17. Tres encuentros con Jesús
6/5/202634 min read


Es 6 de mayo de 2026 cuando comienzo a escribir estas líneas.
Puedo afirmar que, después de los tres encuentros aquí narrados, nunca volví a ser la misma. Por fuera me ven igual, sí, pero por dentro algo se activó en mí: una chispa dormida se encendió, una memoria que yo no sabía que habitaba en mí comenzó a despertar. Es la primera vez que me abro a compartir esto, porque nunca antes me atreví a decir en voz alta que Jesús me llamó. Pero hoy ya no puedo negarlo: Jesús me llamó, y cambió mi vida.
Antes de situarme en la cronología de este capítulo, en la primavera de 2023, necesito hacer algunos saltos al pasado.
El primero me lleva al día de mi primera comunión. Yo tenía diez años. El párroco se llamaba Jesús y fue quien ofició aquel día sagrado. Desde muy pequeña sentí una curiosidad especial por la figura de Jesús de Nazaret, aunque entonces no sabía explicar por qué. No sería casual que el sacerdote que me entregó mi primera eucaristía compartiera el nombre del Maestro, si se tiene en cuenta el curso de las páginas siguientes.
Con aquel hombre mantenía un vínculo especial; nunca lo olvidé. Él me hacía conectar con algo misterioso, bondadoso y profundamente poderoso. Hoy diría que eso define a las personas que despiertan en otros la conciencia divina. Aquel sacerdote me conmovía profundamente.
Después de mi comunión, sin embargo, cambió de parroquia. Lo reemplazó un hombre mayor, de cabello blanco y gesto apagado, que repetía palabras vacías sin emoción en el rostro. Ya no lograba acercarme a ese misterio ni a ese amor que el joven sacerdote Jesús sí despertaba en mí. Poco a poco, aquellos rituales dominicales comenzaron a parecerme una obligación que debía cumplirse y no un llamado nacido del alma. Sentía que muchas de aquellas repeticiones habían perdido su propósito, su verdad y su espíritu. Y entonces me fui alejando de aquello que ya no resonaba conmigo.
Mi dulce madre lo respetó siempre. Esa era su forma de amar: libre, pura y sin imposiciones. Ella nos mostró ese sendero. Gracias, mamá. Y aunque las formas de la Iglesia y yo nunca terminamos de congeniar, sí encontré afinidad con el Maestro. En realidad, mamá siempre ha dicho que su fe nace de las enseñanzas y las palabras que Él nos dejó.
Pero, aun así, la vida material terminó atrapándome. Las mundanidades me llevaron por otros derroteros durante largos años, provocando en mí una profunda caída de conciencia. Y no lo digo como algo malo, sino simplemente como algo que sucedió. Era parte del camino. Había que ser “guay”, había que encajar, y todas esas cosas.


El caso es que, como regalo de primera comunión, mi familia me había dado una cadena con una medalla de Jesús y otra de la madre María. Recuerdo que la llevé un tiempo, pero en la adolescencia la perdí completamente de vista. No sería hasta años después, a los 24, cuando volvería a encontrarla.
Y así pasaron los años. Es 2017. Yo seguía sin abrazar ningún rito. Estaba en Viena, realizando unas prácticas en el Organismo Internacional de Energía Atómica. Eran mis primeras prácticas remuneradas. Aunque allí hice un buen círculo de amigos y agradecía todo lo bueno que me ocurría, había un vacío que no lograba llenar.
Pasé por un periodo que no entendía, en el que cada tarde, al volver a casa, me tumbaba en la cama y lloraba sin saber muy bien por qué. Nunca supe si era tristeza, depresión o algo distinto. Y, aun así, me preguntaba: ¿Por qué? ¿Qué me sucede?
Me inquietaba la etapa que venía después. ¿Encontraría trabajo? Tampoco terminaba de comprender la vida. Me repetía: ¿De verdad a esto hemos venido? Vivía con crisis de ansiedad y una angustia constante por el sentido —o el no sentido— de las cosas. Tenía la sensación de que debía existir algo más.
¿En serio pasamos tantos años de nuestra vida aprendiendo cosas, encerrados en aulas durante días enteros, desconectados de la naturaleza, acumulando luego diplomas, para salir ahí fuera y encontrarnos con un millón de dificultades para sobrevivir? ¿En serio? ¿Y vivir? ¿Y la ayuda? ¿Por qué competimos? ¿Quién ha dicho que haya que competir? ¿Por qué no hace cada uno lo que sabe hacer mejor y nos ayudamos todos a brillar en lo que sabemos? ¿Por qué no existen otros modelos?
Un día tuve que volar a España. Al entrar en mi habitación, algo dorado en la estantería me llamó la atención por el rabillo del ojo derecho. Era el colgante de la comunión.
Me quedé frente a él en silencio. ¿Dónde habías estado todos estos años? ¿Cómo es posible que vuelvas a mí ahora? ¿Quién te ha dejado aquí?
Me lo puse y no volví a quitármelo durante varios años. Algo o alguien, de algún modo, parecía haberme buscado a través de esa cadena.
Desde que la llevé de nuevo, las tristezas comenzaron a disiparse. En aquel momento no tenía vínculo con la espiritualidad ni con Jesús; la entendía más bien como un recuerdo familiar, un símbolo del amor y la seguridad que siempre me habían acompañado. Pero había vuelto a mí justo cuando más lo necesitaba, después de más de diez años, cuando ya la daba por perdida.
Cuando pregunté a mi familia, nadie supo decirme de dónde había salido ni quién la había dejado allí. Me reconcilié con aquel símbolo que durante un tiempo rechacé, aunque no desde una perspectiva religiosa, sino desde el significado propio que yo le había dado.
Y así pasaron seis años, hasta aquel 22 de abril de 2023. Volvemos a la cronología del relato de este Diario.
Es el fin de semana del 22 de abril y han pasado 216 días desde que tía Meme se marchó.
Mi expareja y yo habíamos viajado a Berna, la denominada “ciudad federal” o “sede del Gobierno de Suiza”, aunque el país no reconoce oficialmente una capital en su Constitución, pues el propio concepto implica una cierta idea de centralismo y Suiza es una nación de cantones profundamente celosos de su autonomía.
Dos días completos y una pernoctación son suficientes para visitar la sede federal que, aunque pequeña, atesora hermosas calles, restaurantes románticos y llenos de encanto, así como lugares emblemáticos, entre ellos la casa en la que vivió Albert Einstein, convertida actualmente en museo. Por supuesto, no faltamos a la cita. Me estaba impregnando intensamente de los conocimientos transmitidos por aquel gran maestro de la ciencia, especialmente de todo cuanto rodeaba al fascinante universo de la relatividad.
También es posible pasear por sus bellos bosques y caminar junto a las orillas del río Aar, magnífica corriente nacida en los glaciares de los Alpes berneses. Una ciudad maravillosa para descubrir durante un fin de semana.


