19. Quiero conectar con 42

8/25/202629 min read

Es verano de 2023. El 42 se estaba instalando en mi mente y en mi espíritu con un ímpetu que empezaba a rozar lo avasallador. Algo estaba pasando; eso era innegable. Aquel número seguía apareciendo por todas partes, incluso en mis sueños. No sabía exactamente qué era, pero tenía la inequívoca sensación de que algo quería llamar mi atención.

Ya saben cómo comenzó todo con aquel número —véase el capítulo 14—, cuando un susurro me indicó que estudiara el 42. Y eso fue precisamente lo que me dispuse a hacer durante los meses que siguieron a ese primer encuentro con aquella cifra misteriosa en enero de 2023.

Y la clave había seguido manifestándose, recuerden a Anish y el bungalow 142. Aquella incipiente intuición de que el 42 podía estar relacionado de algún modo con la Gran Nebulosa de Orión. Por entonces no eran más que conjeturas. Piezas sueltas que yo iba contrastando y entrelazando siguiendo el hilo de un pensamiento que parecía ser el que “bajaba”, “conectaba” o “accedía” a aquella información.

Pero llegó el verano, y el misterio pudo conmigo. Necesitaba más claridad. Cada vez que creía haber comprendido algo acerca del número, se abrían ante mí nuevos laberintos, nuevas correspondencias, nuevas preguntas. Y yo todavía no poseía la confianza que hoy tengo en mi canal y en mi intuición. Entonces anotaba absolutamente todo, aun sin saber cómo encajar las piezas ni de qué manera terminarían conectándose aquellos puntos dispersos.

A finales de julio de 2023 había viajado a Menorca con mi expareja, a casa de su familia. Era la segunda vez que veía a sus padres; la primera había sido justo después de la muerte de tía Meme, ¿recuerdan? (capítulo 3, “Algo está cambiando”) —cuando tras cinco años de silencio un simple deseo en voz alta había sido respondido. Confío en su memoria—.

La estancia allí fue estupenda y, en el poco tiempo que habíamos compartido, ya había tomado gran cariño a aquella familia. Hicimos muchas cosas juntos, paseos en barco y a caballo, recorrimos la isla y descubrimos algunas de sus maravillosas playas y pueblos.

En el mercadillo de la plaza de Ciutadella me compré un precioso pañuelo de seda que pocos meses después perdería en el viejo gigante de una isla remota; un collar de piedra luna; unos pendientes, y un péndulo. El primero de mi vida. Él me había elegido, como la varita al mago.

Solo sabía que debía seguir el hilo.

Había algo allí, algo que todavía no alcanzaba a comprender, pero cuya presencia empezaba a hacerse demasiado insistente como para ignorarla.

Yo conectaba, mediante sincronías y flujos de pensamiento, el 42 con la nebulosa y con Egipto, sin terminar de entender. Además, como les dije, también el Maestro había comenzado a rondar mi cabeza en relación con aquellas coordenadas. Pero yo todavía no comprendía esta última asociación. Y, en cuanto a la nebulosa, todo eran apenas intuiciones, fruto de aquella mente mía que no dejaba de unir puntos, constantemente, como una gran máquina de tejer.

En el capítulo 14 ya hablé de estos tres elementos —el 42, Egipto y la nebulosa— unidos por un “algo” que desconocía. Pero tal vez me estaba inventando toda aquella conexión. Había momentos en los que creía que no eran más que asociaciones de mi mente, divagante y creativa, que tejía conexiones allí donde quizá no las había. No le otorgaba todavía suficiente confianza a eso que pertenecía a otro orden. Quizá al orden de una memoria que despierta, o de un recuerdo lejano que, por alguna razón, comenzaba a emerger.

Cuarenta y dos fue mi obsesión durante 2023. Mi obsesión, sí, pero también mi guía. Porque les digo algo: fuera lo que fuese 42, me estaba guiando. Me marcaba un rumbo que, en lo más profundo de mi ser, inexplicablemente, parecía conocer ya.

Busqué y busqué, pero no encontraba nada concluyente. Sí, había información vinculada al 42, pero yo buscaba otra cosa. Algo “sobrenatural”, ese guía invisible que parecía estar detrás del número y que, de algún modo, se comunicaba conmigo. Me sentía conectada casi telepáticamente con 42. Quería saber qué había detrás de él. ¿Era una energía? ¿Un lugar? ¿Ambas cosas? ¿Algo más?

Al parecer, según la Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams, 42 era nada menos que la respuesta a la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todo lo demás. Poca broma.

Y, para colmo de los colmos, me percaté de un detalle en el fondo de pantalla de WhatsApp de Android: allí aparece un único astronauta y, en la parte superior de su traje, sobre el pecho, está inscrito el número 42. Aquel detalle me llamó poderosamente la atención. Fue quizá la primera vez que pensé que no podía ser una simple casualidad que ciertas informaciones permanecieran siempre ante nuestros ojos, transmitiéndonos algo que, sin embargo, no somos capaces de percibir, hasta que un día nos detenemos verdaderamente a mirarlas. Si recuerdan, en el capítulo 14 figuraba la carta 42 de uno de mis oráculos, la que aparece al final de todo y que reza: “Que el amor sea vuestro faro”. Yo me daba cuenta de esos detalles, y así iba tejiendo.

