformación comienza desde dentro, preparando a la humanidad para un amanecer espiritual donde la especie humana podría, por fin, caminar en unidad. En capítulos posteriores ahondo en estos aspectos y comparto cómo esta información, nuevamente, sin que yo la buscara, me halló a mí. Volvería a ser a través de la vivencia...

Mi compañera y yo íbamos en el ferry hacia la isla de Murano, famosa por su cristalería artesanal. Era un día gris, lluvioso, en apariencia poco apetecible. Domingo 31 de marzo de 2024. Domingo de Pascua. Domingo de Resurrección.

Durante el trayecto comencé a quedarme dormida, en ese estado intermedio entre vigilia y sueño. De pronto, algo cambió. Sentí una sensación extraña; mi vista se nubló por unos instantes, pero ya no necesitaba ver. Estaba allí y, al mismo tiempo, en todas partes. Era como si mi percepción se hubiese abierto en 360 grados: lo veía todo y a todos, y me sentía en todo.

Una paz profunda me envolvió. Un amor inmenso, silencioso, absoluto.

Cuando regresé a la conciencia ordinaria, estaba emocionada. Ese amor es casi imposible de describir. Por eso pienso que, en aquel instante, mi consciencia se expandió más allá de los límites físicos. El cuerpo permanecía allí, sentado en el ferry; pero mi consciencia había vuelto a volar. Al principio a mi cuerpo le costaría sostener tan elevada frecuencia y yo no podría manejar aquello. Las lágrimas se vuelven incontenibles. Tendría que aprender a acomodarlo…

Todo ocurrió en una fracción de segundo. La vista volvió, la normalidad regresó. Pero mi mirada quedó fija en una pared del ferry donde, de pronto, leí una palabra: FE.

En ese instante se instaló en mi mente otro pensamiento que me incitaba a buscar en mi teléfono un libro que me había enviado el 28 de diciembre de 2023 cierta persona de la que hablaré más adelante. Se titula Conversaciones con Dios (2). Lo busqué casi impulsivamente, debía comenzar a leerlo ese día, en ese momento preciso en el ferry, por alguna razón que desconocía, pero el impulso era más fuerte que yo. Abrí en el móvil la versión electrónica. Poco imaginaba lo que estaba por leer.

El capítulo 1 comenzaba así:

En la primavera de 1992 —recuerdo que fue por Pascua—, un fenómeno extraordinario ocurrió en mi vida. Dios empezó a hablar con usted, a través mío. (Pág. 3).

Les dejo imaginar y sentir por ustedes mismos lo que yo experimenté al leer esa frase. Me hallaba un domingo de Pascua sumida en esas líneas tras haberme fundido en ese “estado” de presencia con el Todo, donde su esencia me envolvía y, seguidamente, me había visto llamada a guardar mi fe. El libro había llegado a mí tres meses antes, y sin embargo no lo había abierto hasta ese día. Hasta el momento justo, hasta ese domingo de Pascua, de Resurrección.

Aquella frase se imprimió a fuego en mi Ser.

Siento como profundamente simbólico que ese segundo encuentro me sucediera mientras me desplazaba sobre las aguas, en dirección a la isla del vidrio. El agua, que simboliza flujo y adaptabilidad, renovación, purificación y transformación espiritual, como se refleja en el bautismo cristiano o en los rituales de purificación hindúes en el Ganges. Y la isla del vidrio, el cristal, símbolo de moldeamiento y transformación hacia la honestidad, la verdad y la conciencia pura. El vidrio deja pasar la luz y permite ver a través de él.

Un llamado a tener fe y a confiar en el proceso. El gran Uno nos deja esa “chispa” divina, que, una vez despertada, nos tiende el puente directo hacia él. Los símbolos del agua y del cristal se revelaban ante mí, susurrando, mostrando el camino hacia la luz y la claridad interior.

Comenzaba a comprender algo fundamental que hasta entonces me había sido esquivo: los humanos somos seres espirituales por definición, viviendo una experiencia física en la materia a través del vehículo corporal. Cuanto más cultivaba mi espíritu, menos necesitaba creer. Tal vez sea preciso separar la espiritualidad de la creencia.

