18. Mientras tanto, la vida sigue
8/12/202628 min read


Dos mil veintitrés. Continuaba la transformación, poco a poco, silenciosa. Maestría invisible guiando los pasos, alma sigilosa marcando la senda sin que Diana entendiera todavía. Comenzaba la ascensión.
¿Se acuerdan de los aprendizajes que vendrían? Como expuse en el capítulo 13, serían tres formas de aprendizaje.
El primero era el aprendizaje de iniciativa propia. Yo seguía buscando respuestas, investigando qué era aquello que estaba viviendo. Necesitaba comprender a través del conocimiento, explorando incansablemente libros y enseñanzas sobre ciencia, espiritualidad, religiones, esoterismo y los grandes misterios de la existencia.
A ello se sumaba el aprendizaje guiado, constante e in crescendo. Seguía —y seguiría— recibiendo información, viviendo experiencias y encuentros significativos que llegaban a través de los guías invisibles (ya iba conociendo a algunos: mis ancestros, los ángeles y, ahora, también el Maestro), de sincronicidades, de mentores (Dolores Cannon, Matías Gustavo de Stefano, Anish) y de acontecimientos que jamás podrían haberse cruzado en mi camino por azar.
Y luego estaba el aprendizaje interior, ese que dije que dejaría para más adelante. Pues bien, precisamente a él dedicaré este capítulo.
¿Lo recuerdan? Quizá por eso el mensajito permaneció oculto a mi comprensión hasta ese momento exacto. Seguramente lo leí en su día, pero sus palabras no habían encontrado todavía en mí la profundidad necesaria para ser verdaderamente recibidas.
Con el tiempo comprendí que encerraba una verdad inmensa. El tiempo es el gran juez, y la verdad, tarde o temprano, siempre encuentra la manera de revelarse.
En realidad, lo que aquellas aparentes injusticias venían a enseñarme era algo mucho más profundo: que yo siempre tenía el poder de decidir cómo me afectaban los acontecimientos y las situaciones. Por un lado, estaba la necesidad de demostrar mi versión de los hechos; de explicar la falta de honestidad que yo percibía en la situación determinada, con silencios, omisiones y conversaciones que terminaban generando confusión, dudas y alimentaban una narrativa alejada de la experiencia que yo estaba viviendo. Aunque aquí lo relate de forma serena, hubo momentos de gran tensión en el trabajo que me llevé a casa durante un tiempo y terminaron pasándome factura.