No sabía exactamente qué estaba tejiendo, ni hacia dónde me conducía aquel entramado de coincidencias, símbolos y sincronías. Pero tejía.

Así sucedió. Yo me detenía en todos los puestos de piedras, cristales y artesanías, un mundo que empezaba a descubrir y me fascinaba. En realidad, todo se daba de una manera natural; las cosas iban apareciendo ante mí sin que yo las buscara conscientemente. En uno de los puestos ocurrió algo curioso.

Lo había pasado de largo, mirando las piedras que estaban expuestas en la parte exterior, pero sin detenerme. Sin embargo, unos pasos más adelante me paré en seco. Algo me impulsó a volver la mirada hacia el puesto que acababa de dejar atrás. Todavía de espaldas, giré la cabeza y volví a mirar, esta vez con mayor detenimiento. Era como si se me estuviera invitando a reparar en algo que se me había pasado por alto.

Entonces los vi.

Hacia la parte interior del puesto, allí donde todavía no había entrado, había varios péndulos colgados. Mis latidos se aceleraron y seguí aquella intuición al galope. Inmediatamente me fijé en los cuarzos, en concreto en el cuarzo rosa. Le pregunté al hombre del puesto que me explicara un poco acerca de ellos. Entonces me dijo que debía sentir y establecer una conexión con el mineral; percibir qué energía conectaba conmigo y yo con ella.

Después me mostró cómo hacerlo, pidiendo al péndulo de cuarzo que me diera su “sí” y su “no” para comprobar si respondía a mi energía, si lograba conectar conmigo. Probé varios. Ninguno respondía. Ni un estímulo, ni un movimiento, nada. El hombre del puesto, al percatarse de lo que ocurría, vino en mi ayuda. Tomó su propio péndulo y fue pasándolo delante de cada uno de ellos, preguntándole cuál quería trabajar conmigo. Ninguno de los péndulos en los que yo me había fijado reaccionaba.

Solo quedaba uno negro. Vaya, pensé. Y cuando su péndulo se colocó frente a aquel último candidato, comenzó a oscilar con fuerza. Lo tomó y me lo entregó.

—Este. Es ónix negro —me dijo.

Era la primera vez que escuchaba ese nombre. El ónix, u ónice negro, es considerado una poderosa piedra de protección y de fuerza interior. Lo recibí con gratitud y respeto. Le pedí entonces que me diera su “sí” y su “no”. Esta vez sí se movió. Curiosamente, el “sí” era de izquierda a derecha, mientras que el “no” iba de delante hacia atrás. Acepté el lenguaje de ónix.

Bueno, a partir de ahí, ¿se imaginan cómo seguiría todo, no? Pasaron varias semanas con mi nueva adquisición. Y las preguntas sobre el 42 no tardaron en convertirse en un verdadero interrogatorio. Mi péndulo acabaría mareadísimo —valga la imagen— de tanto oscilar. Poco a poco ampliamos nuestro lenguaje. Ya no teníamos únicamente un “sí” y un “no”, sino también un “a lo mejor”/“es posible” y un “no sé”/“reformula”.

Compré diversos materiales para trabajar con el péndulo y también elaboré mis propios instrumentos, tratando de acercarme, cada vez más, a aquella información que parecía estar al otro lado. Y entonces comenzaron a llegar algunas pistas. Según las respuestas que obtenía con el péndulo, y sin tomarlas como absolutos, el 42 no era una persona ni un alma individual. Parecía ser algo más parecido a una energía o a una forma arcangélica; una esencia de una magnitud difícil de concebir. Una de las herramientas de trabajo con péndulo que adquirí fue el rango de frecuencias del cuadrante o biómetro de Bovis. Y, cuando preguntaba por el 42, este me lo situaba en el símbolo “+” de los planos espirituales. O sea, parecía que lo que había detrás de 42 era algo inmensurable en términos de frecuencia.

Así llegué a mis primeras conclusiones. La verdad es que no sabía si todo aquello me estaba aportando más claridad o, por el contrario, me estaba sumiendo todavía más en la confusión. De nuevo, el tiempo diría. Sabio juez. Diana se impacientaba.

Cuando obtuve aquellas informaciones, decidí investigar en internet. Ahora que tenía nuevos elementos, quizá encontraría nuevas pistas. Busqué una posible asociación: si ya relacionaba el 42 con Orión y ahora parecía que el 42 podía ser una esencia de naturaleza muy elevada, ¿podía existir alguna tradición o corriente espiritual que vinculara ambas cosas?

Y así fui a dar con Kyle Gray, un médium y autor vinculado a la espiritualidad angélica, que, hasta donde yo había podido encontrar, era de los pocos que presentaban una conciencia o entidad a la que denominaba “Arcángel Orión”. Según explica una usuaria del oráculo de Kyle Gray que recoge esa figura, el Arcángel Orión es presentado como un arcángel de la unidad, la energía universal y la manifestación, cuyo propósito sería ayudarnos a superar creencias limitantes, ampliar nuestra visión y conectar con el potencial ilimitado del universo. Se trataría de una figura relativamente moderna, pues no aparece en los textos religiosos antiguos, sino que pertenece principalmente al ámbito de la espiritualidad New Age.