“Espiritual” viene de una raíz muy antigua, ligada al primer aliento, al soplo de vida: spīritus en latín. Es el soplo invisible que anima la forma, conecta la conciencia con lo divino y hace de la vida una presencia sagrada. Un concepto similar es el de prana o energía vital que circula por el cuerpo y se equilibra a través de la respiración consciente. La respiración mantiene al cuerpo vivo; cuando cesa, el organismo deja de funcionar. Sin embargo, al ser automática, igual que el latir del corazón, suele pasar inadvertida en la experiencia cotidiana. Solo cuando dirigimos nuestra atención consciente al acto de respirar entramos plenamente en el momento presente. La respiración, la pausa y la contemplación nos devuelven al ahora.

Salvo los grandes iniciados, o quienes conservaron su vínculo con el cielo, la tierra y la vida que nos habita, hemos vivido milenios en desconexión. Los silenciosos y aparentemente rudimentarios son a menudo los grandes sabios que hoy nos devuelven el conocimiento. Guardianes de la sabiduría olvidada, abren el acceso a quien está listo para recorrer el Camino.

Ser espiritual, por tanto, se resume sencillamente al arte de ser y estar. Al arte de la presencia plena. A “ser” humano. Las personas más espirituales que conozco no hablan de espiritualidad ni necesitan creer o justificar su fe, porque la habitan. Sienten la luz del amanecer en el rostro; agradecen; aprecian los gestos y las sonrisas; prestan su hombro; se emocionan con la luna; perciben la vida en todo, en la fauna y la flora. Viven en Ayni constante, la armoniosa reciprocidad andina que da y recibe en equilibrio con la vida.

Podríamos preguntarnos muchas cosas. ¿Acaso es menos digno de Dios quien no cree en él, pero vive, ama y comparte en plena presencia, entregándose a la vida sin armaduras ni miedos? ¿Acaso es menos digno el tendero ateo que sonríe y ayuda a una anciana, o que regala una fruta a un niño hambriento, que quien ora los domingos pero luego guarda todo para sí mismo? Tampoco serían menos dignos quienes nacieron antes de Jesús y no tuvieron oportunidad de conocer su palabra, si ya practicaban el amor.

El episodio de Venecia me impactó hondamente, pero no concluyó allí. Hubo una continuación inesperada que tuvo lugar el domingo 7 de abril de 2024, justo una semana después.

Ese día me dispuse a meditar en mi rincón sagrado: un pequeño altar que creé en un espacio recogido de mi hogar. Antes de comenzar, pedí guía a mi oráculo de los ángeles de la Atlántida para establecer la intención de la meditación y la energía con la que debía conectar. Una carta saltó del mazo. Nunca antes había meditado con ella; de hecho, era la primera vez que la veía. Su mensaje era claro y desconcertante a la vez: la misericordia.

Guiaba el arcángel Metatrón, conocido como el escriba de Dios o el gran escriba del Cielo. La observé con asombro. ¿La misericordia? ¿Por qué mis guías querían que meditara sobre ella? No lo comprendí de inmediato; incluso me resultaba profundamente extraño. A decir verdad, ni siquiera sabía con exactitud qué significaba la misericordia en toda su amplitud.

Aunque no alcanzaba a comprender lo que el oráculo me invitaba a explorar, confié —como ya era costumbre por aquel entonces— con una fe inquebrantable en mis guías. No fallaron.

Cerré los ojos y me dispuse a entrar en el silencio. Comencé con mis habituales ejercicios de respiración, abriéndome a estar y recibir. Metatrón facilitó el puente. Permanecí así varios minutos, hasta que, sin darme cuenta, entré en ese estado meditativo profundo. Como cuando una se acuesta, cierra los ojos y, de pronto, ya está dormida sin haber percibido el instante exacto en que cruzó el umbral. De la misma manera, sin advertirlo, me sumergí en la meditación.

Lo que sucedió a continuación removió mi alma y mi cuerpo.

Ante mi mente comenzaron a desfilar secuencias de imágenes y situaciones provenientes de distintos lugares de la Tierra, acompañadas de intensas sensaciones físicas. No solo observaba: experimentaba en mi propio cuerpo aquello que veía. Primero aparecieron escenas de guerra y tortura, y un estremecimiento profundo recorrió cada célula de mi ser. Después fui llevada a territorios de extrema pobreza y hambruna, donde sentí el olvido, el abandono y la desolación de nuestros hermanos y hermanas en diversas regiones del mundo.