Muy poquito a poco, todo aquello que parecía venir de fuera iba revelándome —hoy lo sé con absoluta certeza— que aquel despliegue de magia pretendía mostrarme, precisamente, lo que no puede verse con los ojos, aquello que se siente, que remueve, que transforma, que se integra, que transmuta, que muere y vuelve a nacer. Todos aquellos fuegos artificiales no eran más que el reflejo de un movimiento mucho más profundo. Venían a sacudir todo mi mundo interior. Allí residía el gran aprendizaje, ese al que, hasta mis veintinueve años, no había prestado la debida atención. Al menos, no de forma consciente.
Pero todo tiene su tiempo.
Necesitaba aprender a integrar todo lo que iba viviendo. Cada descubrimiento no hacía más que multiplicar las preguntas. Cuanto más investigaba, más puertas se abrían. El conocimiento era infinito e inabarcable.
Y, en medio de toda aquella magia, mi vida terrenal, profundamente humana, con su horario de oficina y sus jornadas de nueve horas, seguía su curso, y yo tenía que hacerle frente.
En realidad, condensaré aquí algunas de las grandes lecciones que la vida misma fue poniendo en mi camino para impulsarme hacia el siguiente salto de consciencia. Y no fue un salto cualquiera. Fue duro, muy duro. Tan intenso que parecía como si me hubieran concentrado todas las asignaturas en un único curso acelerado y me hubiera visto obligada a cursar un doctorado espiritual y de consciencia en un tiempo récord.
Yo no entendía qué estaba pasando. La víctima saldría corriendo en más de una ocasión, buscando que alguien se apiadara de ella. Pero aún no comprendía que no era una víctima, sino una creadora. Y mientras esa verdad permaneciera oculta, la lección seguiría manifestándose una y otra vez, hasta que lograra verla con claridad. Solo entonces, casi como por arte de magia, aquello que había venido a enseñarme dejaría de repetirse. Empezaba a comprender una de las leyes más profundas de la existencia: la vida es una escuela, y las lecciones regresan una y otra vez hasta que el alma las integra.
En los meses que siguieron al inicio de mi despertar, desde la partida de tía Meme, algo comenzó a suceder. Varias situaciones parecían haberse dispuesto sobre el escenario como si respondieran a un designio invisible. Hoy lo veo así. Entonces, en cambio, por momentos me lamentaba entristecida y pedía a mis guías que me ayudaran a comprender aquello que escapaba por completo a mi entendimiento. A cada paso su presencia llegaba a mí como una fortaleza que nutría mi espíritu para seguir buscando y seguir confiando. Empezaba a percibir el velo que hasta entonces había cubierto mi mirada y a intuir el camino oculto tras él. Pero aquel camino pertenecía al misterio. No estaba destinado a revelarse de una sola vez, sino a desplegarse conforme mi alma estuviera preparada para transitarlo. Por eso confiaba en mis guías, de naturaleza diversa, pero siempre presentes. Incluso en el silencio.
El año 2023 estuvo marcado por grandes desafíos, especialmente en el ámbito laboral y en mi círculo cercano.
Por un lado, una serie de experiencias en el trabajo puso a prueba, de forma implacable, mi ego, mi necesidad de validación externa y mi deseo de transparencia, de que “mis” verdades salieran a la luz y que ciertas dinámicas se recondujeran. Viví situaciones tóxicas —la vaguedad es deliberada, pues no pretendo entrar en detalles íntimos ni remover el pasado. No es mi intención señalar hoy a nadie, sino compartir lo que fui comprendiendo a través de esas experiencias.
Atravesé malentendidos y enfrenté circunstancias en las que mi buena fe era cuestionada (o eso percibía yo) por el actuar desleal de otras personas (o así lo vivía yo). “No creo que sea mala fe”, me decían algunos; no así otros. Yo reaccionaba, como tantas veces había hecho, movida por ese profundo sentido de la justicia, tal vez legado de mi sol en Acuario. Me defendía. Luchaba incansablemente por hacer oír mi verdad y por que aquello que consideraba justo prevaleciera. En realidad era una clase magistral y todas las partes estábamos aprendiendo.
Por ese entonces yo ignoraba la profunda enseñanza que se escondía tras el mensaje que los guías me habían transmitido el 22 de mayo de 2023 a través de aquel papelito que, curiosamente, permaneció en silencio hasta este 2026 (año de escritura): “No te apresures. Las cosas llevan su tiempo, no todo es ahora o nunca. Hay que saber esperar, dejar a la vida hacer lo suyo”.
Aquel año fue una lección tras otra. Yo todavía no confiaba en el ritmo perfecto de la vida ni permitía que el tiempo desplegara su sabiduría. Seguía haciendo lo que había aprendido durante toda mi existencia, lo que tantos de nosotros aprendemos desde pequeños. En lugar de fluir con el río, intentaba luchar contra su corriente, sin comprender que el agua nunca combate las rocas, las rodea, las acaricia con paciencia y continúa su camino, sabiendo que, al final, todas las aguas desembocan en el mismo mar, donde todo encuentra sentido, se libera y se expande.
Yo quería ganar la batalla, cuando la vida solo intentaba enseñarme que nunca había dejado de sostenerme con una red invisible.
Y hoy también comprendo por qué la primera gran lección sobre el ego llegó precisamente a través del trabajo. Los actores de aquel escenario no eran mi familia ni mis amigos más cercanos. Era una primera capa, un terreno de entrenamiento donde mi alma comenzaba a forjar la fortaleza que necesitaría para las pruebas que todavía estaban por venir.