Y entonces surgieron nuevas preguntas. ¿Acaso era 42 una esencia que recién ahora comenzaba a “dejarse” sentir? ¿O que, por alguna razón, comenzaba ahora a guiarnos? ¿O sería más bien al revés: acaso era ahora cuando se nos estaba “permitiendo” acceder a 42?

En cualquier caso, parecía que detrás de 42 estaban Orión y una esencia universal. Y yo me obsesionaba. Comprenderán bien por qué, y les aseguro que 42 ya no me abandonaría. Se convertiría en un fiel compañero, irreconocible, inenarrable, imposible de aprehender del todo, pero siempre ahí.

Necesitaba conectar con 42. Fundirme con 42. Fuera como fuese, fuera lo que fuera, necesitaba respuestas. Más respuestas.

Después de Menorca, en agosto de 2023, había viajado a mi paraíso en la Tierra. La casa familiar de la que les hablé en el capítulo 1, aquel lugar donde mi padre me llevaba al tejado de pequeña para contemplar el firmamento nocturno. La casa de los navegantes, astrónomos y arquitectos, del Cielo y de la Tierra.

Los primeros días recibí la breve visita de un amigo. Después volví a quedarme sola con la familia y me entregué nuevamente a la devoración de conocimiento y a la inmersión en la meditación.

Recuerdo que fue el primer verano que medité con mi madre. La invité a hacerlo conmigo y le encantó —yo había empezado a meditar después de que muriera tía Meme, movida por el deseo de encontrar alguna forma de comunicarme con ella o con mis antepasados, con mis “guías"; así fue como entré por primera vez en el inagotable mundo de la meditación, la herramienta más poderosa que he conocido hasta hoy y que me acompaña cada día—.

Fue también la primera vez que pudimos experimentar juntas aquella extraña “no noción del tiempo”. Habíamos meditado durante una hora y, sin embargo, nos había parecido que apenas habían transcurrido diez minutos. Así sucede cuando entramos en determinados estados de relajación profunda o de conciencia alterada: el tiempo, tal y como lo experimentamos habitualmente, parece diluirse.

Pero las informaciones seguían rondando mi mente sin cesar.

En mi habitación, situada en la casa anexa a la principal, había un cuadro al que jamás había prestado demasiada atención. Representaba a una diosa egipcia de tez azul y alas abiertas. Era un papiro, con aquella figura alada extendiendo sus alas. Quizá Isis. No lo sabía con certeza. Pero yo pensaba en Maat, en sus 42 jueces, en el tribunal de Osiris, y todo aquello volvía a conducirme, de una manera u otra, a la pista de Orión. Fuera quien fuese aquella diosa, yo vi el guiño.

Otro más.

Las piezas seguían apareciendo ante mí, como si alguien —o algo— se entretuviera en dejarlas cuidadosamente a mi paso.

Fue el 6 de agosto cuando me dispuse a tener un encuentro con la esencia de 42, o con aquello que hubiese detrás de aquel misterioso número que llevaba meses interactuando conmigo.

Hablaré brevemente de los lugares de meditación: la roca de mi abuela y el lugar desde el que “conecté”.

La casa del paraíso había sido construida por la familia de mi madre. En concreto, había sido un proyecto de mi bisabuela, levantado en medio de lo que hoy es un parque natural protegido. La casa se encuentra entre la montaña y el mar y no hay urbanización alrededor. No existe contaminación lumínica, atmosférica ni acústica.

Un auténtico paraíso. Uno de los pocos lugares así que todavía deben de quedar.

Pues resulta que, desde pequeña, una roca frente al mar, a pocos metros de la casa, llamó siempre poderosamente mi atención. A medida que fui creciendo, mis visitas a aquella roca se hicieron cada vez más frecuentes, hasta que un día mi madre, que había venido conmigo, me contó algo que me dejó atónita. Era la roca a la que solía ir a meditar mi abuela.

Yo no podía saberlo, y, sin embargo, esa roca siempre me había atraído.

Así que los hilos empezaban a tejerse mucho antes de que yo fuera consciente de ellos. A día de hoy soy yo quien continúa yendo allí a meditar. A veces siento que, en ese lugar, conecto con mi abuela; que, por un instante, establezco algún tipo de contacto con ella. Y también siento que allí hay información que ha quedado registrada de algún modo, como una huella invisible, y que yo estoy recuperando.

Pero no fue en aquella roca donde sucedió el episodio del 6 de agosto de 2023.

Fue en otra, no muy lejos de allí, cerca de un punto de referencia: una estructura de piedra que señala una ubicación geográfica sobre el terreno. Y, cómo no, para no perder la magia, tengo que contarles algo que acaba de suceder mientras escribo estas líneas (a la fecha de escritura, 14 de agosto de 2026). Estoy buscando en internet el nombre exacto de esa estructura y, en vivo y en directo, acabo de recibir una confirmación que me ha dejado asombrada. Una sincronía que vuelve a señalar aquel encuentro del 6 de agosto y mi conexión con 42.

