16. Anish

4/27/202613 min read

Marzo de 2023. Volábamos hacia las Maldivas. No había conocido un lugar semejante en el mundo. Esas aguas no parecían de esta Tierra. Desde el avión, pequeños puntos blancos se dibujaban en medio de la inmensidad del océano; y, a medida que descendíamos hacia uno de ellos —Malé—, sentía que nos acercábamos a algo casi irreal.

Ahí, en el mismo aeropuerto, hay un puerto: nos esperaba una lancha para llevarnos a Anantara Veli Maldives Resort. Una belleza que quedó grabada para siempre en mi memoria.

No sabría decir cuánto duró el transfer. Yo miraba el océano y pasaba mi mano por el viento, que con su fuerza la elevaba y la devolvía, obedeciendo a las leyes de la física. Volvía a ser niña. Quedé impactada por tanta belleza. Pasamos algunas islas.

Ah… esa era la nuestra. Ya la veo. Nos acercamos al muelle. Un pie en el embarcadero y, conforme avanzamos, comienzan a escucharse unos tambores y cantos: nos acogían y nos daban la bienvenida al resort. Nos ofrecen un coco abierto con leche fresca. Y así continuaba el ritual de bienvenida.

Una mujer española, Ainhoa, nos esperaba; ella sería nuestra persona de contacto durante la estancia. Nos llevó hasta nuestro bungalow y, cuando ya estábamos frente a la puerta y vi el número, casi no doy crédito: 142. Otra vez 42. Definitivamente, se había instalado en mi vida y seguía manifestándose, aunque yo estaba completamente perdida sobre el significado de aquel misterio. Para entonces, ya se había vuelto casi una obsesión.

Pero Maldivas sería una bocanada de aire fresco: un espacio para desconectar, para volver a la presencia, a la naturaleza, al agua, y dejar de pensar tanto por un momento. Enraizarme de nuevo; creo que necesitaba eso, enraizarme. Solo sabía que ahí estaba otra vez, como si señalara el camino…

Allí conecté con la fauna y la flora como hacía tiempo que no me pasaba. Un día, cenando, llegó volando un murciélago gigante —y no exagero, se trata del Pteropus giganteus— y se colocó justo en la rama encima de mi cabeza; se colgó boca abajo y se envolvió en sus alas, curiosa criaturilla. Cuando las extiende, puede superar el metro y medio de envergadura.

También, buceando cerca del bungalow, vi un tiburón de arrecife de punta negra que pasó a apenas un metro de mí. Me pegué un buen susto —nadie nos había dicho que en el mismo resort había “criaturitas”—. Y al día siguiente, vi toda una familia de estos tiburones; al parecer, eran habituales por el resort. “Anda que avisan…”, pensé. Porque, infartito…

También veía tortugas y peces de todas las formas y colores imaginables.

Una noche cenamos en unas mesitas sobre la arena. En plena oscuridad, nos dimos cuenta de que algo azul brillaba en la orilla. Nos acercamos a observar y, con cada pisada, dejábamos un rastro luminoso. ¡Era plancton azul! Ya lo había visto antes en la Laguna Luminosa, en Jamaica, pero aquello era distinto: un azul que no parecía de este mundo.

Y bueno… qué decirles: me bañé con tiburones, me comuniqué en silbidos con los delfines y nadé junto a tortugas y con el tiburón ballena. Me daba cuenta de que el miedo era tan relativo. Una vez dentro del agua, todo el miedo que un día había habitado en mi mente desaparecía. Creo que la belleza y la frecuencia de esa agua pura, salvaje y lejana me obligaban a acallarme y simplemente estar.

Ese fue, sin buscarlo, mi primer intercambio con cetáceos —bueno, no exactamente: el primero, primero, fue de pequeña en México, cuando nadé con delfines, los abracé y besé, y luego un par me empujó por los pies hasta sacarme fuera del agua y lanzarme por los aires—. Verán también en un capítulo venidero que en diciembre de ese mismo año los cetáceos volverían a llamarme...

En el encuentro de México era pequeña y, aunque amé aquella experiencia mágica, hoy, a otras alturas del viaje, no puedo apoyar ningún tipo de cautiverio de animales salvajes. El encuentro en las Maldivas fue en mar abierto; también lo sería el siguiente, el que tendría en España, en las islas remotas. Y ahí descubriría qué significaban realmente esos encuentros. Así que tres serían, finalmente, mis encuentros con estos maravillosos seres (a fecha de abril de 2026).