Pero, más allá de toda aquella belleza, de aquella atmósfera donde parecían entrelazarse la magia y la ciencia, ese fin de semana simbolizó para mí la siembra de una gran semilla que comenzaría a germinar de una forma que jamás habría podido imaginar.
Recuerdo que el sol brillaba con generosidad aquel día y que caminábamos sin rumbo fijo por las calles, buscando algún lugar donde picar y tomar algo. Entonces vimos una vermutería —sí, una vermutería en Suiza— y allí nos instalamos.
Nos sirvieron las copas y conversábamos plácidamente cuando, de repente, comenzó a sonar una trompeta. Lo hacía al ritmo de una melodía que me era íntimamente familiar. Aquel sonido me hipnotizó por completo. Un trompetista se había colocado a apenas un metro de mí, en la misma acera donde estábamos sentadas, y había comenzado a interpretar una canción que todos conocen de sobra:
“And I... will always… love you...”.
Mi querida Whitney Houston.
La energía que emanaba de aquel momento era tan envolvente, tan intensa, que apenas podía contener la emoción. Cuando la canción terminó, el vello se me erizó por completo, como si una presencia invisible hubiera rozado fugazmente el aire que me rodeaba. Entonces mi mirada quedó clavada en una pila que había junto a nuestra mesa, tirada sobre la calle. En ella podía leerse con total claridad una palabra grabada:
“Energy”.
Energía.
Y, en una nueva fracción de segundo, como si una fuerza silenciosa guiara mis ojos, mi mirada descendió hasta el suelo bajo nuestros pies.


Nos habíamos sentado en una mesa situada exactamente sobre una gran cruz inscrita en el pavimento. Una cruz que, hasta aquel instante, había permanecido inadvertida para nosotras. Ahí fue cuando supe que algo estaba sucediendo.
Impulsivamente, tomé mi teléfono móvil y miré la hora: marcaba las 13:33.
Una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo. La piel erizada, cada vello en pie, y una certeza absoluta que descendió sobre mí como una revelación. No tuve duda:
Era Él.
Las palabras se me quedan pequeñas para describir lo que viví en aquel instante. No le hacen justicia. A través de aquella melodía —I will always love you— sentí un amor inmenso e indescriptible, y supe, con una convicción que nacía de algún lugar más profundo que el pensamiento, que había sentido a Jesús.
Siempre te amaré. Eso me había dicho. Siempre te amaré.
¿Pero por qué? ¿Por qué, de repente, ahora? ¿Qué había de distinto en ese momento? ¿Por qué ahora y no antes? ¿Y por qué yo tenía esa bendición y no otros? No conocía entonces otro testimonio que el que yo acababa de vivir, pero desde luego guardaba una certeza: aquello había ocurrido.
Allí, aquel fin de semana del 22 de abril. Sin previo aviso. Sin rituales ni preparativos. Mientras tomaba tranquilamente un vermut en una calle de Berna, al parecer yo debía saberlo. Tal vez debía recordarlo. Tal vez se me había olvidado.
¡Qué inmensa dicha la mía!
Y verán a lo largo de los siguientes capítulos que los días 22, no solo por su asociación con mi nacimiento (2 del 2), serían fechas en que Él aprovecharía una y otra vez para conectar conmigo.
Desbloqueé el teléfono y se lo puse delante de la cara a mi expareja. Tenía los ojos húmedos por la emoción. Le señalé la pila en el suelo, la palabra “energy”, la cruz bajo la mesa y la sincronía perfecta con la canción y su mensaje:
“I will always love you”.
Pero éramos solo mi emoción y yo.
Durante un instante casi me desanimé al no encontrar respuesta en sus ojos. Me di cuenta de que estaba sola frente a una experiencia tan intensa, tan íntima y tan extraordinaria. Pero apenas ese pensamiento cruzó mi mente volvió el escalofrío.
“Estoy aquí. Y siempre te amaré”.
Aquellas palabras que nadie pronunció y que, sin embargo, escuché con absoluta claridad en mi interior, me recompusieron al instante y enderezaron mi ánimo.
¿Qué importaba lo demás?
Yo sabía lo que había vivido.
Nadie más que yo podía saberlo.
Otro largo “gracias” para mis adentros.
Si el número 33 suele asociarse a Jesús por ser la edad tradicionalmente aceptada en la que fue crucificado, resucitó y ascendió, simbolizando así la culminación de su gran misión, el 333 potenciado, que coincidía exactamente con la hora en la que terminó de sonar la trompeta, adquirió para mí un significado todavía más profundo.
Esta escena me evoca ahora, y solo ahora, el misterio de las murallas de Jericó, donde, al sonido de las trompetas de cuerno y atendiendo a la sola fe, los muros se derrumbaron. En mí no cayó una ciudad, sino las barreras internas, el miedo, transformado por el amor y la confianza. ¿Un guiño del Maestro para mi yo del futuro? Tal vez; leído desde la sensibilidad del corazón, así lo percibe una.
Qué pasa con las trompetas… ay, las trompetas. ¿Qué anuncian? ¿Las hay distintas? Despierta: ya llega el momento, se acerca. Y tocarán trompetas.
Conservé aquel momento en silencio para mí, como se guardan los tesoros más delicados.
Así que sí, en Berna tuve mi primer encuentro con Jesús. Al menos, el primero del que fui plenamente consciente. Porque después comprendí que siempre había estado ahí y que siempre estará. Su Ser navega por dimensiones que todavía no alcanzamos a comprender, regiones del misterio para las que nuestro lenguaje apenas posee palabras. Pero su amor es, sin duda, el más inmenso que yo he conocido: una fuerza luminosa capaz de encender cada corazón humano y hacerlos latir al unísono, armonizando el latido de toda la Tierra bajo un mismo pulso. Disculpen el spoiler, me he emocionado. Conforme avancen estas páginas y capítulos, comprenderán mejor por qué afirmo todo esto con una convicción tan firme.
Tres semanas después viajábamos a Lyon, Francia. El 19 de mayo visitamos sus principales monumentos. Recuerdo particularmente el conjunto arqueológico romano de Fourvière, formado por el teatro antiguo y el odéon, adosados en la colina coronada por la Basílica de Notre-Dame de Fourvière. El recorrido terminaba con esta majestuosa basílica, enclavada en lo alto de la colina y con vistas a toda la ciudad.
Aquel día no lo olvidaré jamás, ni tampoco lo que significó para mí cruzar sus puertas. No comprendí la magnitud de lo que allí estaba sucediendo hasta mucho más tarde y, aún después, hasta el momento en que decidí escribir este Diario y reconstruir la cronología de los acontecimientos y los ejemplos que incluiría en él. Pero no me adelantaré. Les cuento.
De la misma forma que no era casualidad que me encontrara en Berna un día 22, cuando el Maestro se hizo sentir por primera vez, tampoco sería casual que este segundo encuentro se produjera un día 19. El simbolismo de aquellas fechas lo comprendería mucho, mucho más adelante; por entonces, pasaban completamente desapercibidas para mí.
Por eso, al contemplarlo hoy en retrospectiva, me invade el asombro y una suerte de perplejidad. Todo el proceso parece haber estado guiado con una precisión asombrosa, como si las piezas hubieran sido colocadas de antemano para encajar a la perfección. ¿Dónde se halla registrado un plan tan minucioso? En algún lugar debe estarlo; hoy no tengo ninguna duda. Pero tampoco busco comprenderlo del todo. He aceptado que forma parte de un misterio.
Contemplé durante un buen rato la fachada de la basílica, que me tenía cautivada, y después entré.
Nada más cruzar el atrio vi un libro colocado junto a unas velitas y sentí curiosidad por acercarme. También había una hermosa oración a su lado, que pronuncié en silencio. Intenté leer las líneas del libro, pero la letra era diminuta y el vestíbulo estaba sumido en una profunda penumbra.