Y luego, paralelamente a todo ese aleccionamiento terrenal de primer nivel, yo seguía sintiendo la necesidad imperiosa de validar y hacer comprender mi nueva verdad espiritual, esa realidad que comenzaba a descubrir y que transformaba por completo mi manera de mirar la existencia: que percibo señales, que algunos mensajes llegan a través de los sueños, que la muerte es una transición y no un final, que mis ancestros me acompañan, que los ángeles se manifiestan, que el Maestro vive en mí y me invita a encarnar su enseñanza, que el Universo se comunica de maneras sutiles, que Dios existe, pero no como enseñan los cultos…
Cuanto más compartía, más evidente se hacía que mis interlocutores no escuchaban la música al son de la cual yo bailaba. En su lugar, aparecían miradas inquietas ante aquello que, desde fuera, podía sonar como una aparente locura.
“Como tu gente no te comprende —por ahora—, te enviaré a extraños”, dijo el Universo.
Me resulta curioso poder narrarles esto con tanta aparente facilidad; me sorprendo a mí misma comprendiendo esto ahora. Realmente, estos últimos años he recorrido camino, y sigo. El horizonte está a lo lejos.
Mis guías intentaban mostrarme que ganar una discusión nunca tendría tanto valor como preservar mi paz interior. Que priorizar la serenidad y el bienestar emocional me evitaría un enorme desgaste, el estancamiento y conflictos capaces de erosionar los vínculos más valiosos.
¡Ay, alma mía, a la que tantas veces doy por descontada! Siempre estás ahí y, sin embargo, cuántas veces dejo de mirarte. Estoy aprendiendo a reconocerte, porque eres lo más esencial de mi Ser. Diana es una joven aprendiz que habita el breve intervalo mensurable de una vida, encerrada en los límites de un siglo; pero tú, alma mía… ¡tú! Tú atraviesas el tiempo, custodias la memoria de lo eterno y me revelas, con infinita paciencia, aquello que mi conciencia aún no alcanza a comprender. Gracias, alma mía, por ofrecerme tu guía perenne y por conducir mis pasos con la silenciosa sabiduría de lo sagrado.
En el sueño me embargaba una profunda paz. No había conflicto alguno, sino una nítida sensación de culminación y de cierre. Volvía a encontrarme con aquella persona de mi historia, no para juzgarla ni para reabrir viejas heridas, sino para mostrarme que la energía emocional vinculada a ella se había transformado. En el sueño ya no aparecía como antagonista, sino como portadora de un significado más amplio, simbólico: el de una maestra involuntaria que, sin saberlo, había contribuido a mi propio proceso de crecimiento. A veces el alma no nos devuelve el pasado para que permanezcamos en él, sino para que podamos contemplarlo desde una conciencia nueva y, al hacerlo, descubrir que aquello que un día fue herida se ha convertido, silenciosamente, en luz.
También me parecía significativo que, en aquel sueño, no estuviera reconciliándome con ella, sino aprendiendo. El centro de la experiencia no residía en nuestra relación, sino en aquello que había logrado comprender gracias a ella.
Puedo concluir, pues, que no fue la toxicidad la que me enseñó, sino el trabajo interior que emprendí a partir de aquella vivencia. No fue la herida la que me transformó, sino la manera en que decidí atravesarla. Aquello que un día me hirió ya no tiene poder sobre mí; hoy forma parte de mi aprendizaje. La experiencia concluyó, pero la sabiduría que germinó de ella permanece.
Y así, poco a poco, voy comprendiendo que las lecciones más arduas y elevadas del alma, aquellas que nos aproximan a la anhelada iluminación, requieren maestros capaces de revelarnos aquello que todavía ignoramos de nosotros mismos. No siempre llegan revestidos de bondad; a veces aparecen bajo el ropaje del conflicto, de la pérdida, de la decepción o incluso del dolor. Sin embargo, cada uno de ellos encierra una enseñanza cuya finalidad última no es herirnos, sino despertarnos.
¿Cómo puedo aprender la compasión sin una circunstancia que me invite a ejercerla? ¿Cómo he de aprender a soltar el control, a trascender el ego y a comprender que el tiempo es el más ecuánime de los jueces, y que la verdad termina por revelarse por sí misma, si la vida no me concede la oportunidad de contemplarlo con mis propios ojos? Solo después de haberlo vivido pude comprender que, en adelante, mi manera de actuar sería distinta.
Todo era aprendizaje. Un aprendizaje interior, silencioso y profundamente transformador.
Al fin y al cabo, el tiempo siempre tiene la última palabra. El tiempo diría, y el tiempo dijo.
Quizá esa sea una de las leyes más discretas y, al mismo tiempo, más inexorables de la existencia. El alma puede impacientarse, el ego puede reclamar justicia inmediata, pero el tiempo, aliado silencioso de la verdad, termina desvelando lo que ninguna apariencia consigue ocultar para siempre.
Y esta escuela de la vida que ahora narro ya la venía cursando durante los veintinueve años anteriores. Las lecciones siempre estuvieron ahí, pero me arrollaban. Despertar del sueño de la vida me estaba permitiendo hacerlas conscientes, observarlas, integrarlas y, en paz, cerrarlas. Estaba saliendo del piloto automático, de la inercia convertida en costumbre. A partir de los veintinueve, el Universo comenzó a arrojarme todas las lecciones de golpe, sin tregua. “¿Por qué todo se junta? ¿Por qué ahora? ¿Por qué estas señales, estos sueños, estos guías, estas personas y estas situaciones?”. Entonces no lo sabía. Hoy comprendo un poco más. Porque el tiempo se agota. Se agota el tiempo para que la humanidad despierte. El cambio llegará, quiera o no quiera el ser humano. La línea temporal alternativa 42. De modo que, o aprendemos, o ese cambio nos arrollará.
En 2023 viví una árida soledad. Fue precisamente entonces cuando más presentes sentí a los guías invisibles. Acudían a mi encuentro. Me susurraban. Me orientaban a través de los oráculos y de las sincronicidades y, sobre todo, me recordaban que nunca estaba sola.
Recuerdo en particular uno de esos días difíciles. Me senté al piano y, al terminar de tocar, miré la hora: eran y cincuenta y dos. ¿Recuerdan quién es 52? Hagan memoria (capítulo 8). Sentí un estremecimiento que me erizó la piel. Casi sin darme cuenta, giré la cabeza hacia el reloj de la cocina y allí volvió a aparecer, luminoso, aquel 52. Entonces un pensamiento atravesó mi interior con absoluta claridad: “Estoy contigo. Busca tu oráculo”.
Lo comprendí al instante. ¡Era mi abuelito Rafael!
Corrí hacia el oráculo, tal como me había susurrado, le di la vuelta al mazo y observé la carta: “Nunca estás solo”, rezaba. Caí de rodillas, profundamente conmovida, porque sentía su presencia inconfundible. Yo no le había pedido ninguna señal, pero, al verme triste, él había decidido acompañarme. Agradecí y agradecí, a mi abuelito lindo.
Recuerdo que, en una ocasión, quien intervino para mediar en un conflicto que tuve con cierta persona llegó a decirme que aquello no era una cuestión de egos. Yo me lo tomé muy mal. Me pareció una afirmación profundamente injusta porque, desde mi perspectiva, no creía estar actuando desde el ego. No alcanzaba a verlo.
Y, sin embargo, precisamente ahí estaba la lección.
¿Qué era realmente el ego?
¿Qué era aquello que la vida, o incluso mi propia alma, me estaba pidiendo soltar?
Cada vez que una situación desafiaba mi percepción de mi buen actuar, de mi buena conciencia y de mi buena fe —por la injusticia o la desfachatez que yo percibía en ella—, reaccionaba intentando corregirla, repararla y hacer justicia. Sin embargo, algo tan revelador como desconcertante sucedía entonces, y me llenaba de rabia aunque me costara reconocerlo. Cuando regresaba a casa, sacaba mis oráculos de los guías y extraía una carta. Durante un tiempo, una única carta aparecía una y otra vez, con insistencia. El mensaje era muy claro: “Deje de aferrarse a su ego”. Y yo no entendía. Recuerdo mirar al cielo arrodillada frente a mi altar de meditación y preguntar: “¿Qué me queréis decir? No lo entiendo”.
Y sí. Debía desaferrarme de mi ego. Debía aprender a soltar la necesidad de convencer. Comprender que la persona en cuestión actuaba desde su propio nivel de conciencia, desde sus propias heridas y limitaciones; que no tenía poder sobre mi equilibrio emocional si yo no se lo entregaba, y que aquello que proyectaba sobre mí venía, en realidad, a iluminar partes de mí que todavía no estaba viendo.