Vean la captura de pantalla de esta maravillosa (no) coincidencia.

Me parece impresionante la sincronicidad que acabo de experimentar. Fíjense en la captura: el día 14 de agosto de 2026, a las 00:42, y la estructura del medio mide 42 centímetros. Este ha sido el primer resultado en imágenes al lanzar en el navegador la búsqueda “poste de piedra de orientación”, procurando hallar el nombre técnico de la dichosa estructura. Vértice geodésico se llama.

Simplemente, guau.

Y, si hacen memoria, aparece además otra sincronicidad cruzada: el capítulo 14 se titula precisamente “Cuarenta y dos”.

Así que sí, parece que me quieren decir que, efectivamente, en la roca situada cerca de aquella estructura conecté con 42 el 6 de agosto de 2023.

La fotografía real de la mencionada estructura es esta de la imagen, que nos recuerda que cada día es un regalo.

Un lugar señalado en el paisaje y, quién sabe, quizá también en el mapa invisible de todo aquello que estaba comenzando a revelárseme.

Ese 6 de agosto me desperté con el deseo imperioso de conocer o sentir a 42. Puede que les resulte extraño que hable así, pero para mí 42 estaba completamente vivo, más incluso que yo, y necesitaba ir a su encuentro.

Pues bien, aquella mañana, en lugar de ir donde siempre, a la roca a la que abuela solía ir a meditar y a la que ahora voy yo, fui a otra un poco más allá, muy cerca de la señalización de piedra. Recuerdo que llevaba una toalla azul y los airpods. Me sorprendí a mí misma eligiendo aquel lugar, o quizá no fui yo sola quien lo eligió, tal vez me acompañaron hasta él.

Desplegué la toalla, me acomodé y busqué, sin pensarlo demasiado, una música basada en la frecuencia de Dios. La pista se llamaba Connect to Source Energy God. Así que me dispuse a meditar y a entablar una conexión con 42. De manera muy consciente, le dije:

42, quiero conectar contigo.

Y la música comenzó.

Habían pasado escasos minutos cuando sentí una presión en la nuca, acompañada de unas lágrimas discretas. Lo que estaba sintiendo me desbordaba y, al mismo tiempo, me invitaba a girarme para descubrir qué era.

Para mi sorpresa, no era exactamente algo en mi nuca. Una enorme gaviota blanca volaba directamente hacia mí a una velocidad considerable. La contemplé mientras pasaba sobre mi cabeza.

Guau.

¿Había anticipado, de algún modo, la presencia del animal? ¿Había sentido su proximidad antes de verlo? ¿Es que tengo una antena en la nuca?

Entiendan que yo no tenía a nadie que me explicara todo aquello. Me hacía toda clase de preguntas. Sentía que estaba viviendo una película.

Tía Meme, ¿te fuiste y le diste al play desde arriba o qué? Ja, ja, ja. ¿Estás viendo la película que acordamos? Ojalá que sí y que estés orgullosa. Si me olvido del guion recuérdamelo.

Cierro paréntesis. Disculpen.

Y seguí meditando.

Creo que aquella canción me había encontrado a mí, en lugar de yo a ella. La melodía, la vibración que emanaba, me transportaba a otro lugar.

Mi cuerpo se fue aligerando y, poco a poco, tuve la sensación de convertirme en una con el entorno. La experiencia más parecida que puedo encontrar para describirlo es la de estar flotando, suspendida. Había perdido por completo la noción del tiempo y del espacio. Tampoco sentía ya mi cuerpo. Duró no sé cuánto tiempo, hasta que la materia se pronunció haciéndome regresar nuevamente a mí, interrumpiendo aquel momento indescriptible, una sensación que nunca olvidaré.

Lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin contención. No podía sostener la energía que me estaba atravesando. Aquel amor y aquella paz eran algo que nunca antes había conocido. Y fueron precisamente esas lágrimas las que me devolvieron a mí. Habían actuado por sí solas. Era mi cuerpo físico, como les digo, el que había intervenido para traerme de regreso. Porque, durante unos instantes, “yo” había estado en otra parte.

De repente volví. Una suerte de electricidad recorrió mi cuerpo y terminó de devolverme al momento presente. Recordé que estaba en la roca. Ya estaba aquí. Abrí los ojos e hice amago de secarme las lágrimas, pero mi mirada se detuvo de nuevo y mi cuerpo quedó inmóvil. Dos gaviotas blancas pasaron a pocos metros de mí. Volaban en paralelo sobre el mar, con las alas completamente extendidas, dejándose llevar por el aire, planeando en un silencio sagrado. Y entonces, guiada por un automatismo, busqué el teléfono y pulsé el botón de desbloqueo. El reloj marcaba las 12:42. Fin de la conexión.

Descubrir que la conexión con 42 terminó a las 12:42 fue mágico.

