6. Plumas
12/29/20257 min read


Mientras los números se desplegaban ante mí y yo trataba de familiarizarme con ellos —investigaba, me dejaba guiar por la intuición, porque, créanme, fue un período de una intensidad difícil de describir: los números resonaban en mi mente y en mis adentros, despertando espacios dormidos, activando un lenguaje antiguo, olvidado, pero extrañamente familiar— comenzaron a manifestarse otras señales, completamente desconocidas para mí hasta entonces: las plumas.
Antes de relatar mi primera vivencia personal con ellas, me asalta un flash. Un indicio previo. Me permito abrir un paréntesis.
No quisiera engañarles: no recuerdo la fecha exacta, pero debió de ocurrir antes de que tía Meme partiera. ¿Semanas? ¿Meses antes? Nos encontrábamos mis amigos R., N., F. y yo en el Quai Wilson. Nos detuvimos para hacer una pausa en el paseo, o quizá nos habíamos cruzado de manera fortuita —ese detalle se me escapa—, pero lo que sí recuerdo con absoluta claridad es lo que vino después.
Mi amigo F. comenzó a hablarnos de plumas que recibía como señales. Los tres oyentes no entendíamos nada. Yo lo escuchaba incrédula, aunque sin juzgar; sencillamente no alcanzaba a comprender de qué hablaba. Decía que una pluma caía, o que siempre aparecía cierta pluma, y que aquello tenía un significado. No lograba seguirle. En una de esas, mi amigo N., aún más escéptico que yo —un Santo Tomás en toda regla, de los que si no ven no creen— hizo un gesto de incredulidad y, como por inercia, miró la hora. Sacó su teléfono: 17:17. Se quedó helado. Entonces F. se reafirmó en su relato. Yo lo miraba, como si pudiera intuir algo, sentía como un recuerdo lejano...
Ni N., ni R., ni yo comprendíamos aquel discurso de F., pero sin saberlo, ya nos estaba preparando para abrir la mente. Él había despertado —o lo habían despertado— meses antes que yo. Y sería él, más adelante, quien terminaría de despertarme a mí. Aguarden al capítulo 8 para comprenderlo.
Cierro paréntesis y recapitulo para que me sigan: tía Meme había partido; había conocido a mi familia política; había regresado a mi casa adoptiva, los Alpes, con una moneda de la suerte en el bolsillo; y los números y los sueños habían comenzado a hablarme. Llegó el cumpleaños de tía Meme, el 20 de noviembre. Caía en fin de semana y lo pasé en casa de mis mejores amigos, P., Q. y T. Allí la recordé mucho. Esa mañana, mientras el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo, el recuerdo me atravesó y brotaron algunas lágrimas. Miré al cielo y la felicité.
—Felicidades, tía Meme. Hoy cumplirías uno menos —como ella solía decir—. Ojalá me estés escuchando. Felicidades. Te quiero.


Ese día fue hermoso. Paseé por un pueblito a orillas del lago Lemán. El cielo estaba despejado y el agua en calma. El sol de otoño incluso llegaba a calentar. Algo en mi interior me decía que pronto tendría noticias suyas.
A los pocos días, una noche, antes de dormir, pensaba en tía Meme ya no desde la tristeza, sino desde el amor. El dolor se había ido transmutando poco a poco en un amor dulce, incondicional y agradecido, presente e intacto al paso del tiempo. Le mandé un pensamiento de buenas noches y estiré el brazo para apagar la lamparita. Al hacerlo, alcancé a ver, por el rabillo del ojo, una pequeña pluma blanca en el suelo, entre la mesilla y la cama.


Mi corazón se estremeció. Había algo en ese hallazgo, sin duda, algo que no sabía qué era ni por qué me atravesaba con tanta fuerza. No lo entendía, pero lo sentía.
—Una pluma de angelito —pensé—. ¡Es tía Meme!
Miré a mi alrededor, como si pudiera encontrarla con los ojos. No la vi. Y me reí de mí misma. Estaba nerviosa, porque dentro de mí todo temblaba entre la confusión y una certeza inexplicable. ¿Qué hice entonces? Lo de siempre: buscar una explicación. Investigar. Pregunté a Google. Me devolvió las dos respuestas que reproduzco textualmente a continuación:
Pluma blanca: Tu ángel está allí.
Si ves una pluma blanca, significa que tu ángel te protege […]. Una pequeña pluma blanca significa también que una persona fallecida cercana a ti está siempre a tu lado cuidándote.
Pueden aparecer en o alrededor de su hogar como un mensaje de alguien fallecido y le está haciendo saber que todavía está con usted. Pueden aparecer en lugares extraños que atraen su atención hacia ellos, como sentarse a la vista en el mostrador de la cocina, en una mesa de café o dentro de un objeto de uso frecuente como una taza de café.
Los signos comunes de que su pluma es enviada por un ser querido que falleció es para ver la fecha y la hora en que la vio. Los seres en el mundo de los espíritus se comunican con números, así como con objetos que pueden ser manipulados por las corrientes de energía, por lo que ver una pluma blanca todos los días a las 2:22 p.m. es muy probable que sea un signo de un ser querido.
La emoción me desbordó al leerlo y sentí a tía Meme cerca, más que nunca. Hoy, con otra mirada, añadiría matices a ese texto y diría que no conviene tomarlo al pie de la letra, sino como una imagen sugerente. Hay muchas formas de comunicación que se asocian a las plumas, y esas fueron las primeras que encontré al buscarlo. Me impresionó que entre los resultados figurara el famoso 2:22… para quien sepa hilar. También puede atribuirse un significado a las plumas según su color. Por ejemplo, el negro suele asociarse con la protección y la seguridad, con la idea de que un ángel resguarda tu energía durante un despertar espiritual. También puede entenderse como un buen augurio: el proceso de sanación que atraviesas estaría próximo a completarse, permitiéndote soltar aquello que ya no te sirve. Etcétera. Quédense con el detalle.