Yo no alcanzaba a ver entonces que aquellas experiencias, disfrazadas de traición, también podían ser una invitación a mirar más adentro.
Si había malentendidos, debía aceptar que la mirada de los demás pudiera equivocarse sobre mí durante un tiempo. Algún día comprenderían por sí mismos (o no…) cómo habían ocurrido las cosas, quién había actuado desde qué lugar y qué había detrás de cada quien. ¿Cuántas veces habré juzgado yo mal a alguien? Es preferible observar, querido lector. Observe sin juzgar.
Debía dejar de buscar tener razón, dejar de perseguir la validación externa y encontrar la seguridad en un lugar mucho más profundo; en la certeza de que yo actuaba desde la buena voluntad y la integridad; de que ponía lo mejor de mí al servicio del equipo, guiada por mis valores. Que mi propia coherencia debía bastarme. La paz de estar en armonía conmigo misma y con la tranquilidad de una conciencia limpia al cerrar los ojos cada noche.
Debía aprender a confiar en el tiempo, ese sabio juez que acaba colocando cada cosa en su lugar. Debía encontrar mi paz y aprender a caminar sobre el agua, a no dejarme arrastrar por la marea ni hundirme con cada ola que llegara, sino a mantenerme en equilibrio incluso cuando las aguas se agitaran. Y, si caía, simplemente levantarme sin vergüenza.
¡Ay, vergüenza! Como la culpa, construcción humana que pesa sobre nuestros hombros. ¡Ya ni equivocarse es permitido! Todo es convertido en vergüenza y culpa. ¡Ay, humildad! ¿Dónde has quedado? ¡Vuelve, vuelve, que te necesito! Y mi ego, tú solo ayúdame, ¿oíste? Que en verdad eres consejero, mas no tomes el mando, que no me dejas ver.
Debía aprender a no llevarme las cosas a casa, a desconectar, a soltar la necesidad de repasar una y otra vez cada situación en mi mente y, sobre todo, a observar desde qué lugar nacían aquellas circunstancias que tanto me afectaban.
Y aprendiste, Di. Sigues aprendiendo. El horizonte está a lo lejos.
Curiosamente, dos años después de esos episodios tuve un sueño relacionado con ellos. Mi terapeuta de ese entonces, de orientación junguiana y conocedora del lenguaje simbólibo, me ayudó a desentrañarlo. La persona que había activado en mi mundo interno profundos desafíos aparecía dos años más tarde en mi sueño enseñándome a tocar una canción al piano, precisamente el instrumento que yo toco. Ella, en cambio, en la vida real, toca un instrumento de cuerda. Sin embargo, en el sueño estábamos ambas en una sala con un piano, y era ella quien me enseñaba a interpretar una melodía con mi propio instrumento. El mío.
Mi psicóloga me explicó que aquella persona, revestida otrora de toxicidad a mis ojos, podía representar en realidad una maestra simbólica: alguien a través de quien la vida me había enseñado el dominio de mis emociones. El piano, en una interpretación muy resumida de lo que recuerdo de aquella conversación, podía representar mi mundo emocional.
Sus teclas blancas y negras, mis luces y mis sombras; el piano como símbolo de mi capacidad para crear armonía interior, comprender mis emociones e integrar las distintas partes de mí misma. Yo no habría llegado a esa conclusión por mí misma. Sin embargo, mi subconsciente parecía haber alcanzado ya esa comprensión y la había hecho aflorar.
Desde esa perspectiva, el sueño me sugería que, aunque la relación había sido tumultuosa, de ella había surgido un gran aprendizaje. No precisamente porque esa persona hubiera sido una maestra consciente, sino porque aquella experiencia me había obligado a cultivar capacidades que quizá no habría desarrollado de otro modo: establecer límites, profundizar en mi autoconocimiento, desarrollar discernimiento emocional, fortalecerme y abrir espacio a la compasión hacia mí misma y hacia la otra persona. Y, sobre todo, me había enseñado paciencia, confianza y el arte de cultivar mi paz interior.
Además, le explicaba a mi terapeuta que, en el sueño, me sentía llena de confianza, gratitud y serenidad; aprendía con facilidad y todo fluía de un modo natural. La conclusión a la que llegábamos era que el sueño venía a reconocer un aprendizaje que ya se había integrado y a mostrarme que el dolor, finalmente, se había transmutado en sabiduría.