Luego aparecieron los rostros de quienes infligían ese daño: líderes y cabezas de países que se mostraban con máscaras o semblantes turbios. La sensación que emanaba de ellos era la del vacío, la desconexión absoluta de la Fuente, el olvido total de lo esencial. Finalmente, se me mostraron las entrañas del planeta: las capas tectónicas, la rotación del núcleo terrestre y las calamidades que sacuden a la Tierra —incendios, diluvios, terremotos— como expresiones de un desequilibrio profundo.

Cuando ese carrusel de visiones cesó, fui envuelta en una burbuja de amor inmenso que me elevó fuera del planeta. Desde allí pude contemplar la perla azul suspendida en el espacio. Entonces vi rayos de un verde esmeralda atravesando la Tierra, penetrando su núcleo, y una geometría sagrada envolviendo al planeta con una energía regeneradora.

De pronto comprendí: ese rayo esmeralda nacía de mi propio corazón. Era yo misma envolviendo a la Tierra en esa luz.

Las lágrimas brotaron sin contención. Vi a los más corruptos y errantes, perdidos en su ceguera, y envié luz a sus corazones con la intención de despertar su chispa dormida. Abracé energéticamente a quienes sufrían, reconociendo su dolor como propio, reconociéndolos como mis hermanos y hermanas. Y envolví al planeta entero, reconociendo el daño que infligimos a la Madre que nos alimenta, de la cual somos neuronas vivas y conscientes.

Percibí la luz esmeralda despertando en la Tierra, y al mismo tiempo la purga necesaria que se manifestaba como respuesta a la contaminación espiritual y material que hemos generado. Todo era misericordia en movimiento: dolor reconocido, amor ofrecido y una profunda oportunidad de sanación.

Cuando volví a mí, estaba conmocionada. ¿Qué acababa de suceder?

Cogí el teléfono casi por puro automatismo y, al desbloquearlo, apareció ante mí una noticia que decía: 7 de abril de 2024, Domingo de la Divina Misericordia. Me quedé inmóvil. No podía creerlo. Aquel 7 de abril, sin yo saberlo, era el Domingo de la Divina Misericordia, el primero después del domingo de Pascua, y el día en que el oráculo me había llamado a meditar sobre la misericordia.

¡Uau! No daba crédito.

Seguí leyendo y me topé con una frase que me atravesó el corazón, del Diario de Santa Faustina (La Divina Misericordia en mi alma):

Toda gracia procede de la misericordia y la última hora está llena de misericordia para con nosotros. Que nadie dude en la bondad de Dios; aunque sus pecados fueran negros como la noche, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra miseria. Una sola cosa es necesaria: que el pecador entreabra, aun cuando sea un poco, las puertas de su corazón a los rayos de la gracia misericordiosa de Dios y entonces Dios realizará el resto. (Diario, 1507).

…aunque sus pecados fueran negros como la noche… una sola cosa es necesaria… que entreabra, aun cuando sea un poco, las puertas de su corazón…

Aquella experiencia trascendental me impactó de tal manera que, impulsada por algo que no supe ni quise frenar, creé un grupo de WhatsApp con mis padres y conmigo, los tres, y puse como foto de grupo el Sagrado Corazón, les conté la anécdota y los invité también a ellos a explorar la misericordia.

No tengo palabras suficientes para describir la sensación que me atravesó. ¿Era, una vez más, Dios comunicándose? ¿Esta vez a través del escriba, de un mediador? En el fondo de mí sabía lo que era: un llamado claro, preciso, en ese día concreto, a recordar la importancia de obrar desde la compasión en mi vida. No solo ese día, sino cada día de mi vida. Hoy sé, sin sombra de duda, que quien vive desde el corazón vive en la mente de Dios.

Aquel día, la chispa en mi interior se encendió con más fuerza, y en mi rostro la nueva mirada se perfilaba con un trazo cada vez más firme.

Así, entre el primer y el segundo domingo de Pascua, el velo se descorrió y pude entrever tímidamente los misterios de la resurrección y de la misericordia, sellándose en mi interior una verdad que ya no podría ser olvidada.

El físico cuántico Michio Kaku explica en una entrevista que los físicos no creen que el Big Bang haya ocurrido solo una vez, sino que podrían suceder múltiples bangs, según la teoría de la inflación cósmica o universo inflacionario.