A partir de ese día comencé a encontrar plumitas blancas en lugares inesperados. Las fui recogiendo y guardando con un respeto sagrado. Poco a poco empecé a comprender que me las dejaban mis familiares trascendidos. Yo, como gesto de gratitud por su acompañamiento constante, guardaba las plumitas en una cajita que había comprado con mi familia cuando era pequeña, en un viaje a Túnez, grabada con mi nombre y unas estrellas. Con el tiempo, se convertiría en mi cofrecito de los ángeles.
Hoy ese cofre reposa sobre el libro del Árbol de la Vida, el libro de los milagros, resguardándolo en silencio y confiándolo al tiempo justo, al momento exacto.
Investigué y descubrí que existía todo un universo en torno a las plumas. Incluso llegué a comprarme un pequeño oráculo de plumas —imagínense—, como prueba de que aquello era ya algo tan real y compartido que había dado lugar incluso a oráculos… y yo apenas estaba comenzando a descubrirlo.
Y es que las plumas son una señal muy llamativa, de las primeras que utilizan cuando buscan que abramos los ojos, que conectemos con ellos. En un momento dado, la casa llegó a convertirse en un suelo alfombrado de plumas. No sé de dónde salían tantas; aparecían sin explicación alguna, en los lugares más impensados. Mi expareja tampoco lo comprendía. Hasta que un día ella misma encontró dos plumas al abrir su portátil en el trabajo y no daba crédito. Lo mismo comenzó a sucederle a mi familia cuando les conté la historia. Por ejemplo, un tiempo después, un día 22, mi padre encontró al borde de la cama una pluma blanca, regordita, no de almohada, sino de algún pajarillo: limpia, brillante… Era un beso del cielo de su madre, mi abuelita Diana, nacida un 22. Y así podría relatar incontables ejemplos.


Entonces comprendí lo que mi amigo F. había intentado explicarnos anteriormente sobre las plumas. Me alegré al sentir que había sido prudente al no juzgar, al escuchar y al mantener la mente abierta a la posibilidad que él me había ofrecido de ver más allá.
Nunca se sabe, querido lector, tal vez usted sea el siguiente. Pero para entonces, este pequeño Diario podrá acompañarle como guía y amigo fiel.
Las plumas se convirtieron así en otra forma de señal recurrente. Aunque, una vez integrada, también comenzó a cesar poco a poco y dejó de manifestarse de manera constante, para aparecer solo como señal en momentos puntuales, pero muy precisos. Mi vida seguía —mi trabajo, mi ocio, mis amigos— y, de tanto en tanto, yo los sentía. Y me atrevo a adelantar el plural: comenzaba a intuir que no era solo tía Meme… venía acompañada. No sabía exactamente quiénes eran, pero intuía un equipo invisible, diverso. Lo entenderán. La intuición no falla.
Sin embargo, recibir plumas como una señal requiere, según lo comprendo, de una conjunción de elementos sincrónicos, como lugar, fecha y hora significativos en el momento mismo de su aparición. Resultan llamativas y por eso suelen utilizarlas al principio. Luego pueden establecerse formas de comunicación más sutiles: los números, las sincronicidades, la telepatía, el lenguaje de los sueños… Tal vez más delicadas, pero también más fluidas al no requerir intervención en el plano material con el uso de objetos. Todo es cuestión de práctica. Y todos somos capaces de establecer un lenguaje con ellos. Los capítulos 7 y 9 lo ilustran especialmente bien.
También les advierto de la importancia del discernimiento y de no caer en la ilusión o el espejismo de ver señales en todo, pues cuando eso sucede, la señal se diluye, se pierde, y comienza a reinar la confusión ilusoria y la autoconvicción. El discernimiento deberá acompañarlos siempre; de lo contrario, corren el riesgo de extraviarse.