Lo que me pareció especialmente curioso fue que el sueño llegó dos años después de aquellos episodios. Quizá era el tiempo verdadero de la sanación y del aprendizaje; quizá, una vez integrada la lección, el alma hizo emerger ese sueño para anunciármelo. Tal vez mi subconsciente deseaba mostrarme que aquella etapa había quedado definitivamente concluida. Quien en otro tiempo fue mi adversaria aparecía ahora serena, colaborativa, desprovista de toda confrontación, como si quisiera decirme: “Esto ya no necesita seguir librándose dentro de ti”.
Y qué hermoso es contemplar la manera en que el alma nos guía.
Y, como un pequeño regalo de la magia, les cuento que hoy, 21 de junio de 2026, mientras escribo estas líneas, he ido a buscar mi oráculo de los guías para fotografiar la carta e incluirla en este capítulo, y les dejo adivinar cuál ha aparecido justo debajo del mazo, esperándome como un amoroso guiño. Apuesto a que lo han adivinado. Sí, esa misma carta.
Qué instante tan sobrecogedor. La carta ya estaba allí, aguardando en silencio el momento de ser descubierta, esperándome para este preciso instante. Quién sabe desde cuándo. ¿Siguen pensando que es una simple casualidad? Yo sé que no. Es el abuelito haciéndose sentir una vez más, recordándome, con la delicadeza de quien ama más allá del tiempo, que nunca deja de acompañarme.
Mientras la magia sucedía, la vida seguía. Jornadas robóticas de ocho horas y una productividad que cada vez me parecía más carente de sentido. Aquella magia, sin embargo, apenas la compartía con nadie. Ya saben, no me repetiré. Pero el Universo me vio y puso en mi camino a completos desconocidos que se revelarían como auténticos ángeles guardianes, igual que con F.


Si puedo permitirme un pequeño salto al futuro, hacia 2024, llegó un momento en que la necesidad de compartir aquello que alimentaba mi alma —sentimientos, frases e ideas que encontraba inspiradoras y sanadoras— se volvió irrefrenable. Pensé que, si a mí me costaba tanto atreverme a compartirlas —por el qué dirán, por mostrarme tal cual era—, seguramente a otras personas también les ocurriría; y que, si yo encontraba consuelo en todo aquello, quizá quienes me leyeran también podrían encontrarlo. No me equivoqué.
Personas me escribían discretamente para darme las gracias, para contarme que habían encontrado consuelo en mis palabras o que se habían identificado con ellas, sintiéndose menos solas. Otras, en cambio, trataban de convencerme de que abandonara lo que consideraban una fantasía.


Primero llegó Ce., a quien conocí a través del trabajo y que hoy es una de mis grandes amigas y confidentes. Dos loquillas. Con ella empecé a meditar, a profundizar en el mundo de la energía y a asistir a retiros y talleres de conexión. Ella conoce toda mi historia; la vivió conmigo desde el principio. Jamás me juzgó, simplemente me acompañó. Mi querida Ce., a quien tanto quiero. Después, el 28 de septiembre de 2023, Ce. me puso en contacto con un amigo suyo argentino, terapeuta holístico, porque intuía que podría ayudarme. Y así fue como llegó Ar. a mi vida. Gracias a él empecé a comprender con mayor profundidad lo que estaba viviendo. Como canal, capaz de conectar con los guías y con los planos sutiles —e incluso de percibirlos—, fue una de las primeras personas en decirme que aquello que estaba experimentando podía ser una incipiente forma de mediumnidad, canalización y despertar de conciencia. Después de Anish, también con él he realizado varios trabajos energéticos. Tal vez tenga ocasión de compartir sobre ello más adelante, o tal vez no. El Diario mandará.
Mi expareja intentaba comprenderlo, aunque le resultaba difícil. Mis oráculos y las experiencias que le compartía no resonaban con su manera de entender la realidad, y esa distancia hacía que me sintiera cada vez más sola dentro de mi propio hogar. Con algunos amigos empecé a abrirme tímidamente. Escuchaban con respeto, pero sin mostrar un interés especial, así que tampoco insistía. Lo que para mí constituía una experiencia profundamente transformadora, para otros parecía poco más que un cuento o una fantasía. Pero yo conocía la verdad de lo que estaba viviendo, aunque los demás no pudieran verla.