Al escribir este capítulo tenía miedo de no poder explicar o transmitir lo que fue aquella experiencia, y no sé si lo he logrado. Pero también, por coincidencias del destino, mi querida amiga y maestra Sol Sanfelice ha compartido un mensaje en el preciso instante en que redacto estas líneas que logra transmitir este miedo inconsciente de querer y no poder expresar:

¿Qué ocurre cuando una experiencia interior parece imposible de expresar y, aún así, necesita convertirse en lenguaje?

A lo largo de la historia, mujeres místicas y visionarias se encontraron con una experiencia que parecía desbordar las palabras.

¿Cómo nombrar una presencia que no se puede explicar?

¿Cómo describir una visión que no pertenece al mundo cotidiano?

¿Cómo transmitir aquello que se experimenta en el cuerpo, pero que la razón no alcanza a comprender?

Entonces aparecen otras formas de lenguaje.

[…]

Porque cuando las palabras no alcanzan, el lenguaje no desaparece, se transforma. La experiencia busca una forma. Una imagen. Un sonido. Un canto. Un gesto. Un silencio.

Entonces, lo lamento si no lo logro. En mi caso, creo que lo más cercano para que lo entiendan será el sonido y el silencio, el no-espacio y el no-tiempo.

Frecuencia 963. Los códigos de Tesla (a la inversa): “Si tan solo conocieras la magnificencia del 3, el 6 y el 9, tendrías la llave del Universo”. Esa frase resonaba en mi mente. Todo parecía haberse alineado sin que yo lo hubiera buscado. Yo había puesto la intención, y el Universo había hecho el resto.

Gracias, 42.

Seguía sin tener ni idea de qué era 42. No podía definirlo con palabras. Pero lo había “sentido”. Y empezaba a comprender que tal vez eso se acercaba mucho más a la realidad que se escondía tras aquel misterio. No un nombre. No una denominación.

Una experiencia.

Estaba asimilándolo. Nunca compartí esa experiencia con nadie hasta hoy. Hago lo que puedo. Gracias por estar ahí, querido lector.

Cuando terminé de asimilar lo vivido, cuando pensé que ya nada más podía suceder y me había levantado para recoger mis cosas e irme, un pequeño ser captó mi atención.

Era una avispa negra.

Auténticamente negra. Nunca había visto una.

Treinta veranos de mi vida en aquella región y jamás había visto una avispa negra. Estaba sobre mi toalla. ¿Desde cuándo habría estado allí, conmigo, sin que yo me hubiera dado cuenta?

Era preciosa.

No me daba miedo. Al contrario. Sentía ganas de poder hacerme de su tamaño y hablar con ella. Era tan bella. Hasta hoy, aquella fue la primera y la última vez que he visto una avispa negra. La observaba. Caminaba lentamente dirigiéndose hacia mí. Buscaba mi pie; si yo lo movía, ella cambiaba de rumbo y volvía a buscarlo.

Nos hicimos amigas.

Nos habíamos intrigado mutuamente. Y así estuvimos un buen rato. Nos observamos. Era dócil. Y solitaria, desde luego. Estaba sola. Estábamos solas. Pero parecía que, de algún modo, nos entendíamos.

En toda honestidad no recuerdo cómo terminó el encuentro con la avispa, solo sé que cuando llegué a casa, lo primero que hice fue investigar sobre la “avispa negra”. No encontré nada determinante, pero la mayoría de las descripciones apuntaban a un tipo de avispa solitaria y dócil, y ciertamente eso fue lo que desprendió aquel bichito que me visitó. Me pareció muy mágico. Me impresionó su tamaño y color. Su majestuosidad sin pretensión. Discreta y silenciosa. Soberanía serena. Desde luego, una belleza que se revelaba por sí sola. Qué experiencia la que acababa de vivir. ¿Había que vivirla, cierto? Sí, una avispa negra de pocos centímetros me desarmó con su grandeza desnuda.

Este encuentro con las aves y la avispa negra me lleva a unir los puntos con algunos otros ejemplos de cómo la naturaleza seguía interviniendo para entregar mensajes o, simplemente, para estar sincrónicamente presente en algunos de los momentos más mágicos.

La naturaleza lo siente todo. Porque no se comunica con palabras, sino con el lenguaje real del Cosmos: frecuencia y vibración. Cuando yo estaba en armonía, en mi estado más puro y coherente, pero, sobre todo, en la gratitud y el amor, era cuando más parecía comunicarse conmigo la naturaleza. La fauna se convertía en vehículo mensajero. Fue un patrón que fui observando cada vez con mayor claridad.

Primero, el abejorro de las navidades de 2022, portador de un poderoso mensaje: “Persigue tus sueños y, si te dicen que es imposible, hazlo”. ¿Se acuerdan?

Aquel verano también se hizo presente en varias ocasiones el escarabajo verde, un animal tótem considerado sagrado en diversas tradiciones. En el antiguo Egipto, el escarabajo representaba a Khepri, una divinidad asociada principalmente con el Sol naciente, la renovación y el devenir.

También la libélula se manifestó aquel verano. Pero las sincronicidades me revelaban quién me la enviaba. Con el 57 mediante, ya saben de quién se trataba. Mi abuela mamamá. Yo se lo contaba a mi madre. Durante el verano de 2023, mi madre comenzó a abrirse a escucharme hablar de todo aquello. Escéptica, sí, pero amorosa.