—Imposible, no veo nada.
Lo formulé para mis adentros mientras comenzaba a apartarme para continuar la visita.
Y entonces sucedió.
Apenas una fracción de segundo después de haber pensado aquello, un rayo de sol que quiso responder se filtró por una de las vidrieras o ventanas —en total honestidad, no recuerdo si la luz venía teñida por los colores del cristal o si era una claridad más pura— y fue a iluminar exactamente la página que tenía delante.
Lo primero en lo que se fijó mi mirada fue en el número de la página: 33.
Leí el fragmento y recuerdo que me emocionó profundamente. No lo fotografié y, por desgracia, tampoco recuerdo hoy su contenido. Me había dejado llevar por completo por la magia del instante.


Aun así, hice un esfuerzo, acercándome casi hasta pegarme a las páginas. Finalmente desistí.
No era la primera vez —ni sería la última— que mis pensamientos parecían ser escuchados y recibían una respuesta inmediata.
Aquello tuvo algo de prodigioso. El texto narraba una escena del Maestro, el libro estaba abierto por la página 33 y el sol había acudido a iluminar precisamente aquellas palabras que, apenas unos segundos antes, yo era incapaz de leer en la penumbra.
Mágico.
Permanecí allí unos instantes, meditando en silencio. Después continué por el pasillo lateral derecho. En un momento dado me detuve y avancé hacia el centro de la nave principal. Cerca de unos bancos me llamó la atención una pequeña cesta. Dentro había papelitos con pasajes bíblicos para que los visitantes tomaran uno al azar, de forma simbólica, como si se tratara de un mensaje personal o una guía espiritual. Sin embargo, mi intuición me llevó a tomar no uno, sino tres.
Les comparto la traducción de los versículos:
Hacia ti extiendo las manos,
mi alma es una tierra sedienta de ti.
Y todo lo que pidáis en una oración llena de fe lo recibiréis.
¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del almud o debajo de la cama? ¿No es para ponerla sobre el candelero?
Pues bien, ¿saben que solo recientemente pude comprender lo que en ese momento se me estaba mostrando? Aquel 19 de mayo de 2023 se me revelaba un propósito, un propósito que iría desvelándose de forma natural, como parte de aquel plan... Tal vez también sea el suyo, querido lector, y aún no lo sabe. Les propongo un experimento. Cuando lean la última frase del capítulo 52, antes de despedirse del Diario, vuelvan a esta foto y relean los tres textos. Lean cada uno de los tres papelitos en ese mismo orden.


Aunque aquel versículo 143:6 corresponde en realidad a un salmo de David, en un ruego de desesperación, yo —no conocedora entonces de esas escrituras— lo recibí como una invitación a tomar aquellas manos, como un voto de confianza que se me extendía. Y no es ninguna pretensión: como les digo, no era conocedora, y el remolino que se formó en mi interior, removiéndome el estómago y erizándome el vello, me provocó una sensación que ha quedado grabada en mí. Recuerdo asentir, una y otra vez, al leer aquella frasecita sacada providencialmente aquel día 19.
¡El Maestro me había entregado aquellas claves! Aunque lo agradecí inmensamente, no comprendí la profundidad de cada una de las palabras. Guardé los tres papelitos en mi bolso y no volví a sacarlos hasta hace muy poco.
¡Ay, 143… y lo que tardaría en descifrarte! ¡Y pensar que no tenía ni idea de la Gran Aventura!
Aquella clave en concreto, 143, se convertiría para mí en la prueba de que el tiempo no existe. Comprenderán.
Hilen fino, hagan memoria. Disculpen si soy pesada, pero si se despistan un poco podrían encontrar confusión; en cambio, si siguen las pistas, compondrán un mosaico —y seguro que ya lo están haciendo— que los llevará de vuelta a los tres textos entregados por la Providencia en la basílica de Lyon. Lyon, el león, el rey. Rey de Reyes.
Debo ser honesta con el sentimiento que me envolvió. Si tuviese que ponerle una imagen, vería al Maestro agachado tendiéndome la mano.