Así, yo comenzaba a compartir tímidamente en redes sobre temas espirituales, la astrología, el misterio, el Universo y tantas otras cuestiones que me fascinaban. Con frecuencia tenía la sensación de que algunas personas me percibían como alguien que había perdido la razón, pero yo me sentía como Van Gogh a las puertas de la eternidad(1):
—Hay algo dentro de mí, no sé que es. Nadie ve lo que yo veo y a veces eso me asusta. Creo que pierdo la cabeza. Pero después recuerdo que le muestro lo que veo a mis hermanos que no pueden verlo. Es un privilegio, puedo darles esperanza y consuelo.
—Pero confundes a la gente con tus pinturas.
—Yo soy mis pinturas.
—¿A qué te refieres con consuelo y esperanza?
—Me gustaría mostrarle mi visión a la gente.
—Sí, ¿pero por qué?
—Porque mi visión es más cercana a la realidad del mundo. Puedo hacer que la gente sienta lo que es estar vivo.
Algunas personas, pocas en realidad, tomaron verdaderamente mi sensibilidad por aquello que eran incapaces de ver o sentir como una locura, una tontuna, una estupidez. De repente, mi fe no les encajaba con la imagen que tenían de mí y era más fácil señalarme que aceptar en quién me estaba convirtiendo.
En cuántas ocasiones me susurraron mis guías: “Tu luz es más fuerte que todas las sombras que tengas que enfrentar. Deja que se equivoquen sobre ti”. ¿Qué habría sido de mí sin esos susurros?


Huella dolorosa que, poco a poco, fue nutriéndome de un amor propio delicado y respetuoso, y enseñándome a no forzar aquello que no quiere encajar.
“No tiene fundamento científico”, me solía decir una misma persona, remitiéndome una y otra vez a publicaciones científicas, tratando de redirigirme hacia lo que consideraba “la senda correcta”. Y yo, al principio, respondía.
Me pides que busque en la ciencia respuestas para algo que todavía no ha descubierto, por eso comparto, porque es nuevo, es tabú. Yo, como tú, no solo soy consciente del valor de la ciencia y profundamente amante de ella, sino que, al mismo tiempo, estoy abierta a aquello que aún está por descubrir. Estoy viviendo el misterio.
Señalas y nunca me preguntas. ¿Qué me mueve? ¿Qué sé yo? Quizá algo nuevo. Diferente. Otro punto de vista. Mi propia vivencia.
Comprender a alguien requiere curiosidad. Cuando la curiosidad desaparece y dejamos de preguntar quién es el otro, empezamos a contar la historia de quién creemos que es.
¿Y quién era yo?
La manzana ya caía mucho antes de que Newton describiera la gravedad.
La ciencia rígida puede caer en el mismo dogmatismo y estrechez de mirada que la creencia ciega.
Por eso debemos buscar el justo centro. Abrir los ojos, abrir la mente y estar dispuestos a cruzar la puerta de lo desconocido. Lo que ocurre a pequeña escala se refleja a gran escala en los problemas del mundo. La falta de escucha, de aceptación y de respeto hacia la diferencia. Necesitamos liberarnos de los dogmatismos y de la necesidad de controlar o imponer nuestra verdad. Reconocer que lo único que sabemos es que no sabemos nada.
Acercarnos al otro, a nuestros hermanos, independientemente de sus creencias, de su fe, de cómo se identifiquen o de a quién amen. Esas barreras son construcciones humanas. Lo que nos define son nuestros actos, no nuestras creencias. Estas cambian, se transforman con el tiempo. Pero nuestras acciones dejan huella y tienen un impacto en los demás. Por sus frutos los conocerán.
Somos una sola humanidad, diversa, y debemos aprender a unirnos.


Quizá por eso este intenso aprendizaje también me ayudaba a comprender conductas mías del pasado y a entender por qué algunas personas se habían alejado de mí después de episodios iracundos, de descontrol emocional y de no haber sabido manejar mis heridas profundas.
Un solo aforismo lo resume: γνῶθι σεαυτόν (conócete a ti mismo).
Ahora que yo he estado del otro lado y lo he vivido, les comprendo a ellos. En su día me lamentaba: “¿Por qué se alejan de mí?”. Hoy entiendo que, en parte, yo también los alejé.
Igual que hoy me protejo y elijo mi paz, ellos también lo hacían entonces. Hubo que estar en los dos lugares para comprender.
Pero, pese a los retos y a las lágrimas inevitables, nunca perdí la sonrisa ni la risa, porque si analizo cada segundo de mi vida, solo encuentro un gracias.
Siempre, gracias.


Fíjense qué curioso. En medio de la tormenta que lentamente se abría paso, algo extraordinario sucedió aquel año.
Los niños.
Ellos fueron los grandes protagonistas de 2023. Sí, los niños.


