15. La transformación
4/15/20266 min read


Es 17 de enero de 2023. F. viene a cenar a casa. Sí, F., el de las plumas, el que me despertó en mi sueño, sí, con quien viviría la primera gran aventura. Mi amigo en el camino.
Noventa y un días desde que tía Meme emprendió el vuelo de regreso a casa. En realidad, la vida es el sueño y la muerte es el día. Nunca nos lo enseñaron en el colegio, y crecimos en un mundo atravesado por el miedo al umbral. Yo misma crecí en ese miedo. Entonces, claro, sobrevivimos… pero no vivimos. Porque como no sabemos qué ocurre y nadie nos lo explica, la sociedad entera teme al magnífico regalo de la vida. Y eso debe cambiar.
Empieza el tiempo nuevo. Pero, por un tiempo, y hasta que se asiente, no será sino una línea paralela a la oscuridad: convivirán. Sin embargo, el tiempo último está escrito, no solo en la palabra de quien lo transmitió —el hijo paradisíaco, maestro de los corazones terrestres— sino también en las estrellas. Las estrellas son el mapa, y poco a poco iremos leyéndolo en estas páginas.
Aquello que comenzó como un recuerdo lejano… cada vez más cercano… hoy lo siento —pese a las adversidades cotidianas— como una paz que ha encontrado su espacio en mi caja de resonancia terrenal y se ha instalado en mí, vibrando suavemente cada mañana en ese dulce vislumbre de la Verdad.
El nuevo tiempo es de revelación ampliada. La información se expande conforme el ser humano evoluciona en su entendimiento; por eso hay conocimiento que queda obsoleto y necesita renovarse. Y eso requiere humildad y apertura. Comprender que lo nuevo no viene a negar lo viejo, sino a complementarlo o, incluso, a reemplazarlo cuando se hallan nuevos elementos que obligan a revisar sus fundamentos. No podemos aferrarnos a esa piel: hemos de mudarla, honrar lo vivido y acoger lo que llega. Esa ruptura es también la de la identidad, porque para que la taza se llene de nuevo, primero hay que vaciar lo que ha caducado.
Ese iba a ser mi 2023: un gran año de aprendizaje y transformación.
Como decía, era 17 de enero de 2023.
Si recuerdan, había comenzado un nuevo contrato y me habían cambiado al “pasillo paralelo”(1), donde habitaba la clave 42, que por primera vez se mostraba ante mí, apenas aterrizada de Madrid. Y, por si fuera poco, ahora eran números, plumas, sueños, ángeles, seres queridos comunicándose… y el gran misterio del 42. Además, fue pisar suelo alpino aquel bendito enero y el 5 se instaló en mi vida, quintuplicado. Si acudimos a la numerología, el 5 anuncia cambio y evolución: puro movimiento, libertad, aventura, experimentación; un salto audaz hacia lo desconocido. Pero aquella mañana había visto demasiados cincos… ¿premonición de la velada con mi querido F.?
Necesitaba verle. Era demasiado al mismo tiempo, y yo estaba sola en mi nuevo mundo, a la deriva. A mi alrededor, todavía no podía hablar con nadie —o con casi nadie—.


Ding dong. Era F. Había traído todos los ingredientes para preparar unas fajitas vegetarianas. Por entonces yo vivía con mi expareja en el barrio de Saint-Gervais, en un apartamento renovado con balcón, en un edificio clásico cerca del Ródano. Ella viajaba por trabajo, y esa noche F. y yo compartíamos casa y conversación.
Desde aquel sueño en el que él me sacudía y me decía que había llegado el momento de despertar, no habíamos vuelto a hablar con calma. Teníamos mucho sobre lo que ponernos al día.
Había puesto en la televisión un vídeo de chimenea con música relajante. Hablábamos sin parar, completamente sobrecogidos por lo que nos estaba sucediendo. Él había tenido su sacudida antes que yo —no mucho antes— y su despertar también había sido intenso. Estábamos acompañándonos en el proceso. Pero yo lo tenía frito a preguntas.
Hablábamos de señales, de números, de 42, del despertar… y en un momento dado él dijo, muy serio y contundente, algo que, por desgracia, ambos olvidamos. Pronunció ciertas palabras y el televisor se apagó de golpe, con un ruido seco. Nos giramos a la vez. Miramos la pantalla. Luego nos miramos entre nosotros.
—Ah… vale. Algo importante acabo de decir —observó F.
El apagón nos descolocó tanto que, apenas segundos después, éramos incapaces de recordar qué había sido dicho. Sin embargo, sentíamos con claridad que no estábamos solos en la sala. La energía era indiscutible.