Y finalmente, aquel verano, también la mantis religiosa hizo su aparición. Varias veces. Y dado que hablo de mantis, hablemos de los seres mantis y de otros muchos seres. Pero antes de adentrarnos en los seres mantis, permítanme un paréntesis. Permítanme rebobinar un poco en el tiempo.

Durante todo el primer semestre, y con especial intensidad en el verano de 2023, los guías invisibles parecían estar invitándome a estudiar el Universo y sus formas de vida. Me explicaré. Todo había comenzado con Dolores Cannon. Si recuerdan el capítulo 13, “Comienza el aprendizaje”, les conté cómo su presencia y sus enseñanzas irrumpieron en mi vida —ni antes ni después—, precisamente en el momento en que debía comprender determinadas cosas.

Ella trabajó con casos de abducción y, a través del subconsciente de sus pacientes durante las sesiones de hipnosis, seres de otros mundos aprovechaban aquella frecuencia alcanzada para transmitir mensajes. Todo esto aparece recogido en sus libros y entrevistas; pueden investigarlo si lo desean. A través de ella fue mi primer acercamiento a los “seres” de otros mundos, o a lo que comúnmente llamamos “extraterrestres”. Pero, conforme avance el Diario, verán que esa palabra se queda pequeña para describir una realidad muchísimo más compleja de aquello que convive con nosotros.

En paralelo a 42 y a la presencia de los guías, yo había emprendido el estudio de la vida extraterrestre y de los testimonios de contacto. En silencio. Yo sola, sin compartirlo con apenas nadie, abría esa puerta...

Había en mí una sensación de memoria, de recuerdo, como si ya conociera todo aquello de algún modo, que me impulsaba, sedienta, a beber cada vez más de aquel conocimiento. Mi expareja había comenzado a viajar mucho por trabajo y yo me quedaba largos períodos sola en casa, cual ermitaña, devorando conocimiento.

Después de Dolores apareció Steven Greer, ufólogo y médico traumatólogo estadounidense. Descubrí varios de sus documentales: Unacknowledged y Close Encounters of the Fifth Kind. Y tras aquellos dos documentales, un muro enorme se derrumbó dentro de mí. Ya no había vuelta atrás. Había comenzado a adentrarme, por “(no) casualidad”, en un territorio que hasta entonces me había sido completamente ajeno: el contactismo, la ovnilogía y los testimonios de personas que aseguraban haber tenido encuentros con seres de otros mundos.

Por primera vez escuché hablar de los “protocolos de contacto” y de las distintas categorías de experiencias: los encuentros cercanos del primer al quinto tipo. Algunos de estos términos habían sido acuñados tiempo atrás por el eterno Fabio Zerpa, ufólogo uruguayo y servidor y maestro de muchos, que voló de regreso a la Gran Casa el 7 de agosto de 2019.

También descubrí relatos de personas corrientes, procedentes de lugares muy distintos del mundo, que describían experiencias extraordinarias; casos documentados, testimonios, investigaciones y toda una historia de secretismo gubernamental que despertaba en mí todavía más preguntas.

Yo se lo contaba a mi expareja y a mis padres. Me escuchaban, pero no parecían sentir la misma curiosidad. No se hacían demasiadas preguntas. Y yo tampoco había llegado todavía mucho más lejos. Solo seguía siendo eso, un territorio de interés, misterio y curiosidad. Algo que observaba desde fuera.

Entonces recordaba los grandes clásicos de Spielberg, y también Avatar. ¿Y si detrás de la ciencia ficción se escondiera una verdad, esperando simplemente a poder ser asimilada en algún momento del futuro? No pretendo dar respuestas. Solo dejar constancia de lo que he ido encontrando, de las preguntas que surgieron y de aquello que, poco a poco, comenzó a revelar otra capa de la realidad.

Quizá algunas historias sean explicables.

Quizá otras permanezcan abiertas.

Lo que sí sé es que, cuando uno empieza a mirar, descubre que la pregunta del contacto no pertenece únicamente a quienes creen en él o lo han vivido. También pertenece a quienes se atreven a preguntarse qué hay detrás de aquello que todavía no comprendemos. Y algunas veces, la pregunta termina encontrándote a ti.

En abril de 2023 me había suscrito a la plataforma Gaia, dedicada a la expansión de la conciencia, la espiritualidad y los grandes misterios de la existencia; una plataforma que también ofrece contenidos sobre fenómenos inexplicados y realidades alternativas. Apareció como una de esas sugerencias que, en la 3D, dirían que responde al algoritmo y, en la 5D, a la ley de correspondencia o alineación.

Con este paréntesis, regreso al verano de 2023. Los guías parecían haberse empeñado, sin tregua ni descanso para mí, en que aquel verano, y no otro, estudiara las diversas razas que supuestamente existirían en nuestra galaxia. Todo empezó una buena mañana, distinta de la del 6 de agosto y el 42, pero, desafortunadamente, de fecha difusa. Me había despertado y mirado la hora en el móvil por reflejo, encontrándome con una imagen muy extraña: el rostro enorme de un extraterrestre ocupaba la pantalla de mi teléfono. Era una notificación que me sugería la serie Deep Space en Gaia.