Sin saberlo yo entonces.
Sin saber.
Se me entregaban,
los que serían mis pilares directores.
¡Oh, instante velado!
Que te disfrazas de comienzo
cuando ya eres destino.
Camino iniciático
que parecía abrirse delante,
y sin embargo,
ya me habitaba.
Pilares.
No nombrados aún.
No comprendidos.
Pero ya dados.
Y yo,
creyendo emprender,
cuando en verdad
era conducida.
Dos cosas mágicas más acontecieron en Lyon.
Durante nuestra corta estancia, aprovechamos también para visitar el famoso mercadillo extramuros Les Puces du Canal. Cuando ya nos íbamos, me vi de repente caminando hacia una de las filas de puestos por las que ya habíamos pasado, como si algo me llamara de vuelta.
Me detuve frente a un hombre, como si supiera que él tenía algo para mí. Y, en efecto. Sobran las palabras. Una vez más resonaba el nombre del Maestro, y de otros. Pero esta vez eran más que maestros: eran los iniciados. Una pena que se hubiera dejado fuera a las iniciadas, porque ha habido grandes maestras, tan iniciadas o más que muchos hombres, pero sin voz ni lugar.
En cualquier caso, esa mano volvía a tenderse. ¿Una invitación a comprender el camino de los grandes iniciados? ¿Incluso a recorrerlo? Les leo unas líneas del prefacio (traducidas informalmente al español):
Puesto que los Grandes Iniciados han proseguido su marcha ascendente y han superado todos los obstáculos a pesar de los prejuicios tradicionales que les cerraban el paso, debo concluir que hay una fuerza vital en su pensamiento rector. Este pensamiento no es otro que un acercamiento lúcido y decidido entre la Ciencia y la Religión, cuyo dualismo ha socavado las bases de nuestra civilización y nos amenaza con las peores catástrofes.
Esta reconciliación solo podrá llevarse a cabo mediante una nueva contemplación sintética del mundo visible e invisible, por medio de la intuición intelectual y de la clarividencia psíquica.
Solo la certeza del alma inmortal puede convertirse en base sólida de la vida terrestre, y solo el entendimiento entre las grandes religiones, mediante un retorno a su fuente común de inspiración, puede asegurar la fraternidad de los pueblos y el futuro de la humanidad.
E. S. (1926)(1)


Y de la introducción sobre la doctrina esotérica de esa misma obra rescataré, en primera persona, porque me hago eco de las palabras de Claude Bernard(2), que “estoy persuadida de que llegará el día en que el fisiólogo, el poeta y el filósofo hablen el mismo idioma y se entiendan todos”(3).
La última anécdota tiene lugar en la librería ecléctica Cadence, en la rue Saint-Jean del Vieux Lyon, el centro antiguo de la ciudad, donde también se encuentra la bella catedral de Saint-Jean-Baptiste.
El centro histórico estaba lleno de souvenirs de Antoine de Saint-Exupéry y de toda clase de creaciones inspiradas en El Principito. Me llevé una postal de aquel pequeño viajero intergaláctico del asteroide B612: “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.
No había llegado a la librería Cadence por casualidad. Había buscado librerías, y aquella me había llamado la atención. Sabía que buscaba algo, pero no sabía el qué.
Cuando entré, supe que no saldría de allí con las manos vacías. Estaba en el paraíso. Dolores Cannon. Tenían muchos de sus libros. También del doctor Steven Greer, de quien hablaré en un siguiente capítulo del Diario. Fue entonces cuando di con dos libros pequeños que captaron de inmediato mi atención. Uno de ellos, La régression vers les vies antérieures et comment améliorer votre vie présente (La regresión a vidas pasadas y cómo mejorar su vida presente), era un volumen fino, y decidí tomarlo como lectura ligera, de bolsillo. Quería profundizar en la regresión a vidas pasadas, una inquietud que ya se había encendido en mí como una pequeña chispa, primero gracias a mi querida Dolores Cannon y, posteriormente, a mi querido Brian Weiss, también hipnoterapeuta.
Pero Weiss llegó después. Antes estaba ese librito fino. Les confieso que la hipnosis y la regresión jugaron al principio un papel importante en mi despertar —ya lo verán—, y no olviden los inicios. ¿Recuerdan a mi querido amigo libanés Fares o el Libro de Filipo?
El segundo libro, en cambio, fue una maravilla inesperada: Clés pour la nouvelle conscience: Les Gardiens de la Terre parlent (Llaves para la nueva consciencia: Los Guardianes de la Tierra hablan).
Este me tocó el corazón de una forma especial, porque resonaba con la magia de mi tierra alpina. Su contraportada reza así:
François, un vecino de la región del Mont Blanc que prefiere permanecer en el anonimato, recibió estos mensajes de los Guardianes de la Tierra. Estos Guardianes que velan por nosotros y por nuestro planeta desde el principio de los tiempos. El autor vivió allí una experiencia única que deseaba fervientemente compartir con el mayor número de personas posible. El objetivo es ayudar a cada uno a integrar las energías de la nueva consciencia […].
Y me dirán: “Pero Diana, ¿qué tiene que ver todo esto con Jesús?” Pues bien, entonces no lo intuía en absoluto, pero hoy, con camino recorrido y atando los puntos —los últimos incluso en este mismo 2026, año de escritura— sostengo que el Maestro podría estar estrechamente vinculado con estos Guardianes. Al final del capítulo plantearé mi hipótesis.
Vamos con el tercer encuentro. No porque ahí se hubieran terminado, sino porque fueron muy cercanos en el tiempo, a través de una presencia que reconocí y sentí irrefutablemente como crística, como de Jesús, aunque en mis 29 años previos no hubiera tenido una relación cercana con esa figura. Fueron tres encuentros que, en un lapso de pocas semanas, me tocaron en lo más hondo.
Así llegamos al fin de semana del 27 y 28 de mayo de 2023 en Zermatt, apenas diez días después de aquellos papelitos. El 27 y el 28 son, una vez más, fechas significativas. Así pues, sin yo saberlo, en aquella primavera los tres grandes encuentros ya estaban encriptados en las fechas: Berna, 22; Lyon, 19; y Zermatt, 27 y 28 (o 1414).
En el tren, de camino a aquel pueblito de los Alpes, leía el recién comprado libro canalizado en el mismísimo Mont-Blanc sobre las llaves para la nueva consciencia. Nos dirigíamos hacia la región de los Cinco Lagos, el monte Cervino y sus alrededores, que no está muy lejos del majestuoso Mont-Blanc.
Algo que me impactó de aquel libro canalizado fue volver a encontrar en sus páginas la referencia a la “Nueva Tierra”, las nuevas frecuencias y la quinta dimensión. ¿Recuerdan el capítulo 13? Dolores Cannon y Matías Gustavo de Stefano ya me habían acercado a esa información, y ahora volvía a aparecer ante mí.
Algo de cierto debía haber en ello, algo que yo tenía que comprender e integrar.
Recuerden: yo era caminante. Estaba haciendo camino. Y todo era descubrimiento, día tras día. No sabía entonces lo que hoy puedo narrar con palabras.
Es 27 de mayo y el teleférico acaba de dejarnos al inicio de la ruta de los Cinco Lagos de Zermatt, una caminata alpina clásica de entre 10 y 13 kilómetros que desciende desde Blauherd hasta Sunnegga, atravesando algunos de los paisajes más impresionantes de los Alpes suizos.