¡Ay, cetáceos! ¡Ay, guardianes del agua y del orden planetario, que con vuestro rol sagrado de equilibrio vibracional de la Tierra sostenéis la red de consciencia superior del planeta! ¡Ay, cetáceos, de los que solo una minoría conoce esta verdad, y que en silencio custodiáis sin esperar nada a cambio! ¡Ay, cetáceos, gracias por permitirme acceder a vosotros y a vuestra sabiduría y amor incondicional!

Un día, viendo los servicios de bienestar y terapia que ofrecía el resort, mi intuición me decía que era momento de revisar cómo estaban esas capas sutiles de mí. Así que decidí tener mi primera sesión de reiki; sentí muy claramente que era el momento.

Y ahí fue cuando conocí a esta persona tan especial en el resort Anantara Veli, en las Islas Maldivas en marzo de 2023, que hoy da título a este capítulo.

Anish es originario de la zona del río Ganges, en la India. Allí no solo se honra la vida, sino también la muerte, y el Ganges es visto como un río sagrado que conecta la muerte con la liberación espiritual, desempeñando un papel central en los rituales funerarios hindúes.

Mi mentor y amigo Anish es, en muchos sentidos, un investigador del alma. En el sentido más literal, además de sus terapias, se dedica a la investigación en ese campo misterioso del alma, la muerte y la trascendencia. A su vez, ejerce como terapeuta holístico: reiki, yoga, qi gong, terapia de sonido con cuencos tibetanos, acupuntura, y un largo etcétera, porque la lista de disciplinas del cuerpo y la conciencia que domina es realmente impresionante.

Con esa curiosidad, pedí cita para una sesión de reiki. El reiki es una terapia de origen japonés en la que se trabaja con la “energía vital” (ki) que debe fluir de manera equilibrada para mantener el bienestar físico, mental y emocional. Esa energía puede canalizarse mediante la imposición de manos, con el fin de favorecer la armonía interna y estimular los propios procesos naturales de autorregulación del organismo.

Me encontraba en el vestíbulo del centro de masajes, spa y reiki. Una mujer me atendió y esperé a un lado. Entonces vi llegar a un hombre joven, muy calmo y sereno, con ojos brillantes y una sonrisa amplia y luminosa. Era Anish.

Pasé con él a la sala. Se presentó, me explicó brevemente cómo se desarrollaría la sesión y, después, comenzamos. Me senté primero en un sillón y me tomó el pulso, palpando la zona de la muñeca para detectar cualquier aspecto destacable.

Debo decir que, en el momento en que dejó de hablar y comenzó el chequeo, algo cambió en él. Su presencia se volvió más intensa, sus ojos parecieron llenarse de un brillo distinto, y pude percibir como si su aura se expandiera.

Cuando terminó, sin que yo dijera nada, me comentó que en general todo estaba bastante bien, pero que percibía algunos chakras —o centros energéticos del cuerpo— algo desequilibrados. Mencionó el sacro (o el plexo solar, siendo honesta no recuerdo con certeza cuál de los dos) como bloqueado por miedos no del todo identificados, en palabras suyas, y el chakra corona, el séptimo chakra, Sahasrara, el centro asociado a la conexión con la conciencia superior, como demasiado abierto.

Esto último, aunque yo no le había contado nada, venía a confirmar algo que yo misma había empezado a intuir en los meses previos: que algo se había abierto dentro de mí, como si ese canal estuviera activo, en una especie de escucha constante hacia lo invisible… No hace falta que entre en detalles, confío en que se entiende a lo que me refiero.

Y por último, el quinto chakra de la garganta, Vishuddha, vinculado a la comunicación y a la expresión auténtica cuando está en equilibrio, también presentaba cierto bloqueo; ciertamente, no estaba consiguiendo expresar todo lo que estaba viviendo y, en gran parte, me lo estaba guardando para mí, hacia mis adentros…

Terminó ese primer contacto breve y comenzó la verdadera sesión. Me tumbé en la camilla. Él me miró, con ese brillo en los ojos y esa aura luminosa que lo envolvía, y me dijo que podía dirigirme a mis ángeles, seres queridos o guías de luz —según mi creencia—, y pedir lo que quisiera, que así sería hecho. Mi mirada fijada en el destello de sus ojos.