Así, de la nada. Vi el episodio y no volví a recibir ninguna sugerencia más aquel día. Pero a la mañana siguiente, ¡otro episodio! De la misma serie. Otra raza extraterrestre. Y así durante varios días. Tocaba una lección cada mañana. Se me iba entregando el temario. Me fui familiarizando con las supuestas razas de la Vía Láctea y allende. Y yo, como buena alumna, estudiaba. Qué creen. Y así terminé conociendo razas tan variadas como excéntricas: los ebens, los grises, los reptilianos, los mantis, los liranos, los pleyadianos, los andromedanos, los arcturianos, los sirianos, etcétera.

Esta información sobre las razas se complementó con la que aparecía en diversos contenidos de Matías Gustavo de Stefano, el Recordador (¿hacen memoria?), que devoré de igual manera en Gaia. Les confieso que la mayor parte de aquella información todavía no la asimilaba. Terminología nueva, demasiado camino aún por recorrer. Me volaba la cabeza. ¿Quién más sabía de todo esto? En mi entorno no podía pensar en nadie que estuviera conectado con ese conocimiento o información.

Recuerdo despertarme un día con la emoción de contarles a mis padres que no estábamos solos. ¡Como si ya lo supiera! ¡Como si fuera algo evidente! Fui a la cocina, donde estaban desayunando, y les dije:

—Si os dijera que no estamos solos y que existen múltiples razas en nuestra galaxia, algunas de las cuales incluso están en el planeta, ¿qué opinaríais?

Se quedaron perplejos. Ojos como platos. Y mi telepatía incipiente leyéndolos: “Se le está yendo la cabeza”.

Entre caras de asombro, preocupación y diversión, me escuchaban, tratando de ser comprensivos con la “pobrecita loca”. Es que era ella la loca, ¿no? ¿O acaso la cuerda? Cada mañana les contaba sobre la raza que había estudiado. Al principio se reían, pero cuando vieron que quizá yo iba en serio, sentí un atisbo de preocupación. A su hija se le estaba yendo la pinza. Es lo que cualquiera habría pensado, supongo. En realidad, he tenido mucha, pero que mucha suerte con mis padres y mi familia. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que todo aquello era cierto, con sus prudencias, claro. Me refiero, sobre todo, a la idea de que no estamos solos.

Yo sentía que estaba viviendo con un pie en cada mundo y, al mismo tiempo, seguía ineludiblemente con mi vida, solo que ahora convivía con una nueva realidad llena de posibilidades. Y ahora sí puedo volver a las mantis religiosas.

Durante el verano de 2023 vi dos mantis. El mismo día, una apareció en la terraza. Inmensa, inmóvil. No huía. ¿Es que no temía mi tamaño? ¿O es que quería que la viese, contemplara, observase, porque sabía que yo no le haría daño? Y a otra la descubrí en la mosquitera justo cuando me iba a dormir, sin saber que al día siguiente el capítulo que me tocaría estudiar sería precisamente el de los “seres mantis”…

Señales. Apuesto a que empiezan a entenderme. Después de 19 capítulos, espero que un poco sí.

Todo esto para mostrarles cómo la naturaleza parece comunicarse a través de todos sus elementos y formas de vida, apareciendo en los momentos precisos, guiándonos, señalándonos caminos y, quizá, recordándonos que nunca estamos tan separados del misterio como creemos.

Y cierro este capítulo con un salto al futuro desde el tiempo del relato (2023) y al pasado desde el tiempo de escritura (2026). Me sitúo ahora en el verano de 2024, para zanjar el tema de las señales a través del entorno, de la Tierra y del Cielo, como espejos conectados.

En este episodio aparecen mamá y Cr., mi amiga a la que ustedes todavía no han conocido, pero que conocerán pronto, en diciembre de 2023 en la cronología del Diario. La amiga que, sin conocerme todavía, me habló en aquel mensaje de voz, a través de F., en el capítulo 8, acerca del significado de “¡04:04, despierta!”. ¿Lo recuerdan?

Prosigo. La mañana del 25 de julio, a las 11:25, me acordé de Cr. y le mandé un mensajito de WhatsApp para saludarla. Me contestó enseguida:

Curiosamente, ayer pensé en ti porque creo que habías mencionado a unos seres de Antares, y recordé que hace unos días hice una pregunta al campo [de información] y me respondieron “Antares”, pero no sé mucho de ellos. Luego, no recuerdo por qué, volví a pensar en ellos y pensé en ti.

A lo que yo contesté, a las 11:42, que no recordaba haberle hablado de ellos en absoluto. Y seguimos conversando sobre aquella y otras cosas, como que ese día 25 era el día fuera del tiempo y ambas sentíamos como si el velo estuviera más fino. Yo me quedé con la curiosidad por los seres de Antares. Y al día siguiente sucedió una sincronía impresionante.