El sendero une cinco lagos: Stellisee, famoso por reflejar el Matterhorn (Cervino) en sus aguas cristalinas; Grindjisee, rodeado de flores y calma; Grünsee, de tonos verdosos y paisaje más rocoso; Moosjisee, con su característico color lechoso procedente del deshielo glaciar; y Leisee, un lago tranquilo y familiar, ideal para descansar al final del recorrido.
El aire es limpio, el viento recorre la montaña, y cada lago parece guardar una atmósfera distinta, casi suspendida fuera del tiempo.
Íbamos subiendo; había poca gente. Un aire suave soplaba. Recuerdo que, en mitad de la pendiente, me detuve a contemplar las montañas. Me giré y un mar de cumbres y de inmensidad me rodeaba. Qué pequeña era yo… y, sin embargo, qué presente estaba. Observaba, y al mismo tiempo me sentía observada por aquel paisaje entero. Como si el cuadro también me mirara a mí. Reemprendí el paso. La pendiente continuaba. Cuando faltaba muy poco para llegar al emblemático Stellisee (véase la selfie), saqué el teléfono casi por reflejo: las 13:30.
En ese mismo instante, mientras hacía el gesto, una mujer que caminaba por delante de mí se giró de repente —sin saber que se topaba conmigo— y exclamó:
“¡Jesús, hijo!”
Su mirada se encontró con la mía, y enseguida desvió los ojos por encima de mí, como buscando a alguien detrás. Luego se apartó ligeramente y buscó a su hijo.
Me quedé perpleja, tratando de comprender la escena. Entonces el viento sopló con fuerza, queriendo confirmar lo que acababa de suceder. Nuevamente las fuerzas de la naturaleza acompañando.
La interpelación de su nombre gritado mirándome a los ojos, y otra vez el 33. Me emocioné sobremanera. No pude ocultarlo. Otro llamado. Ya era la tercera vez que buscaba mi atención.


Unos llaman al 33 la edad de la muerte de Cristo; otros, la edad de la maestría. Pero para mí, aquel 33 confirmaba nuevamente que era el Maestro comunicándose, de un modo que yo pudiera reconocer, de un modo que mi contexto podía leer.
Mi expareja seguía subiendo; yo, en cambio, estaba en otra experiencia. ¿Ven lo solitario? Nadie puede vivirlo por mí. Estas sincronicidades, tan únicas, que para mí eran milagros, me sorprendían a cada momento. Seguía siendo muy abrumador para mí.
Si rememoro, en medio de esa inmensidad, subiendo hacia un lago donde el Cervino se refleja como un espejo perfecto —cielo en la tierra, tierra en el cielo—, recibía de nuevo una interpelación: “Jesús”. La madre que había llamado a su hijo era española, por el acento. Mi propia lengua. Lo que hizo que todo aquello se sintiera aún más cercano, aún más imposible de ignorar. Me habló en mi lengua.


Pero no terminó ahí.
Al día siguiente, el 28 de mayo, subíamos en tren cremallera al mirador de Gornergrat, a 3.089 metros de altitud, que alberga una pequeña capilla y desde donde se contempla un impactante glaciar y el monte Cervino. El paisaje había ido transformándose poco a poco: del verde intenso de las praderas, a los bosques frondosos, hasta la montaña nevada. Y ahí fue cuando sucedió otra vez. Apuesto a que lo intuyen.
En un momento dado, sentí como si me giraran la cara hacia un punto concreto, y la mirada se me clavó en una cruz situada en una ladera blanca. La observé mientras el tren continuaba su ascenso y entonces lo comprendí. “¡La hora!”, grité para mis adentros. Miré el reloj: eran nuevamente las y 33. Grabado a fuego en la memoria. ¡Uau! Exclamé por dentro. Volví la mirada atrás, pero el tren ya había avanzado y la cruz quedaba fuera de vista. Sin embargo, dibujé una sonrisa enorme y le agradecí. Esta vez, le respondí: “Te vi”. Y sonreí, feliz como una perdiz. Quien me viera.
Me sentía como en Marcelino pan y vino con su Manuel. Yo también empezaba a tener mis propios diálogos con Manuel. Empezaba, silenciosamente, a desarrollar una curiosidad, un cariño y lo que acabaría convirtiéndose en una fascinación total por aquel ser que, al parecer, me estaba buscando, y al que yo comenzaba disimuladamente a querer “corresponder”.
Al regresar al pueblo, me rondaba el recuerdo de una experiencia que había tenido unos días antes, en casa, mientras me duchaba. Bajo el agua caliente, en plena relajación, mi mente había comenzado a “elevarse” y me había visto proyectada hacia el exterior, atravesando el techo del baño, luego el edificio entero, hasta quedar suspendida en el cielo abierto. Y desde ahí había percibido la siguiente información: “la clave está en tu candado rojo”. ¿Me lo había inventado o me lo habían insuflado? Esa vez no lo tuve claro. Era un dato extraño, inconexo, difícil de ubicar. Recuerdo haber contado esa pequeña anécdota a mis padres. Pues bien, cerrando paréntesis, tras haber visto aquella cruz en el monte a las y 33, contemplado el Cervino, paseado por Zermatt y visto incluso un chalet llamado Diana, emprendíamos ya el regreso al hotel, al otro lado del puente. Pero entonces… vi algo en el puente.
Un candado rojo. Y corrí hacia el candado. Claro, mi expareja empezaba a no entender nada de lo que yo hacía, fue muy difícil todo aquello. Yo lo vivía sola, y ella al no vivirlo lo percibía como una extrañez total que procuraba encajar como podía. Pero imagínense, ¡yo estaba conectada con todo aquello! Vivía entre dos mundos, y las personas que me rodeaban entonces, vivían en uno solo. Cuando me acerqué al candado rojo, interpelada por el flash back de mi viaje mental de aquel día en el baño, lo primero que hice fue ver si hallaba alguna la clave. “La clave está en tu candado rojo”, repetía en mi mente. Miren la foto conmigo. Por lo pronto, el candado decía “Maestro” (Master), “España”, “Bloqueo de seguridad” (Safety Lockout), y “Asturias” — y también unos números ilegibles—. Empieza el flujo de pensamientos:
Maestro: Jesús. Pero también un candado maestro o parte de un sistema donde existe una llave maestra.
España: yo.