Kaku afirma que creció como presbiteriano, pero fue criado por padres budistas. Estas religiones sugieren ideas diametralmente opuestas sobre el universo: en el budismo existe solo el nirvana, sin principio ni fin, en un estado de atemporalidad o existencia eterna; mientras que en el cristianismo hay un instante decisivo en que Dios dice “hágase la luz”, un momento concreto de creación. A priori son ideas exclusivas… pero él comprendió que era posible combinarlas en una sola teoría.

¿El universo tuvo un comienzo o no lo tuvo? Según Kaku, nuestro universo tuvo un comienzo, pero existirían otros universos burbuja dentro de otros universos, en un verdadero baño de burbujas cósmico. Esto implica que estos universos se expanden en una dimensión más allá de nuestra comprensión tridimensional: el hiperespacio, las 11 dimensiones (una de las teorías modernas).

Así, concluye el físico, el nirvana budista podría concebirse como ese hiperespacio de 11 dimensiones, un lugar donde los big bangs ocurren de manera continua. De este modo, es posible reconciliar dos teorías de la creación aparentemente excluyentes: la atemporalidad del budismo y el instante de creación del cristianismo.

Científico, ateo, religioso o espiritual: no hay enemistad real entre quienes perciben la realidad desde distintos prismas. Lo que verdaderamente nos define no es lo que creemos, sino nuestras acciones y la huella que dejamos en el mundo.

Me resulta fascinante la aparente dicotomía entre creencia y ateísmo. Porque, pensémoslo: un ateo necesita una fe gigantesca para creer que no hay nada, que c’est fini. Finito. ¿No? Una biología compleja como la nuestra, un universo inmenso, nuestro nacimiento y nuestra identidad… todo “porque sí”. Vivimos, sufrimos, amamos, morimos… y, al final, chao. Convencerse de una existencia tan efímera y aparentemente fútil requiere un convencimiento casi heroico.

Y ni hablar de los matemáticos. Depositan toda su confianza en los números: conceptos invisibles, geometrías abstractas que sostienen la realidad. No los ven, no los huelen, no los tocan… y aun así creen en ellos. Hace falta mucha fe para confiar en lo intangible de esa manera.

Al final, todo es perspectiva. Solo cambian los lentes con los que miramos el mismo misterio. Por eso, pongámonos las gafas de nuestro vecino: no solo conoceremos al vecino, sino que también ganaremos nosotros en amplitud de visión.

Cierro este capítulo con una luz que nos invita a seguir mirando más allá. Una cita de Raymon Arola, en Los pájaros no temen volar:

En el título de este poemario, Los pájaros no temen volar, aparece un sujeto con un complemento obvio, ya que volar es lo propio de los pájaros. Del mismo modo, al ser humano le son propios el pensamiento, la palabra y la obra, aunque, desgraciadamente, el hombre del tercer milenio parece que tenga miedo de profundizar en cualquiera de los tres niveles citados. Tampoco se atreve a vincularlos entre sí, pues el hilo que debiera unir el pensamiento, la palabra y la obra es el espíritu, y en la actualidad existe como una resistencia a pronunciar esta palabra. Los equívocos, las coacciones, la ignorancia y el abuso han convertido la vida del espíritu en un territorio ignoto, casi prohibido. Entonces, el ser humano teme aquello que le es propio, como si un águila, una golondrina o un gorrión tuvieran miedo de volar.

El espíritu viaja desde el mundo de las ideas hasta la realidad material y desde dicha realidad retorna a las ideas. A menudo, un poemario es la descripción de este viaje, o, al menos, una apertura a unas realidades espirituales que hibernan en nosotros y que no deberían asustar. Estas realidades son las propias de nuestra naturaleza, del mismo modo que los pájaros no temen volar porque el vuelo es el hecho propio de la suya. (Págs. 14-15).

Notas:

(1) Hay dos lecturas: al término del baktún 13, la cuenta podría reiniciarse, comenzando una nueva cuenta desde el 1, o continuar, siguiendo con el baktún 14. El mensaje de continuidad, más que el de reinicio, es el que busco sostener. El 14, en este sentido, se ha revelado como una clave fundamental, una luz de esperanza para nuestra Era. No es necesario entenderlo ahora: hablaré con detalle de esta clave en capítulos posteriores y de cómo llegó a mí.

(2) Neale Donald Walsch, Conversaciones con Dios: Libro uno, archivo digital recibido por vía electrónica, s. f.