Él también cerró los ojos y movía los labios muy bajito; imagino que rezaba o agradecía a las entidades de luz que lo acompañaban. Sin saber muy bien por qué, lo único que me nació pedir fue protección para los míos, e inmediatamente después agradecer. Sentí una paz y una gratitud inmensas.

Con la música suave de fondo, tras pedir mi deseo, mi cuerpo se fue distendiendo. Él trabajaba con un péndulo y con las manos. Fue una sesión muy relajante, pero también impactante.

En un momento dado, aunque estaba completamente relajada, sentí cómo una especie de bola se movía por mi garganta, como si una fuerza invisible se estuviera desplazando, limpiando o desbloqueando —no sé bien cómo explicarlo—, pero podía percibir con claridad aquella sensación intensa de que algo operaba en el plano sutil.

Terminó la sesión. Le pedí que me contara qué había sentido él. Me dijo que había trabajado en mis centros energéticos para reequilibrarlos. “Tienes un aura muy luminosa, y por eso también otras entidades de baja vibración buscan tu luz y se agarran a tu aura”. Añadió: “Pero tu aura es muy pura, algún día también podrás ayudar a otros a sanar”. “Lo que pediste a las entidades de luz, está hecho”. Concluyó con una leve sonrisa, una mezcla de felicidad, gratitud y bondad difícil de describir.

Yo le daba las gracias una y otra vez. “Thank you so much”, repetía yo sin parar.

Cuando salí, mi expareja me esperaba fuera. Dimos un pequeño salto desde la plataforma y nos encontramos en la playa de arena. Pero apenas di un paso, una gran pluma negra apareció ante mí. Mi petición había sido confirmada en cuanto crucé hacia el exterior; el espíritu de la naturaleza y lo celestial me lo confirmaban con aquella sincronía.

¿Recuerdan la simbología asociada a las plumas en el capítulo 6, “Plumas”?: “… el negro suele asociarse con la protección y la seguridad, con la idea de que un ángel resguarda tu energía...”

Sentí que mi petición había sido escuchada.

Después hicimos con él qi qong y una sesión de relajación con cuencos tibetanos. La terapia de sonido es una de las más fascinantes; desde que la probé con él, cuando puedo recurro a ella, ya que permite entrar con facilidad en estados meditativos profundos o en una relajación completamente reparadora. Aunque también puede llevarnos a contactar conscientemente con nuestro inconsciente, y ahí la experiencia se vuelve especialmente interesante.

Cuando veía a Anish pasear por el resort o en algún punto de trabajo, corría hacia él. Podía pasar horas con él; el tiempo parecía no existir, y cada vez me contaba algo nuevo sobre el alma, el mundo sutil… todo lo que yo quería saber.

Un día estaba frente a la sala del desayuno, en un pequeño puesto donde presentaba los servicios que ofrecía en el resort. Corrí a verlo y conversamos largo rato. Mi expareja se desesperaba, porque cuando yo veía a aquel hombre no había forma de separarme. Él llevaba un collar de rudraksha, una semilla del árbol Elaeocarpus ganitrus usada en el hinduismo como amuleto y para meditación, a la que tradicionalmente se le atribuyen propiedades energéticas como protección y calma.

Para mí, él era una fuente de sabiduría y sentía que tenía respuesta a muchas de las preguntas que me acompañaban en ese momento. Incluso un día, yendo en el coche eléctrico del resort, lo pasamos de largo a mi derecha y, al verlo, grité su nombre; el pobre se sobresaltó y yo salté del coche.

Sé que puede parecer exagerado, pero yo viví el encuentro con aquel hombre como algo totalmente mágico, fuera de este mundo. Un auténtico regalo de la vida.

Podía estar escuchándolo boquiabierta, como una niña pequeña que descubre algo nuevo, completamente cautivada. Siempre desde esa paz, serenidad y calma.

Cerca del agua, el enraizamiento se convierte en una forma de comprender y explorar la calma y la quietud. Las emociones fluyen sin fin, como la propia agua. El agua nos estabiliza a través de sus propiedades naturales: es pacífica, nutritiva, como las aguas de la madre.