Bloqueo de seguridad: es un candado pensado para seguridad y bloqueo controlado, no solo para cerrar algo “normal”. Jesús tiene la llave para abrir ese candado, que está bloqueado por seguridad, pero él puede abrirlo, él puede desbloquearlo y controlar cuándo lo abre o lo cierra.
Asturias: es un Principado. ¿Y qué dice Isaias 9:6? Dice:
Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. (Reina Valera, 1960).
Y ¿qué candado es ese que es rojo y que solo el Príncipe de Paz puede abrir? El corazón. No es menor entonces el detalle de la frase que me susurró el cielo abierto aquel día: “La clave está en tu candado rojo”. En tu candado… en tu… tu… Tu corazón.
La clave está en tu corazón.
Pero aquello no terminaría ahí. Faltaba la guinda del pastel, el broche de oro. Tampoco lo vi venir. Desde Zermatt parte la excursión al Matterhorn Glacier Paradise(4), inaugurado en 2018.
Decidimos hacerla: subir al Klein Matterhorn, el Pequeño Cervino. Con sus 3.883 metros de altitud, es conocido por ser el punto más alto de Europa accesible en teleférico.
No tengo fotografías de aquel día, pero el recuerdo permanece intacto.
Yo he sufrido vértigo toda la vida. De ese que hace temblar las piernas y encoge el estómago. De ese que puede dejarte paralizado. No sabía dónde me estaba metiendo. Si no recuerdo mal, desde Zermatt tomamos tres teleféricos. El último ascendía por una pared vertical. Me tapé los ojos y sentí cómo una lágrima de miedo se deslizaba por mi mejilla. Colgar sobre el vacío, caminar junto a precipicios, asomarme a una cornisa... siempre me ha removido profundamente. Y, sin embargo, siempre he seguido adelante, como si una parte de mí se empeñara en atravesar aquello que más teme.
El trayecto se me hizo eterno. ¿Por qué estaba subiendo allí? Ni siquiera había sido idea mía. A mi compañera le fascinaban las alturas. Podía contemplar el vacío con absoluta tranquilidad, mientras yo luchaba por no mirar. Al llegar a la estación superior, un pequeño ascensor excavado en las entrañas de la roca nos condujo hasta la plataforma panorámica. Y entonces ocurrió.
Nada más poner un pie fuera, aún atenazada por el miedo, una profunda sensación de paz comenzó a invadirme incluso antes de comprender por qué. Tardé apenas unos segundos en descubrirlo. Una gran cruz se alzaba sobre la roca nevada y, detrás de ella, la inmensidad: montañas, glaciares, nieve, cielo, blanco, azul, aire.
Libertad.
Y sobre la cruz, un enorme Cristo dominaba el horizonte. Me esperaba arriba. Había llegado hasta allí a pesar del vértigo. Precisamente en la cima, iba a comprender algo. Nada más verlo, la adrenalina se detuvo. Mi cuerpo descansó. El miedo se desvaneció.
Y pude contemplar toda aquella belleza.
Fue algo inexplicable.
Una sensación de seguridad. De amparo. De paz.
¿Cómo se explica algo así?
Todo cuanto estaba viviendo era, en realidad, vertiginoso. Se abría ante mí un mundo inmenso de posibilidades y una realidad distinta —¿qué pasaría cuando hablara de todo ello, si lo compartía con las personas, cuando les dijera que no están solos, que tienen guías que quieren captar su atención pero no les prestan atención?—, pero intuía que Él estaría ahí para sostenerme y ayudarme a atravesar todos los vértigos que habrían de venir. Solo el tiempo podía revelar aquello que mi intuición ya presentía.
Iba a sufrir un gran rechazo. Me iban a señalar. Me iban a prejuzgar.
Por eso cobran hoy un significado especial estas palabras, que me regaló veladas en esos encuentros:
Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.
(Juan 15:18, Reina-Valera 1960)
Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.
(Juan 15:20, Reina-Valera 1960)
No sería la última vez que el vértigo y la montaña me pondrían a prueba. Lo comprobarán.
Y es que en los paisajes físicos de las historias suele esconderse un profundo simbolismo espiritual: desiertos y jardines, montañas y valles, ríos y mares, pueblos y ciudades, santuarios, templos e iglesias.
Pero las montañas… ¡oh, las montañas!
¿Será que Dios habla desde sus cumbres?
Las montañas han sido, desde tiempos inmemoriales, lugares de encuentro con lo Absoluto. Allí algo transforma a quienes ascienden; algo los devuelve al mundo con una mirada nueva y, en ocasiones, con un mensaje que transmitir. No por casualidad el Maestro acudía tantas veces al monte.
Algo sucede en las alturas, de cierto les digo. Allí la cercanía con el espíritu parece mayor y la visión más amplia. La naturaleza, intacta y pura, me ayudaba a contemplar la vida con otros ojos. Me volvía profundamente humilde. Por eso, encontrarme con aquel Cristo gigantesco en la cumbre más alta de Europa accesible por teleférico, después de los encuentros de Berna, Lyon y Zermatt, fue para mí una señal inequívoca.
Un llamado, tres veces, entre abril y mayo, en tres enclaves distintos.
Berna.
Siempre te amaré.
Lyon.
Extiendo mis manos hacia ti. Mi alma es una tierra sedienta de ti.
Todo lo que pidas con fe en oración lo recibirás.
La luz no se enciende para esconderla bajo una mesa o una cama, sino para ponerla en alto y que ilumine.
Zermatt.
La clave está en tu corazón.
Un mensaje.
Te he llamado. El camino será empinado, vertiginoso y lleno de incertidumbre. Tendrás miedo. Pero yo estaré ahí. En la paz y en el amor que te entrego encontrarás reposo. Ya has visto que el miedo es, muchas veces, una ilusión. Donde yo estoy, tú estás; y donde tú estás, yo estoy. La clave está en tu corazón.
Ahora sí. Sonó el pistoletazo de salida. Comenzaba la gran maratón de vida que ya me insinuaban aquella carrera de veintidós kilómetros como un eco anticipado y el ave zancuda como señal del Cielo.
Yo solo sabía una cosa.
Quería subir la montaña.