Veintiséis de julio de 2024. Eran pasadas las 23 horas de la noche. Yo estaba metida en la cama y me disponía a entregarme al sueño. Cerré los ojos y me coloqué boca arriba. Al poco tiempo tuve una sensación extraña y abrí los ojos. Mi mirada quedó prendida de una estrella. La única que podía ver desde mi posición, de hecho. La veía brillar. Podía percibirla con una nitidez extraordinaria. Me hipnotizaba. Me picó la curiosidad y fui a averiguar cuál era.

Les dejo que adivinen.

Sí.

Antares.

Era la primera vez en mi vida que la veía, justo después de que Cr. me dijera que se había acordado de mí porque supuestamente yo le había hablado de Antares. Pero yo no le había hablado de Antares. ¿Fue una anticipación de algo que todavía no había sucedido? ¿Una especie de canalización de un hecho futuro? Porque ahora sí había visto aquella estrella con mis propios ojos, tan solo un día después. Y no cualquier día. Un 26. Y un 26 es también el cumpleaños de Cr. Como se desprende de la conversación en las imágenes de abajo, ninguna de las dos dábamos crédito.

Pero había más. Antares es una estrella de la constelación del Escorpión. Pues bien, esa misma mañana del día 26 mi madre había encontrado en la cocina una cría de alacrán, transparente, y me la había mostrado.

¡Madre mía!

No podíamos creerlo. En aquellos dos días consecutivos, Antares había estado presente para ambas. Y, nuevamente, un escorpión real aparecía para servir como una confirmación sincrónica más de que aquella estrella de la constelación del Escorpión buscaba nuestra atención.

Podrán decirme que quizá me fui un poco lejos con este ejemplo solo para rescatar esta anécdota. Pero es que ahora, volviendo al momento de escritura de estas líneas, en el verano de 2026, tengo nuevos elementos con respecto a 42 y a Antares.

En junio de 2026 adquirí El portal cósmico de Orión, una nueva edición de la obra, que llevaba varios años sin distribuirse y que yo aguardaba con impaciencia. En ella, una información recibida por diferentes personas alrededor del mundo, entre ellas mi querido RGC, sostiene que hubo una “Guerra Antigua”, en tiempos demasiado remotos para nuestra comprensión, en la que seres de Orión y seres insectoides de Antares estuvieron enfrentados.

Según esta información, el conflicto se habría desencadenado a raíz de una acción no autorizada de los seres de Antares que se habrían dirigido al núcleo de la Gran Nebulosa de Orión (M42) con el objetivo de estudiar las fuentes de vida. Habrían acudido en una misión científica para tratar de descifrar aspectos del origen de la vida física y desvelar el misterio de la creación de las esencias.

Cabe señalar que, El portal cósmico de Orión, aunque lo adquirí en junio, no lo leí hasta agosto de 2026, cuando ya me encontraba en la casa del paraíso —la de navegantes, astrónomos y arquitectos, del Cielo y de la Tierra—, donde conecto con 42. Y cabe también mencionar que la primera en saludarme, al llegar a la dicha casa del paraíso en la playa, este agosto de 2026, fue una mantis religiosa que se cruzó entre mi boca y el primer vaso de vermut que me tomaba, arrancándome la atención sin posibilidad alguna de despiste. ¿Guiño a Antares?

Sea como fuere, he querido introducir este último elemento para poder unir los puntos.

Así que recapitulo, con un apunte: que los tres episodios sucedieron encontrándome yo en mi paraíso en la Tierra, la casa de navegantes, astrónomos y arquitectos, del Cielo y de la Tierra.

Así, el 6 de agosto de 2023 había conectado con 42 mediante una profunda experiencia meditativa y me había visitado una avispa negra. Después habían sucedido los encuentros con las mantis religiosas y había descubierto a los seres insectoides mantis.

Los días 25 y 26 de julio de 2024 aparecía en el panorama la estrella Antares, de la constelación del Escorpión, pero la información, que me había llegado a través de Cr., había quedado ahí, suspendida, a la espera de ser comprendida.

Y, finalmente, en agosto de 2026, leo en dos fuentes distintas que se habría producido una gran Guerra Antigua entre seres insectoides de Antares (constelación del Escorpión), y seres de Orión, en torno a la Gran Nebulosa de Orión (M42) y su misterio como “dadora de vida”.

Lo que me llama poderosamente la atención es que las tres veces, estas informaciones vinculadas entre sí por un delgado hilo han llegado desde el mismo lugar. Un hilo que conecta a Orión y a Antares a través de la nebulosa.

¿Una pista entregada por 42?

¿Qué hay aquí, en este lugar donde medito? ¿Qué hay en este parque protegido?

¿Acaso hay una puerta, memorias, registros?

En cualquier caso, la magia que aquí he vivido es positiva, y estas conexiones las siento como partes de un recuerdo. Pero, ¿cuál es su verdadera relevancia? ¿Forma todo esto parte de un conocimiento perdido y custodiado en los grandes registros de la Tierra?

No lo sé.

Yo me sigo quedando con el amor y la paz desbordantes que experimenté al conectar con 42 aquel 6 de agosto de 2023.

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