Hacia mediados de aquel año, una tarde cualquiera, extraje una carta del tarot de los ángeles de la guarda que me había regalado una colega y amiga en la ciudad internacional del lago Lemán.
“Preste atención a los niños que le rodean y reencuentre al niño que lleva dentro”.
Nunca olvidaré el estremecimiento que me recorrió al leer esas palabras. Me confundió. Me atravesaron de un modo que aún hoy no sabría explicar. No entendía qué tenían que ver los niños con todo lo que estaba viviendo. Y, sin embargo, en lo más hondo de mí sabía que aquel oráculo no se equivocaba.
¡Ay, y cuánto tenía que ver! ¡Todo! ¡Todo! Ya me lo estaban anunciando…
Y, como por arte de magia, durante los meses que siguieron, los niños comenzaron a aparecer por todas partes.
Los encuentros surgían de la forma más inesperada. Unos niños se acercaban a hablarme por la calle para preguntarme si podía comprarles unas galletas o unas magdalenas para las recolectas que estaban organizando. O, mientras esperaba en el andén, el vagón infantil del tren se detenía justo frente a mí y, sin advertirlo, acababa viajando en él, rodeada de niños. Hubo incluso una ocasión en la que, mientras aguardaba mi turno para una mediación civil relacionada con un asunto de alquiler, decidí hacer tiempo tomando un café. Sin buscarlo, acabé en una cafetería especializada en meriendas infantiles.
Así como lo leen: mientras esperaba para resolver una contienda legal, los niños volvieron a aparecer ante mí, esta vez a través de sus risas, su luz, su vitalidad y esa ingenuidad tan pura que los caracteriza.
Y no exagero. Los observaba, tal y como me habían invitado a hacer mis guías. Los pequeños parecían venir a mi encuentro sin yo buscarlos.
Pero, ¿qué era lo que debía ver exactamente?
Pues bien, en diciembre de ese 2023 una niña llamaría a la puerta del recuerdo. En el capítulo 32 del Diario lo comprenderán.
Una vez más, nada de aquello era casualidad. Cuando lo pienso, me parece una auténtica locura. Cómo somos guiados constantemente y, al mismo tiempo, cómo tantas veces no vemos y no escuchamos. Con los años he comprendido que debemos aprender a mirar y a escuchar de otra manera; no con los ojos ni con los oídos, sino con el corazón.
¿Y qué decía el Maestro?
En verdad os digo que si no os convertís y no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Cualquiera que se haga humilde como este niño, será el mayor en el Reino de los Cielos. Y cualquiera que recibe en mi nombre un niño como este, me recibe a mí. (Mateo 18:3-5)(2).
Poco a poco iría comprendiendo aquello que se me estaba invitando a mirar. Entonces el Cielo me enviaba niños para que yo aprendiera a ver. Y mis guías también me acompañaban en ese encuentro, acercándolos a mí y acercándome a ellos.
Y haciendo ahora un salto en el tiempo desde el momento del relato, hoy, 19 de julio de 2026, puedo gritar bien alto:
¡Ay, niños! ¡Vuelvan a ser niños!
Humildes. Curiosos. Confiados. Sin cinismo. Esos niños que creen sin miedo y aman sin cálculo, antes de que el mundo les enseñe a desconfiar.
¡A esos niños vuelvan!




Regreso al presente. Sé que hay demasiados presentes en este relato, demasiados “momentos de escritura”. Pero es que este capítulo me ha llevado varias semanas. ¡Es que el tiempo no existe! Todo son “ahoras”.
Y hoy, primero de agosto de 2026, el último “hoy” de este capítulo 18, escribo estas líneas. Es el día de la fiesta nacional de este país neutral: el de la bandera cuadrada, la de la cruz blanca sobre fondo rojo.
Hoy cierro este capítulo. Es la primera vez que dejo que una segunda estrella y espiral se prolongue más allá de lo previsto. Pero justo hoy, cuando me había dispuesto a poner el broche final, los niños volvieron a hablar a través de una mensajera que lleva el mismo nombre que mi madre.
I. Sí, I., su tocaya. Esta I. es compañera de trabajo. Mi madre es la de la fotografía de arriba.
Así que, como ven, las informaciones vuelven a encontrarse. Se cruzan. Se unen en el tiempo.
Esta mañana quedamos a desayunar en nuestra cafetería del barrio. Entre los muchos temas de conversación aparecieron, una vez más, los niños. I. me habló de un proyecto en el que había participado para una causa solidaria con niños: un reto de remo para recaudar fondos.