Pero el Maestro siempre me había estado llamando en silencio. Desde aquella comunión con un sacerdote llamado Jesús. Desde que aquella cadena apareció cuando más la necesitaba. Desde aquella primavera en la que su presencia volvió a hacerse perceptible. En realidad, siempre estuvo ahí; era yo quien no sabía verlo.
Y como lo prometido es deuda, lo que ahora relato, para cerrar este capítulo, tiene que ver con esos “Guardianes de los Alpes”, esos que, según François, le habrían entregado las llaves de la nueva consciencia que ya está emergiendo. Les planteo mi hipótesis.
En aquel momento yo no había establecido ninguna conexión entre los elementos. Solo ahora, al mirar hacia atrás, me atrevo a formular una constatación. ¿Podrían estar esos “Guardianes” relacionados con los seres elevados y de mayor sabiduría que fundaron Shambala, los “hijos de la luz”?
Les invito a revisar las menciones del capítulo anterior (16 “Anish”). ¿Los recuerdan? Esos hijos de la luz, o sabios guardianes del conocimiento, son también conocidos como la Hermandad Blanca. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué tiene todo esto que ver con Jesús? No lo sé con certeza. Pero mi constatación es esta: allí donde me ha llamado el Maestro estaba la Hermandad Blanca, y donde me ha llamado la Hermandad Blanca estaba el Maestro. Quédense conmigo.
Esta experiencia en Zermatt conecta con otra vivencia posterior, en junio de 2025 —un salto hacia adelante desde la cronología del relato (mayo de 2023), pero hacia atrás desde el momento de escritura (mayo de 2026). Necesito explicarlo así, porque entonces yo no veía ninguna de estas conexiones. Ha sido con el paso de los años cuando las piezas han ido encajando. Solo al mirar atrás he podido reconocer un hilo conductor que, sin que yo lo supiera, estaba ahí.
Prosigo, pues, con este salto en el tiempo.
En junio de 2025 acudí con mi madre a un encuentro en un lugar especial del Pirineo español, Monte Perdido. Durante tres días participamos en un retiro de meditación y contacto con otras realidades, en un entorno de silencio, naturaleza y trabajo interior orientado a la expansión de la percepción. Según las informaciones del facilitador, RGC, Monte Perdido sería un viejo santuario de la susodicha Hermandad Blanca.
Nos asignaron el bungalow 2B —la “B” es la segunda letra del alfabeto, de modo que también puede leerse como 22, un guiño más dentro de la secuencia—. Compartíamos espacio con dos chicas muy agradables, M. y A. Según explicó RGC, Monte Perdido era considerado por los seres que le guían como un portal energético de la Tierra, un lugar donde las membranas de la realidad serían más permeables y favorecerían la expansión de la consciencia.
Durante una de las comidas con mamá, en la terraza, ocurrió algo que aún recuerdo con nitidez. Un camarero salió a la terraza, donde estábamos sentadas, y gritó:
—¡Jesús, cordero, a la mesa tres!
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Mamá, ¿has oído eso?
Una vez más, Jesús se hizo sentir. Jesús, cordero y el 3. Más explícito imposible.
Nuestra compañera de bungalow A. se sumó al viaje de vuelta hacia Madrid con nosotras. Hablamos de todo. Y no se lo creerán, pero cuando le comenté que yo vivía en la región alpina, me dijo que ella debía ir pronto hacia allí porque había recibido una invitación de la Hermandad Blanca de Matterhorn/Cervino, donde le habían encomendado una tarea.
En ese momento, todo hizo clic:
Jesús me llama tres veces. Primero en Berna. Después en Lyon. En Lyon, un libro me encuentra: Los guardianes de la Tierra hablan: las llaves para la nueva consciencia, una obra canalizada por su autor en los Alpes, cuyo mensaje le habría sido transmitido por unos supuestos “guardianes”. Sin saber muy bien por qué, aquel libro se convierte en mi lectura durante el viaje a Zermatt, en la región del Cervino (tercer encuentro). Un acompañante silencioso. En ese mismo viaje, Jesús vuelve a hacerse presente. Y años más tarde, mi amiga A. me comparte que la Hermandad Blanca también estaría vinculada a esa misma región alpina, o que incluso le habrían encomendado allí una tarea.
Ahora, al mirar atrás e intentar conectar los acontecimientos, surge inevitablemente la pregunta:
¿Y si esos Guardianes del libro me guiaron hacia la región del Cervino porque allí debía producirse un encuentro? ¿Y si esos Guardianes eran la mismísima Hermandad Blanca?
Al mismo tiempo, allí donde he percibido la presencia de Jesús, estaba la Hermandad Blanca; y donde estaba la Hermandad Blanca, aparece Jesús. No sé hasta qué punto existe un vínculo entre ambos.
Sea como sea, en el Cervino y en Monte Perdido ambos espíritus conviven y guían en silencio. La experiencia vivida en Monte Perdido queda para otra ocasión. Cronológicamente, aún falta mucho para llegar hasta ella...