Retomamos la conversación, volvimos a las fajitas. Cuando terminamos seguimos desde el sofá. Y yo le decía:
—F., no hago más que ver 555 por todas partes. Estoy inquieta. No sé hacia dónde me lleva todo esto.
También le confesaba mis dudas:
—¿Qué será de mi vida con mi pareja? ¿Cómo voy a encajar todo esto?
La flor que se abre. La mariposa que deja de arrastrarse para volar.
No tenía palabras.
Aquella noche, sin saberlo, F. y yo estábamos ante el preludio de una gran transformación. Dos mil veintitrés marcaría un antes y un después. Los guías nos lo estaban mostrando con claridad, a través de su amor y sus señales. Nos preparaban para lo que vendría, para que cuando llegaran las pruebas, recordáramos que no estábamos solos.
Los ojos se me humedecieron. Él también estaba emocionado.
Escuchen Mariage d’amour. Es una pieza maravillosa. ¿Y de qué matrimonio hablaba? Hoy lo comprendo: el del espíritu y la carne. El de lo invisible y lo visible. Entonces quizá pensé que se trataba de encajar mi nueva forma de vida en la relación de pareja. Hoy sé que el enlace era otro.
Si afinamos la mirada, aquel era un día 17. En el tarot, la Estrella: anuncio de esperanza y renovación, un instante de claridad y revelación donde las ilusiones se disipan y la verdad emerge. Le precede el 16, la Torre o Mansión de Dios: el fin de ciclo, el maestro de lo inevitable, la caída. La Torre no destruye por destruir: despierta.


Es el rayo que ilumina lo que ya no puede sostenerse, para que lo nuevo pueda nacer. Fuimos convocados un 17 para recibir aquel mensaje. Ya nos habían situado en el futuro. El cambio estaba hecho en la línea de tiempo, así lo habíamos aceptado desde el plano álmico; solo faltaba encarnarlo… pero no sin antes transitar el derrumbe.
Allá que íbamos… juntos, dijeron.
Comienza la transformación.


Notas:
(1) Aunque entonces no lo sabía —apenas empezaba a intuir el 42—, hoy, en abril de 2026, algo en mí reconoce que aquel cambio no fue solo simbólico. Fue real… o lo parece ahora. Como un leve desvío, casi imperceptible, hacia otra línea de tiempo. No sé cuándo empezó a revelarse. Tal vez siempre estuvo ahí. Solo sé que algunas experiencias esperan… y que comprenderlas exige volver a mirarlas. Y aun así, la duda a veces permanece.
Yo no lo veía, pero comenzaba la primera muerte… la que, sin saberlo, me acercaría un paso más a la libertad. Algo que ni siquiera sabía que anhelaba. ¿Qué era la libertad?
A veces sabemos que no somos algo sin saber cómo lo sabemos. A eso se le llama certeza. Y algún día volvería a correr como alma libre por los campos.
En la nueva era, la verdad deja de ser una idea compartida para convertirse en una certeza que atraviesa el alma.
Las imágenes de los brotes, las flores, la mariposa y la niña corriendo libre pertenecen al vídeo que nos envolvió aquel 17 de enero de 2023: Chopin - Spring Waltz, beautiful relaxing piano music.




En ese mismo instante, la televisión se encendió de nuevo, saltando automáticamente al siguiente vídeo: de la chimenea virtual a Mariage d’amour de Chopin. Las imágenes mostraban brotes emergiendo de la tierra, flores abriéndose, mariposas posándose suavemente y abriendo moviendo sus alas a cámara lenta.