Cuando las remeras, entre ellas I., terminaron el recorrido, al encontrarse con los niños, estos les hicieron dos preguntas.
La primera:
—Y ustedes, además de navegantes, ¿qué son?
—Amigas —había respondido otra de las remeras, una mujer que, por otra coincidencia del tiempo, lleva el nombre de mi abuela materna.
La segunda pregunta fue:
—¿En qué pensaban cuando remaban?
Pero I. no recordaba la respuesta.
Y entonces comprendí algo más. En el capítulo 14, el de la esperanza, les contaba que vengo de una “familia de navegantes, astrónomos y arquitectos, del Espacio y también de la Tierra”. Comprenderán mejor por qué la palabra navegantes aparece tantas veces a lo largo de este Diario.
De nuevo aparecen los niños y una memoria vuelve. Los niños preguntan qué somos además de navegantes. Se lo preguntan a I., que conecta con mi madre por llevar su mismo nombre. Y responde otra amiga que lleva el nombre de mi abuela: amigas.
¡Qué preguntas hacen los niños! Y qué hermosa respuesta la de mi abuela. Seguimos recordando. Y cuando recordamos, no todo vuelve de golpe. Por eso a la segunda pregunta, esa pregunta tan astuta de los niños, I. no supo responder.
¿Qué pensaban mientras remaban?
Quizás mientras se rema no se piensa. Se avanza. Se guarda silencio. Cada palada exige fuerza, coordinación, resistencia. Obliga a estar completamente presente. El recuerdo no regresa completamente porque toda la atención está puesta en avanzar.
Por eso no hubo respuesta.
Así pues, mamá, mamamá y yo somos navegantes, amigas y estamos despertando el recuerdo dormido, mientras avanzamos.
Y ahora voy a saltarme toda lógica narrativa. Debo volver rápidamente a vincular algo que también ha pasado hoy, día 1 del 8 de 2026, con el capítulo 17. Sí, el mismo “hoy”, también el primero de agosto. Hoy, ya es tarde, de noche, he escuchado de la boca de mi querido RGC una información que me ha movido por dentro, porque podría estar dando respuesta a la hipótesis que planteé al final del capítulo anterior, el 17 (Tres encuentros con Jesús), acerca de los Guardianes de la Tierra y la Hermandad Blanca, y que también es una continuación del mito de los Hijos de la Luz, vinculados a esa mítica hermandad ya mencionada en el capítulo 16 (Anish).
Mi hipótesis era que esos Guardianes de la Tierra que habían llegado a mi conocimiento en Lyon, en 2023, podían ser la mismísima Hermandad Blanca que se halla en los Alpes suizos. Dos nombres para definir una misma realidad. Esta hipótesis nacía tras hilar con el evento de Monte Perdido de 2025. Pues bien, parece que, un año más tarde, en agosto de 2026, una pista más nos acerca a esa hipótesis. Cito a RGC(3):


Como mínimo deberíamos darle el beneficio de la duda a esa fantástica historia […]. ¿En qué momento actual nos encontramos? ¿Cómo sigue esa pugna de fuerzas? Esa aparente batalla entre la luz y la oscuridad. Y, lo más inquietante: ¿qué ocurre con la información y el aprendizaje de la Tierra? Porque estos seres dicen que también hubo casos de boicot para destruir los archivos de la verdadera historia de la Tierra, toda la información que nos puede devolver la memoria de lo que ha sucedido a lo largo del proceso humano en este mundo, antes de que apareciera el ser humano en este mundo, y cómo procede esta información de otros espacios en el Universo. No toda la información se ha perdido, y esto nos va a llevar a […] hablar sobre los guardianes de los registros. Algo que en esoterismo se le denomina “los maestros de la logia o la hermandad blanca”. Los lugares sagrados de la Tierra, en donde pacientemente se archivó la información que sobrevivió a los anteriores resets, a esos mundos perdidos en la propia Tierra, y cómo los guardianes de estos registros al día de hoy siguen protegiendo ese tesoro, que no es otro que el conocimiento.
Entonces, tal vez sí estuve en el Cervino, como en Monte Perdido, con esos guardianes de los registros: los Hijos de la Luz, les Gardiens de la Terre, la gran Hermandad Blanca.
Quizá hoy toda esta información encaje en este capítulo 18, con todos sus saltos en el tiempo, precisamente porque, en la historia del tiempo y de nuestro mundo, todo está unido. Porque habla de la vida que sigue, del aprendizaje que sucede y del conocimiento que llega con el tiempo, cuando estamos preparados para recibirlo y aplicarlo. No me extraña, pues, esta sincronía que une temas aparentemente inconexos, porque codificados están.
Flujo de pensamiento:
Hoy es 1441 en lectura oculta: 1.8.(2+0+2+6 = 1) = 1.8.1 = 1.44.1, y el presente capítulo 18 es también 144.
Entonces en un día 1441 terminé de escribir el capítulo 144.
Comprenderán. Vuelve el Recuerdo. Estamos despertando.
Mientras tanto, la vida sigue.






Notas:
(1) Schnabel, Julian (dir.). Van Gogh en la puerta de la eternidad (At Eternity’s Gate). 2018.
(2) Kabaleb, Cómo descubrir al maestro interior: interpretación esotérica de los Evangelios. Tomo I (Madrid: Arkano Books, 2000), p. 302.
(3) “Las guerras de Orión Parte III”, YouTube, subido por Ricardo González-Corpancho, 28 de julio de 2026.