Mientras recorría las fotografías de mi teléfono para seleccionar las imágenes originales de los momentos verídicos que narro en este capítulo —gracias a ese registro casi obsesivo de cada instante de los últimos años, impulsado, estoy segura, por algo que no provenía únicamente de mí, sino del recuerdo de un propósito—, me encontré con una sorpresa: 2222. Un guiño del Cielo. Una señal de alineación, acompañamiento y apoyo.


Sea como fuere, ya entonces me estaban diciendo que dejara a la vida hacer y que no me preocupara por el tiempo… qué sabio consejo. No registré aquel mensaje, y seguramente tampoco lo comprendí del todo. O quizá estaba destinado a encontrarme solo ahora. Y agradezco; siempre agradezco. Son estos pequeños detalles de mi día a día los que me conectan con esas presencias, de esta y de mil formas más. Así de increíbles son. Hoy, con otros ojos, ya no tengo dudas.
“Hay que saber esperar, dejar a la vida hacer lo suyo”.
Quiero cerrar este capítulo con un poema de Pedro Salinas que, también por obra del (no) azar, llegó a mí mientras preparaba el material para estas páginas. ¿Qué nos diría el Maestro?


Recordar que somos alma y espíritu, que habitamos un templo sagrado y que jamás estuvimos separados del gran Todo. Tal vez las generaciones que despiertan conciencia estén siendo llamadas justamente a devolver ese recuerdo perdido.
“Os confío mi fracaso”. Su aparente derrota, su cruz, se convierte en victoria. No solo a través de la resurrección —no únicamente ante testigos para que al fin crean, sino también en el espíritu, como ley universal—, sino mediante un acto de amor incondicional que abre un nuevo camino. Al sustituir la ley del talión por la del amor y el perdón, estaba redirigiendo el rumbo del mundo. Puede leerse como la voz de quien acepta no haber concluido la obra, pero confía en que otros la continuarán y la llevarán a término. Y eso recuerda inevitablemente a la entrega de Jesús a sus seguidores.
“Dar el beso que no pudimos dar” habla de ese amor pendiente, de la reconciliación y la compasión que quedaron inconclusas. En el mensaje del Maestro, el amor al prójimo aparece siempre como una tarea abierta, nunca totalmente cumplida. Y si miramos el mundo de hoy, ¿no sigue siendo esa nuestra tarea pendiente? Yo creo que sí.
La dimensión última del poema no reside en el fracaso, sino en la esperanza depositada en quienes vienen después. Esa confianza en el otro. Esa fe en que el “Reino de Dios” —nombre con el que Él trató de expresar, en su tiempo, la dimensión primordial de la existencia— continúa creciendo a través de nuevas personas.
Tal vez ese sea, en esencia, el mensaje para las futuras generaciones, para quienes vayamos despertando conciencia: el Maestro y nuestros antepasados nos recuerdan que ellos no terminaron la obra y que ahora nos corresponde a nosotros continuarla.
Si somos tierra fértil, ¿por qué no sembramos? Sembremos.
Pero sembrar es difícil, porque lo primero que exige es mirar hacia dentro y arrancar la mala hierba. Solo entonces el terreno se vuelve verdaderamente fértil. Y eso es, precisamente, lo que más cuesta: mirar adentro. En el siguiente capítulo hablaremos de ello.
Del mismo modo que no se enciende una luz para esconderla debajo del almud o bajo la cama, sino para colocarla en el candelero y que pueda alumbrar, la tierra fértil no debe desperdiciarse: debe ser sembrada. No podemos conformarnos con comprender cómo funciona el mundo, reconocer aquello que podría mejorarlo y esperar siempre a que sea el otro quien dé el primer paso. Esa actitud solo perpetúa la situación. Y es tiempo de cambio. Hemos de actuar cada día, en cada instante, de manera consciente, en favor de aquello que sabemos que puede transformar el mundo.
Y, a colación de todo lo anterior, me atrevo a añadir el comunicado(5) dado en Tepoztlán (otro lugar de poder considerado portal dimensional de la Tierra) a mi querido RGC, en marzo de 2026, por Ivika, guía fraterna y mensajera de servicio, cuya procedencia trasciende los límites habituales de nuestra experiencia terrestre:


¿Cuál es el mensaje actual? Sigan adelante y no permitan que las pruebas y mutaciones del mundo los inmovilicen. No pueden quedarse detenidos, y menos en los lugares donde más se los necesita. Una postura inmóvil no es sinónimo de consciencia en servicio.
Ivika.
Que el mensaje llegue a todos.


Notas:
(1) Schuré, Édouard. Les grands initiés : esquisse de l’histoire secrète des religions. París: Librairie Académique Perrin, 1960, pp. 10-11.
(2) Claude Bernard (1813-1878) fue un médico, biólogo teórico y fisiólogo francés, considerado uno de los fundadores de la medicina experimental moderna.
(3) Schuré, Édouard. Les grands initiés : esquisse de l’histoire secrète des religions. París: Librairie Académique Perrin, 1960, p. 13.
(4) https://www.remontees-mecaniques.net/bdd/reportage-3s-matterhorn-glacier-ride-leitner-6805.html.
Tal vez ya lo he mencionado, pero lo recalco: el 22 se convertiría en un código puente entre el Maestro y yo; lo irán comprobando. Y esta vez tampoco falló, pues apareció precisamente mientras escribía el capítulo dedicado a mis encuentros con Él. Qué locura todo esto, les digo. No recuerdo en absoluto esta nota, borrada por completo de mi memoria; no recuerdo ni siquiera al o a la remitente ni reconozco la caligrafía. Y quizá por eso resulta aún más mágico que haya aparecido justo ahora, durante la redacción de estas páginas y no de otras. Además, está fechada el 22 de mayo, apenas unos días antes de mi viaje a la región del Cervino.
“A vosotros, los que vengáis” nos recuerda que Jesús confía una misión a quienes vendrán después. Sus discípulos continuaron aquello que Él comenzó, pero la tarea no concluyó con ellos. Todavía hoy nos corresponde seguir adelante: anunciar, amar, reconciliar y transformar el mundo. La mujer debería unirse a esa voz. Y el mensaje debería reinterpretarse a la luz de los nuevos tiempos.
“Escribir la letra que se nos olvidó”. Tal vez sea precisamente recordar quiénes somos realmente.