Las montañas ofrecen un tipo diferente de enraizamiento, profundamente conectado con la naturaleza y una poderosa energía cósmica. Sus vibraciones son fuertes, y el equilibrio surge a través de sus sonidos, que continúan su viaje a través del espacio y el tiempo. Cuando uno se conecta con estas energías cósmicas, puede alcanzarse el nirvana, pero la verdadera intención es regresar a la tierra y compartir esa energía con los demás.

Las energías cósmicas son pacíficas, pero las montañas también pueden albergar desequilibrio. Para quienes no están internamente equilibrados, la energía de las montañas puede resultar perturbadora en lugar de enraizante.

Así suenan sus palabras. Este es un pequeño recuerdo de nuestra reciente conversación por videollamada a principios de 2026.

En ese encuentro, me contó que se muda a otro lugar, al “Caballo Blanco”. Esa es la traducción del francés del lugar al que lo destinan. ¿Y qué simboliza el caballo blanco? Me recuerda al mito de “Lung-Tah”, el caballo de los vientos que carga en su lomo, desde Orión, la misteriosa piedra de Chintamani, que concede deseos a quien la porta: “el Santo Grial cósmico que fue emplazado como luz maxin originalmente en Shambhala”(1).

A esta piedra, la Chintamani, se la conoce como la “Piedra de la Esperanza” o “Joya del Pensamiento”, según el sánscrito (chintá: “pensamiento”, mani: “piedra preciosa”)(2). Según narra mi querido amigo en el camino, RGC, a quien tengo la suerte de conocer personalmente, Shambhala sería un centro de paz en la Tierra, asentado con la intención de librar a la humanidad de la oscuridad, y cuyos fundadores o “Hijos de la Luz” serían seres venidos de las estrellas, de una región muy concreta: Orión(1).

RGC afirma sin rodeos, tras haber conocido a los lamas del monasterio de Khamar en el Gobi que custodian en parte este gran misterio:

[…] los monjes creen que esos seres existen, y que guían en silencio a los caminantes que despiertan al conocimiento. Caminantes que vibran en la frecuencia de la paz y la compasión, y que buscan hallarse en armonía con todas las criaturas del universo. Sabía que en ciertas corrientes budistas se afirma que esas mentes cósmicas no pueden intervenir en todos los asuntos del hombre, pues esos seres no son dioses que pondrán fin a nuestras guerras, que aplacarán tormentas y cesarán terremotos. Son, simplemente, criaturas de mayor sabiduría, que procuran conectar, inspirar, conducir, a aquellos aspirantes que deseen trabajar en el mundo como verdaderos “infiltrados”. Es decir, precipitar un cambio desde dentro(1).

De lo que no cabe duda es de que Anish es un hombre de la verdad, de la paz y de la sabiduría, de esos sabios que mencionaban los monjes del Gobi. Cuando lo vi por primera vez, supe que había encontrado a mi primer gran maestro: mi gurú. Anish fue otro regalo de la vida en mi nuevo camino, y a veces pienso que viajé tan lejos solo para conocerlo. Tal vez mi alma y la suya ya lo sabían.

¿Por qué les cuento todo esto?

Porque el mito, apoyado en nuevas informaciones de mi querido RGC, apuntaría también a que Lung-Tah, a menudo representado como un caballo blanco que portaba en su lomo la enigmática piedra, provendría de Orión, en concreto de la Gran Nebulosa(2). Uniendo puntos y encajando las piezas del rompecabezas —apuesto a que ya me van conociendo—, en Maldivas me hospedé en el bungalow 142. Saben bien que M42 es la nebulosa de Orión. Y ahora Anish se marcha de Maldivas para ir al Caballo Blanco. Doble guiño a los símbolos de Orión y del caballo de los vientos, vinculados por hilos muy delgados a mi estancia en Maldivas y a mi querido Anish. Símbolos de la luz, de la paz.

Y es que conocí a un ser de luz y de paz. Si se puede acceder a la luz de Shambala, es desde el brillo que vi en sus ojos cuando tuvimos la sesión. Me encontré con un hombre de la paz. No he vuelto a conocer a otro igual. Es, y será por siempre, mi primer maestro y, a día de hoy, un estimado y admirado amigo.

Gracias, amigo. Siempre te llevo en mi corazón. Que la paz sea contigo. Y que la paz sea con todos ustedes que me leen. Porque las líneas de este capítulo están escritas bajo la luz de ese reino oculto de paz.

Pintura de Nicholas Roerich (White Stone, Signs of Chintamani, 1933).

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